No Ficcion / Borges, 100 años 

Un Reportaje Novelado

por Rodolfo Braceli
Si no me atendía debida, detenidamente, lo iba a increpar. Le iba a decir sin rodeos: "Borges, usted qué se piensa...¿acaso se cree que es Borges?". Pero no hubo necesidad. Iba a entrevistarlo sin mucho optimismo. Con prevenciones. Tenía miedo de que Borges se creyera Borges y me concediera sólo unos pocos minutos. Había razones valederas para que alimentara esos prejuicios. El premio Nobel estaba en danza y bien podía ocurrir que la paloma de la noticia coincidiera con la entrevista. Además, tenía conciencia de que iba a dialogar con un personaje importante.

Porque Borges, además de Borges, de poeta, de cuentista, de estudioso del anglosajón del siglo IX y de letrista de milongas, además de todo esto, digo, es una esquina en el debate cotidiano de nuestra cultura nacional. Es la esquina donde fatalmente chocan dos colectivos, dos temperamentos, dos concepciones de la realidad, dos grupos sanguíneos. Es la esquina donde desembocan y se aplastan mutuamente los fervorosos elogios y las violentas negaciones. Es el extraño personaje al que unos detestan. Al que otros admiran. Al que algunos detestan con admiración. Es, por eso, un tema.

Por todo esto tenía miedo de que Borges se creyera Borges. Y estaba dispuesto a increparlo. Pero, repito, no hubo necesidad.



Me atiende en la habitación número 52 del primer piso de un hotel céntrico. Antes del par de minutos de conversación me ruborizo, avergonzado por mis falsas prevenciones preliminares. Empiezo a darme cuenta de que el tan esperado reportaje se vuelve sobre mí mismo, se convierte en una de esas mil pequeñas novelas que nacen y mueren diariamente en la calle cotidiana. Me resisto levemente. Pero es tarde. Dejo que el azar me gobierne, disponiendo de esa hora que comienza a deslizarse.

La primera pregunta es tonta, convencional: ¿La literatura argentina tiene personalidad, perfil propio? ¿Cuál es su grado de internacionalidad? Sale, a lo sumo, para tantear el terreno y entrar en calor. Por eso ya mismo la entierro.

La segunda pregunta es menos convencional: definición del hombre argentino centralizada en su mayor defecto y su mayor virtud. Borges responde sin demora: "El mayor defecto del argentino es la timidez, la indecisión, es el no querer jugarse por una causa. Ese defecto ciertamente no lo poseíamos en el siglo pasado, cuando rechazamos las invasiones inglesas, cuando...

-¿Cómo explica usted la presencia de este defecto en el siglo presente?

-En algún momento creí que se debía a la mucha inmigración. Ahora no lo creo así. Francamente no le veo explicación...

-Y la virtud del argentino ¿cuál cree que es?

-Es, me parece, la hospitalidad. El hecho de que a los argentinos nos interesa lo que ocurre en todas partes del mundo...creo que en cierto modo -y esto puede deberse a la relativa pobreza de nuestra tradición- nosotros somos menos provincianos que los europeos y quizá que los americanos del norte. Nosotros sentimos que nuestra herencia es todo el pasado occidental y, por qué no, oriental también.

La tercera pregunta es peligrosa. Puede ahuyentar a Borges, sustraerlo, replegarlo, inhabilitarlo para las siguientes. Pero es imprescindible. Opto por la mayor simpleza: ¿Borges, usted cree en Dios?

La primera frase de su respuesta me hace pensar que el reportaje se ha desplomado. Pero luego de los puntos suspensivos suspiro anímicamente. El diálogo puede ser: -La palabra Dios es tan ambigua que es difícil contestar...si la palabra Dios significa un individuo, para llamarlo de algún modo, que vive fuera del tiempo, que vive en la eternidad y no en lo sucesivo, en lo temporal, entonces no estoy seguro de creer en Dios...Pero si la palabra significa, como dijo el pensador inglés Arnold, ese algo en nosotros que está de parte de la justicia, entonces sí creo; que, a pesar de todos los crímenes, hay un propósito moral en el mundo, que existe una conciencia ética, aunque no iría tan lejos como Stevenson, que afirmaba que sin duda las hormigas tienen una conciencia ética.

