Procesando...


Reunión con Poe

ENCUADRE

Quien escribe o dibuja o ejercita cualquiera de las variaciones del arte, cumple
primordialmente un ejercicio de libertad. No hay tema que no pueda tratarse en tanto surja de una
decisión libre, ni existen otros límites formales que los necesarios para que una obra resulte
inteligible. Quienes actuase de acuerdo con una imposición texterna o de una moda o pre-definiendo
cual es el producto al que debe llegarse para ganar dinero o prestigio u obtener alguna otra ventaja
inherente al usufructo del poder, difícilmente podría estar en condiciones de CREAR, o sea de
producir un hecho con entidad propia y susceptible de adquirir una dimensión artística.

De todos modos lo puramente original no existe. Siempre, de una una u otra forma, alguna
lectura, algún aprendizaje, algún ejemplo o la más intrincada y compleja fusión de todo ello, nos
acompaña y en alguna medida, nos condiciona. Vincular un poema o un grabado actual con un
cuento pre-existente, puede aparecer, en principio, como una aceptación simplista y mecánica de ese
proceso de integración. Pero no es así. Las influencias y asimilaciones son amplias, generales,
fluidas, ingobernables y con frecuencia, incomprensibles. Puede suceder que se produzca, por lo
tanto, una nueva interpretación de los cuentos o incluso, una visión completamente distinta de sus
contenidos.

Un lector de este libro, cuando todavía era un borrador lleno de tachaduras, dijo que muchos
de los poemas parecían llegar desde “otro Poe”. Creemos que no es así. Está bien, en principio, que
se denote un clima diferente, porque de lo contrario esta revisión -como cualquier otra- carecería de
sentido. Pero no hay un apartamiento deliberado sino que nace de la misma raíz. Sucede, en
realidad, que hay trabajos abiertos a diversas lecturas. Y entonces no se “ve” otro escritor sino el
mismo en cualquier punto oculto o inesperado de su esfuerzo expresivo, igual que si un dibujo
captase, de pronto, la valentía de un hombre o el rumbo de un conflicto que recién empieza a
presentarse. Poe, por ejemplo, habla muy poco del amor, de una manera explícita. Y sin embargo
fue un hombre de fina sensibilidad, profundamente enamorado, que sufrió por ello dolores intensos.
No debiera extrañar, pues, que al leerlo se “tropiece” con ese sentimiento, aún en circunstancias
ajenas o hasta opuestas a un contexto lógico. De la misma manera se descubre, debajo de las
máscaras de la muerte, de los relatos del horror, un afán perenne de lucha y de sobre-vivencia, que
no siempre se advierte, con tal grado de intensidad, ni en las grandes narraciones épicas ni en las
arengas de barricada.

Esas vibraciones dispersas, esos registros subterráneos, son la materia de los poemas que
siguen, aquello que lentamente -con dudas y elecciones de difícil superación, pero siempre con
reconfortante placer- hemos tratado de captar. Todo gran autor conserva, sin embargo, una sustancia
amurallada, algo que sigue siendo absoluta y definitivamente suyo, por sobre toda crítica y toda
manipulación. Aquello en lo que quizá resida su verdadera grandeza, y por lo cual, aunque sean
estudiados, absorbidos, desmenuzados, durante décadas, durante siglos, por generaciones y
generaciones de aprendices, siempre tienen para ofrecer alguna huella virgen, algún aspecto
inexplorado; la incitación, en suma, a un nuevo atrevimiento.