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Antonio Sarelli: Misterio y ternura

por J. Llops

El juguete rabioso

El éxito no garantiza calidad pero tampoco debe ser sospechado, indefectiblemente, de bastardo. Tenemos varios ejemplos en Mendoza -Ducmelic fue uno de ellos- y el más notorio es Antonio Sarelli: pintura excelsa y reconocimiento público.
Ruiz Díaz emparentaba su obra con la pintura italiana y el crítico barcelonés J. Llops dice que sus raíces están en la cuenca del Mediterráneo.
La obra de Sarelli tiene la nobleza del mármol, un aire clásico que lo distingue y que no sería posible, desde luego, sin los grandes maestros. Se ubica en la continuidad de esa línea que busca en el arte una permanencia y un desafío a la fugacidad y lo perecedero. Sobre la nudosa raíz grecolatina, injerta la yema de su estilo: el esplendor de un cosmos idealizado.

Excluye sistemáticamente la banalidad, la crispación y el caos que marcan nuestra época, para afirmar la otra realidad, la de la reflexión, del diálogo con uno mismo y con el prójimo, del crecimiento interior, de la piedad por el ser humano y de la ternura.
Su éxito -es una hipótesis- se debe a que no representa las circunstancias de la gente, de las cuales quiere salir, sino más bien sus objetivos: un ideal de belleza, de vida serena, de encuentro, de armonía, de íntima felicidad.
El dominio virtuoso de la técnica le permite componer una estructura de complejidad sinfónica, tanto en lo semántico como en lo sintáctico y se vale de múltiples planos, tonos, semitonos, modulados, esfumados, transparencias y gestos que respondan a una concepción totalizadora.
Cree en la inmortalidad del espíritu y en un orden natural predeterminado y busca lo trascendente con el corazón sencillo de la infancia. Y al indagar el misterio de la creación de la mano de la belleza, nos hace vislumbrar los ámbitos velados de la metafísica.
La serie "Constelaciones" nació del asombro infantil de mirar el cielo, sentirse menos que un grano de arena, intuir que no estamos solos y agradecer a la vida por ese momento de contemplación intensa.

Esa abstracción poética que es el cielo nocturno está en los cuadros desde la mirada soñadora del que se tiende en el suelo a ver la eternidad. Y abismado en ella, regresa al doble asombro de la infancia y del infinito.
Sarelli pinta el estado de contemplación. Las figuras, enigmáticas, leonardescas a veces, ensimismadas, silenciosas, intemporales, viven en una atmósfera delicada y sutil que atraviesa los límites de lo racional para fijarse en la retina del mito.
Su pintura toda, de inquietante sugestión y técnica admirable, superados holgadamente los dos millares de cuadros, posee la estatura artística de los grandes.

Plásticos de Cuyo

 

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