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José Scacco: La perfección como fin

por Andrés Cáceres

Serie

José Scacco expuso individualmente recién en 1978. Se inició tarde pero adquirió la técnica rápidamente y a los pocos años logró el estilo que lo identifica.



Una de sus características estriba en pulir milímetro a milímetro la superficie, sin dejar nada librado al azar, nada que no esté sometido a su fuerte voluntad de trabajo, persiguiendo la perfección como fin supremo.



Los sencillos paisajes de sus comienzos se transformaron en escenas surrealistas para luego volver a ellos con otro planteo, con mayores divisiones lumínicas y detalles, en un proceso barroco de ardua elaboración. Al comenzar la década del '90 cultivaba un paisaje metafísico en los confines de la mística panteísta, que se fue cargando de minuciosos vericuetos pétreos y un fogoso cromatismo.

Scacco se inspira en la naturaleza, la ama profundamente, la idolatra, la diviniza. En ella inserta al hombre pero no al individuo cotidiano sino a aquel que está en situación acorde con el sentimiento de la piedra, del cielo, del fuego, de la magia, de la fiesta, o de una actitud de meditación, de rito religioso o labor artesanal.

No hay representación literal sino simbólica y una predilección por panoramas deslumbrantes. Una sonora sensualidad delata a sus óleos, cincelados de lujosa carnadura, fruto de su paciente laboriosidad.

La luz envuelve todo, vela una zona y detalla otra, sostiene la composición, sutiliza relieves, hace cantar o llama a silencio y nos convence de que todo es luz.
La serenidad es a veces inquietante, otras, edénica: el ámbito de las almas elegidas, premiadas con la contemplación de la belleza.
Seguro de realizarse a sí mismo con la obra, cuidada en todo detalle como una joya, deja que la cultura universal eleve su pulsión y se juega la vida en el precioso objeto.
No le importan las influencias, ni los dogmas, ni las críticas ni las penurias cotidianas propias o ajenas. Nada que pueda interferir con el rapto romántico que le permite sentir que participa de la tarea creadora, que eso es lo único que justifica su vida y que, finalmente, sólo debe rendirse cuentas a sí mismo.

Sus viajes por Latinoamérica y la borrachera de su paisaje y su gente afloran una y otra vez, como vemos en "Presagiando el viento Zonda", Capilla del Rosario", "Macizo andino", festividad pagana" o "Las tejedoras".
El color, en su última producción, es una exaltada pasión que le da peso escultórico a las formas. Maestro de transparencias y veladuras, combina partes de diáfana lisura con otras fuertemente texturadas y mientras nos seduce para tocar y ver de cerca, nos incita a redescubrir la naturaleza.

Plásticos de Cuyo

 

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