-Señor Borges...¿y de las mujeres qué me dice?

-Creo que a mí me preocupan demasiado las mujeres, aunque tengo 66 años. Pero eso podría decirse de todos los hombres. Creo que razonablemente deberíamos pensar menos en ellas. Sin embargo...ellas tienen una suerte de magia...Esto lo sentí especialmente en España en donde prevalece la tristísima costumbre de reuniones, tertulias, de hombres solos, sin una mujer, lo cual me pareció insólito, melancólico y hasta aburrido. Aunque algunas amigas mías me dicen que para ellas las reuniones de mujeres son igualmente intolerables. Lo cierto es que hay algo que hace atrayente el diálogo con una mujer. Debe de intervenir siempre, de algún modo, lo erótico. Si no, ¿por qué esa magia tan especial? El hecho de ver, de ser atendido por una mujer, ya nos introduce en esa magia...aunque ver, para mí, sea una metáfora, porque no veo.

-A propósito de esto: ¿cómo "ve" al mundo ahora que no "ve"? ¿Ha cambiado en usted algún concepto esencial?

-Sí, el sentido del tiempo ha cambiado. Antes si viajaba en tren y no tenía un libro me sentía muy desdichado, muy aburrido. En cambio, ahora que no puedo leer, puedo estar solo, puedo esperar una hora a alguien sin impaciencia. Me parece que el tiempo fluye de otra manera para los que no ven, es una especie de misericordia, un regalo...

-¿Una compensación?

-Sí, exactamente, una compensación. Antes yo sufría de insomnio, ahora menos. Pero cuando sucede, dejo que el tiempo fluya, no lo siento como algo angustioso. Claro que hay una compensación en perder la vista. Quizá obligue más al pensamiento, a la reflexión. Leer, aunque estimulante, es hacer que otro piense por uno. Hay un placer en ello, pero también lo hay en la reflexión y aún en la no reflexión, en el sentirse vivir, en el dejarse vivir, en el dejarse llevar por esa especie de ola mansa del tiempo...

Suena el teléfono. Mientras Borges habla, lo miro. Traje negro de líneas blancas. Su voz es nasal. Su pronunciación irregular. A veces encima varias sílabas. Corrige su gramática oral como si estuviera sobre el papel. Dice: "...hay probabilidad de que viaje hoy, mejor dicho, hay posibilidad de que viaje hoy". El bastón no se aleja de él. Es callado. Pero de silencio amable.

Recupero la atención de Borges con otra pregunta: Si volviese a vivir de nuevo ¿ordenaría su vida de un modo semejante? Le pregunto esto porque recuerdo que usted escribió que era un hombre que había leído mucho y vivido poco.

-Creo que viviría de igual modo. Mi destino es ese. Además esa frase estaba basada en una falsa oposición entre vivir y leer, como si leer no fuera una de las maneras de vivir. Lo mismo que cuando se pregunta si el artista debe cumplir con la realidad...¡pero si el artista es parte de la realidad!, y hasta con el tiempo, más real que la realidad. Shakespeare y Cervantes con su "Macbeth" y el "Quijote" son ejemplos claros, aunque trillados. Los autores han desaparecido, pero no sus personajes. Yo, por ejemplo, no he estado en batallas como mis antepasados, pero quizá tenga una vida no menos intensa que ellos, salvo que la intensidad esté en otras cosas...

-¿Recuerda alguna experiencia especialmente intensa que haya vivido?

-Sí, el haber estado once días y once noches de espalda, con los ojos vendados, en una habitación a oscuras, con una temperatura de treinta y tantos grados, sabiendo que si me movía podía quedarme ciego. Esto, que fue terrible, lo recuerdo de un modo abstracto. No ha dejado mayor marca en mí. Es un recuerdo de a lo sumo un minuto...

-Señor Borges...¿cómo es Borges?

-Tengo un trabajo que se llama "Borges y yo". Ahí doy la explicación más clara, es decir, que yo me veo como dos personas...sin duda no soy dos, sino muchas más. Cuando me ha sucedido de recibir honores o críticas he pensado que todo eso le ocurría al otro, pero no a mí, que yo en cierto modo soy, no un actor sino un espectador de las cosas que me ocurren, lo cual estaría de acuerdo con la filosofía hindú, que dice que nosotros nacemos con nosotros mismos y como nos estamos viendo todo el tiempo, nos identificamos (risita).

