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Hernán Abal

por Andrés Cáceres

Mujer gritando bajo un parasol

Hernán Abal nació en Mendoza en 1919 y fue vicedirector y luego director de la Academia Provincial de Bellas Artes de Mendoza, de donde había egresado. A lo largo de su trayectoria sumó premios importantes en nuestra provincia y en Buenos Aires. Realizó estudios de perfeccionamiento en Francia, Italia y España y asistió a un curso de filosofía del arte dictado por Jean Cassou en la Sorbona.

Invitado especialmente por el Rotary Club de Lima dictó conferencias en esa ciudad, como igualmente en Ecuador, sobre la plástica Argentina en general y mendocina en particular. Fue uno de los representantes de nuestro país en la Bienal Internacional de Pintura de Ecuador en 1987. Poseen obras suyas museos y colecciones privadas de Estados Unidos, Canadá, Francia, España, Italia, Israel, Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Finlandia. Fue presidente de la Sociedad de Artistas Plásticos de Mendoza y cofundador del Museo de Arte Moderno.

Dijo González Tuñón: "Abal es un pintor fiel a su tiempo; ha sabido recoger el mejor mensaje del pasado, tiene las raíces en la tierra, entra en los paisajes y en los seres, las jarillas, la tormenta, la luna, la vendedora de sandías...y flotando sobre la totalidad, un hálito de sueve tristeza, pero también una afirmación vital".

Vigorosa tensión psíquica
Es uno de los pocos maestros que nos va quedando en Mendoza. Pintor de pintores, su obra se renueva en la corriente tormentosa del expresionismo, cuyo sentido trágico es esperanzadamente ético: el ser humano cambiará si, ante el espejo del arte, logra reconocer sus llagas.

Su trayectoria se remonta a 1943. Desde entonces y hasta 1991, cuando murió Blanca Sgró, su compañera, expuso casi ininterrumpidamente y en ocasiones hasta dos veces por año.

Habituado a tratar con el dolor y seguro de que existe una vida puramente espiritual, más allá de la carne y a la que se regresa por caminos insondables, Abal prosigue su lucha -que antes fue conpartida- firme como siempre en sus convicciones, sin ceder un ápice a la vacuidad, a la existencia muelle, a la repetición mecánica ni a los esquematismos simplificadores.

Estamos ante una pintura que no se entrega sino que ofrece batalla: nos presiona, nos punza, nos sacude, nos golpea, nos interroga, nos exhorta y nos amonesta. Es una figuración dramática de empinado orden estético, bella sin concesión a dulzores ingenuos pero que tampoco se solaza en el horror, porque su intención más genuina es la de rescatar al hombre de la vida artificial que lleva, de la opresión, de la injusticia, de la estupidez y de sí mismo.

Esta pintura apasionada, de vigorosa tensión psíquica, está resuelta hábilmente por el talento y la perseverancia de Abal, que arrancó secretos de la técnica -cuando no debió innovar- y llegó a la forma adecuada para el contenido, al que se une inextricablemente.

Sin saltos ni rupturas, hoy tenemos nuevas obras que nos admiran por la continuidad del estilo, que no necesita afianzarse -nunca lo necesitó- sino mantenerse en el mismo nivel de excelencia, con una materia que no es sobria ni mezquina pero tampoco brillante ni excesiva, sino elaborada en su justo término, en su espontánea expresividad.

Todas y cada una de las pinceladas obedecen a la exigencia del artista de abismarse en el misterio del alma humana, en los ámbitos más inquietantes, mirando con ojos críticos las zonas inexploradas, sin temor de mostrar la desolación, la muerte y el dolor.

Lo hace con ternura a veces, con ironía y con sarcasmo casi siempre y con el clima dramático, invariablemente, que sólo un artista de su estrictez y su vuelo poético puede dar.

Plásticos de Cuyo

 

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