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| Sobre 'Señales rupestres', de Adelina Lo Bue |
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Gustavo Zonana |
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Desde su primer libro, Línea de fuego (1985) y en los que le siguieron, Mapas (1995) y Elegías (1999), la trayectoria expresiva de Adelina Lo Bue exhibe una escritura en tránsito y a la vez una escritura de la multiplicidad.
Escritura en tránsito: la palabra se busca, el registro persigue un difícil equilibrio entre un lirismo introvertido, replegado en la interioridad del ser y aferrado a sus interrogantes más dramáticos, y otro -podríamos decir su revés-, deslumbrado ante el espectáculo de la posmodernidad y la aldea global.
Escritura de la multiplicidad: conforme a ese impulso (extro)vertido, la voz y la mirada poéticas se reconocen en un conglomerado de imágenes, de símbolos o íconos culturales que se amalgaman en el libro y en cada poema.
La voz interior habla a través de poemas breves, escritos en la tradición argentina de Alejandra Pizarnik: son apuestas por la intensidad y la sugestión de imágenes altamente significativas. La voz es una, la de la ausencia, y su lamento se expresa mediante un sereno padecer:
"Temblorosa dama de la noche/ perdida en la niebla húmeda del amanecer/ buscando un puente/ por donde atravesar el río': Por momentos, incluso, esta mirada serena se vuelca sobre el paisaje natural para reconocer así la manifestación de los seres en su poético acontecer: "En invierno/ las cabras salvajes descubren/ brotes de ceibos/ cubiertos de nieve".
La voz de este repliegue convoca un círculo de personajes muy próximos, el amado que no llega, el padre que ya ha partido.
Frente a ese repliegue hacia la interioridad, otra voz emerge y manifiesta un movimiento centrífugo hacia el entorno. Ya no es apropiado hablar de voz, sino de voces. En ese conjunto polifónico, sin embargo, la vibración propiamente lírica, de raigambre romántica, resuena a veces como un armónico que sustenta la unidad de la dicción. Pero, en ocasiones, se impone en secuencias bien destacadas en el poema.
Alterna, en ambos casos, con intertextos a la manera de citas, alusiones o recreaciones. Instaura así, como ha señalado Marta Castellino, un poema puzzle, un juego de fragmentación y un movimiento vertiginoso en el que las imágenes se suceden al ritmo del videoclipl. El todo resulta de un conglomerado de fragmentos heterogéneos: paisajes, monumentos, músicas, personajes de la mitología universal y sus historias, obras literarias citadas o aludidas en sus autores, anécdotas referidas a ellas, el mundo de la tecnología:
Caminamos a su casa del nuevo Castillo Lee la historia de Juan el Ciego y Le Monde Interactif
Solo ama lo nuevo
Le dije:
con cuatro colores los antiguos realizaron la inmensidad
Y ella:
corren caballos en la desierta pradera Mi mundo es todo Wi Fi
aunque tengo un Fauno de Pompeya
y diseños de los miniaturistas góticos de Nothing Hill
y vivo en mi PC la pantalla soñada de Second Life· ..
("Siempre amanece en Luxemburgo")
La mirada fragmenta, la voz corta secuencias discursivas y forma un todo mediante la disposición sucesiva de sinécdoqucs que remiten a relatos mayores y, con ello, hacen un guiño a los lectores que se identifican con tales relatos. El poema resulta un todo orgánico pero variopinto a la vez.
En cierto modo, este juego implica revisitar actitudes básicas del poeta voyant de Baudelaire y del de las vanguardias históricas. Como en estos casos, la poesía de Lo Bue diseña el recorrido de un sujeto sumergido en la ciudad tentacular, de un poeta desmembrado, ubicuo, que contempla y recorre velozmente, casi simultáneamente, una multitud de escenarios.
Pero ahora se trata de un viaje electrónico, de un tránsito que anuda el mundo "real", histórico, y el propio espacio mendocino, con el virtual de Second Life. En ese recorrido la voz se configura progresiva, constantemente. Lo hace en función de lo que ve, oye o palpa. Se vuelve hechicera, indígena, turista, internauta.
Y en sus sucesivas metamorfosis diseña a la vez sus destinatarios implícitos, o, en todo caso, su destinatario imaginario que asume distintos nombres, distintos roles: el espeleólogo, un traseúnte, el poeta trovador, entre otros.
El traslado no es solo espacial sino también temporal. La voz apela y se funda en el tiempo primordial de los mitos tradicionales, de los orígenes. Y por ello, la mirada se carga de historicidad, adquiere espesura antropológica.
¿Existe una forma de modernidad después de la posmodernidad? A su modo, esta poesía diseña esta paradoja. Hay amalgama de referentes, de distintas formas de cultura y en esto podría verse un gesto posmoderno.
Sin embargo, la lírica de Adelina Lo Bue se aferra a un ideal de belleza y considera la totalidad como valor, la historia y su diseño teleológico como aspectos inherentes de lo humano. Por otra parte, los referentes fragmentados y rearmados son concebidos en su seriedad, conservan el aura estética que los rodea en su contexto originario.
Escritura en tránsito, escritura de la multiplicidad, estas Señales rupestres a la vez que dan testimonio de nuestra circunstancia, confirman el lugar de Adelina Lo Bue entre las voces más representativas de la lírica mendocina y argentina de las últimas décadas. |
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