-Otra cosa: si a usted, por un motivo equis, se le concediera pronunciar sólo una palabra más, ¿cuál elegiría?

-...No sé, nunca he pensado en eso...en lo que he pensado es en que me convendría que la mayor parte de mi obra desapareciera y que quedaran dos o tres de las páginas más atendibles que he escrito. Eso va a ocurrir, con toda seguridad.

-¿Cuáles cree que serán las páginas suyas que se salvarán?

-Creo que hay un cuento que se llama "El sur"... que no me ha salido mal, y un poema, "El poema de los dones"...quizá algún otro cuento, el de aquel hombre que tiene una memoria infinita, ese compadrito oriental que muere muy joven, abrumado porque no puede olvidarse de nada, "Funes, el memorioso". Tal vez esto sea lo menos deleznable de lo que he escrito, pero ciertamente no puedo saberlo yo...

No sé por qué, pero el diálogo se me escapa. Me quedo mirando la corbata de Borges. Si en estos momentos llegara la noticia de que Borges ha recibido el premio Nobel, éste tal vez se alegraría...pero la corbata...pero la corbata se sentiría infinitamente más orgullosa y eufórica. Sin duda hay más corbatas que hombres en el mundo. Por eso mismo debe ser muy singular para una corbata tener en su carpeta de antecedentes esta indicación: "He estado sobre el pecho de un premio Nobel de literatura".

Retorno. Ahora es Borges el que me recupera. No sé por cual pregunta me está contando la coincidencia de que él, como Paul Groussac, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional -800.000 volúmenes- casi exactamente en la fecha en que comprobó que no podía leer.

Con la pregunta que sigue procuro dar un salto en la edad: Borges, ¿cuál es su más lejano recuerdo? Despacio lo desenhebra. "Mi más lejano recuerdo es el de un jardín o, en todo caso, el de un lugar en el que había pasto y árboles alrededor...y creo que un arco iris. Pero no sé si ese recuerdo corresponde a la casa de mis padres en el suburbio de Palermo, en Buenos Aires o en la quinta de mi tío Francisco Haedo, en el barrio del Paso del Molino, en Montevideo. No sé en qué margen del río ese recuerdo queda, lo cual me agrada también, porque me ata a esos dos países, mi patria y la patria de muchos mayores míos...

-¿Alcanza a recordar lo primero que hizo como artista, su primer trabajo literario?

-Sí...pero no lo hice como artista. Creo que fue una especie de epítome que no pasaría de seis o siete páginas de mitología griega. Eso, felizmente, se ha perdido. Consistía en reescribir lo que yo había leído en libros ciertamente mejores.

-¿Recuerda la edad de ese suceso personal?

-No. Lo que no recuerdo es una edad en la que yo no supiera leer ni escribir. Y ahora no tengo la seguridad de saber escribir y sé que soy un analfabeto porque he perdido la vista.

-Sin embargo, sigue escribiendo.

-Sí, escribo textos muy breves y prefiero los borradores mentales. Mientras voy caminando por las calles compongo un soneto o una letra de tango o milonga.

Borges adivina que le voy a hacer otra pregunta. Entonces se apura para contarme el hecho real que inspiró su "Milonga de dos hermanos"..."En Lomas -dice- hacia el mil novecientos veintitantos vivía una famosa familia de cuchilleros y guardaespaldas, los Ibarra. En esta familia, que era muy disciplinada, había dos hermanos. La tragedia sobrevino cuando el menor cometió la falta de respeto de deber más muertes que el mayor. Entonces éste lo mató. Cuando me enteré del episodio por boca de un primo de los Ibarra, me dijo: Usted sabe...cosas de muchachos".

-¿Qué significado tiene el tango para los argentinos?

-Tiene un significado que no he alcanzado a averiguar. Estando en Texas, un amigo paraguayo me hizo escuchar discos argentinos que a mí me desagradan; por ejemplo, "La cumparsita", "Flaca, fané, descangallada", "El organito de la tarde", en fin, esos tangos que a mí me parecen realmente atroces. