No Ficcion / Esgrima Política 

Carta a los amigos de la Izquierda

por José Luis Menéndez
Con muchos anduvimos caminos semejantes, arrastramos errores y aciertos que todavía seguimos discutiendo, y guardamos, sobre todo, en las mismas alforjas, derrotas infinitas. Hemos vivido, algunas veces, momentos muy breves pero imborrables, en las que cada uno poblaba la soledad del otro, cuando la simple palabra se debía esconder entre la sombra. Y con otros, nada. Apenas (o nada menos que) la comunión secreta y contagiosa de vivir las mismas utopías, de querer y alzar banderas semejantes aunque habitáramos en los sitios más diversos del mundo. Estuvimos con Mao, con Ho Chi Min, con Fidel, con Lumumba, con Allende, con los sandinistas de Nicaragua, y con todas los movimientos que planteaban alternativas populares, salvo que se tratara de nuestro propio país, donde cada uno convergía, según los momentos, en grupos de distinta fuerza y proyección, pero en continuo proceso de conflicto y desgaste por diferencias absolutamente secundarias. Cada sector tenía su proyecto revolucionario infalible, su manual de operaciones perfecto. Y cada uno su propia verdad, sostenida por los dogmas de laboratorio, la falta de auto-crítica y los excesos de arrogancia ideológica.
Hoy vivimos, sin embargo, en nuestra Argentina 2011, una situación excepcional, que nos plantea desafíos inéditos. Hay una realidad nueva, incitante, promisoria, que debemos observar sin esquematismos ni prejuicios históricos, agitada por cambios sustanciales.
Tras el colapso del modelo neo-liberal, impuesto durante los gobiernos de Menem-Cavallo-de la Rúa, se produjo, por circunstancias que ninguna izquierda supo anticipar, un hecho casi milagroso. De pronto, un hombre sin mayor historia y surgido del seno de la vieja política, impulsó contra toda expectativa un cambio sustancial en la historia argentina de, por lo menos, los últimos cincuenta años. Relevo de la Corte Suprema de Justicia. Reversión del concepto de que la economía, como si fuera un hecho natural irreversible, se impone sobre la política. Reemplazo del concepto conservador de “sálvese quien pueda” por decisiones del Estado, con efectos inmediatos concretos: retorno de las convenciones colectivas de trabajo, cese de relaciones con el Fondo Monetario Internacional, recuperación del control público sobre Correos, Aguas y Aerolíneas, transferencia de los fondos de las AFJP, desde el ámbito de la especulación privada y la incertidumbre futura al uso defensivo, racional, y estratégico, en función de los intereses del país y su pueblo. Fin de las relaciones carnales con Estados Unidos y re-alineamiento internacional bajo los ideales de unidad latinoamericana de San Martín y Bolívar. Avances en materia de soberanía financiera, con quitas importantes en la deuda pública e inserción dentro de los países propulsores de un nuevo orden financiero mundial. Viraje rotundo en materia de políticas informativas y culturales, con luchas enormes a favor de la recuperación popular de la palabra, consiguiendo la sanción de una nueva ley de medios audiovisuales democrática y antimonopólica, y enfrentando con decisión a quienes pretendían la continuidad de la ley de la dictadura que dispuso Videla en alianza con grupos informáticos concentrados. Políticas activas de integración social, como el acceso al sistema de jubilaciones de más de dos millones de argentinos que se hallaban condenados a una vejez indigna, otorgamiento de la asignación universal por hijo, sin mediaciones que favoreciesen antiguas prácticas corruptas, y adecuación razonable de los haberes jubilatorios contemplando la sustentación de su pago en el tiempo. Derogación de las leyes de obediencia debida y punto final, en el marco de una gestión imponente en el campo de los derechos humanos, y en especial, la ejecución de un acto simbólico decisivo para la fe en la democracia, como fue la petición de Kirchner al teniente general Bendini, en el Colegio Militar, frente a los cuadros de Videla y Bignone , de que procediera a quitarlos; es decir, la supremacía de la Constitución nacional sobre cualquier poder sectorial y de facto. O sea, un gesto simbólico con la elocuencia implícita de quien dice “esto va en serio” y pone, al alcance de nuestros ojos, un horizonte diferente. Las nuevas opciones no fluctúan entre “la misma mierda de siempre” o una gran utopía para lograr de aquí a doscientos años, sino que ahora se mueven entre lo que se ha logrado (y se podría, entre todos, mejorar) y todo lo que puede perderse.
Es claro que la teoría revolucionaria clásica tiene sus objeciones. Un izquierdista consumado, cualquiera sea su lugar de militancia, podrá objetar, y ello es válido, todo lo que no se hizo y reclamar todo lo que falta. Debemos observar, sin embargo, la historia completa, en su confuso movimiento; sin renunciar a ninguna teoría, pero tratando de integrarla en una realidad que se ha modificado. Y mirando, en especial, algo que todos los pensadores revolucionarios han considerado, como es la relación de las fuerzas en el gran campo de los procesos sociales históricos. Ni Kirchner ni Cristina llegaron al gobierno como jefes de una revolución proletaria triunfante. Llegaron a caballo de un acuerdo de cúpulas. Pero hay un punto donde los hechos importan más que los pactos y las declaraciones. Y en ese sentido, debemos reconocer que los hechos posteriores a 2003, no tienen nada que ver con los hechos precedentes. Y, muy por el contrario, se orientan en un sentido inverso, des-haciendo un camino y re-ubicando a la política y gradualmente a la militancia, en el centro de la escena pública. No hay ninguna acción gubernativa presente que no esté generando una discusión ideológica profunda. La antinomia seguridad-inseguridad (devenida en ley o salvajismo), el pago de deuda con más deuda o con recursos propios, la legitimidad o no de las retenciones a la renta agraria, el matrimonio igualitario, la formación de los precios, el rol y los límites de la potencia informativa, la inmigración extranjera, el trabajo legal o el trabajo esclavo, el despegue de la ciencia argentina o la visión de los científicos “lavando platos”, una industria farmacéutica dependiente o propia. El Banco Central presidido por Marcó del Pont o por Martín Redrado. La línea cultural trazada por Tristán Bauer, Jorge Coscia, Horacio González, o la que podría fluctuar entre Jorge Asís o Marcos Aguinis (por no decir Abel Posse). La radio pública de Seoane-Muleiro o la que dirigía Julio Márbiz. Fútbol y deportes para cualquier argentino que desee verlos o solamente para quienes puedan pagar un abono. Una televisión marcada por el Canal Encuentro y las grandes joyas del cine nacional, o marcada por los chismes, la pornografía y los zócalos de TN. Un país para ciertos elegidos o un país que busca la inclusión de todos.
Esas son las discusiones actuales. No podemos seguir viendo fotos congeladas o cumpliendo recetas para otros momentos y otra realidad, apareados a los enemigos históricos del país. Descifremos los procesos en curso, las tendencias abiertas “hacia más” o “hacia menos”, las discusiones inmediatas, los conflictos de ahora, cuya forma de resolverse van a determinar, de una manera inexorable, cuanto más lejos o más cerca nos situemos de los sueños mayores, de otra sociedad posible.
Es cierto que, en algún sentido, toda conquista es insuficiente y todo avance actual nada más el origen de una demanda futura. Ello constituye el escenario lógico del progreso humano. Y eso es, justamente, lo que hoy se ofrece, una posibilidad de acercamiento gradual hacia mayores logros. Lo contrario, la pretensión de Todo, de todo Ya, de un modo compulsivo, sin adhesión social mayoritaria, sería pura retórica si solamente se lo dice, y pura violencia si se lograse.
¿Socialismo re-distributivo? ¡Pero si cuando el gobierno pretendió defender cierto porcentaje de retenciones frente los dueños de la tierra, el país fue bloqueado y parado con apoyo mayoritario de las víctimas, esas que hubieron debido pagar 80 pesos el kilo de lomo o diez pesos el litro de leche!
¿Trabajo esclavo, ahora igual que a principios de siglos? ¡Por favor! Si algo nos enseña la dialéctica es a leer procesos y no fotografías. No es lo mismo la foto de un esclavismo negado o defendido por los gobiernos oligárquicos, como en tiempos de la Patagonia rebelde, que otra foto de situaciones análogas que son sacadas a la luz por un Estado que las reconoce, y tras lo cual, enjuicia a los causantes.
¿Qué en las cárceles y prisiones se sigue torturando? ¿Que ahora lloramos a Mariano Ferreyra como ayer a Santillán y Kosteky? Pero...¿en qué contexto se produjeron esos hechos? ¿Es lo mismo Duhalde, nombrando y defendiendo al comisario Franchiotti, que Kirchner poniendo toda su fuerza para que la muerte se esclareciera, y que la justicia actuase con el mejor fiscal y el mejor juez que aquella fuerza pudiese conseguir?
¿Pino Solanas o Altamira, pensarán que tienen espacio en las páginas de Clarín, o en los noticieron de TN o en los almuerzo de Legrand, por su peso, su valor, su claridad política? Nooooo. Los tienen por su servicio de confundir a la gente, y oponerse a los únicos que afectan los poderes de siempre.
No habría que olvidar, entonces, el sentido de lo central y lo accesorio. Seguir con las propuestas de largo plazo, no cegar los ojos de los mejores horizontes, pero ver lo inmediato, el próximo peldaño de una escalera larga, imperfecta, sinuosa. Reconocer al enemigo principal y no mirar desde una orilla, como testigos desdeñosos, la lucha que hoy se libra contra el pasado, lo más oscuro del pasado.

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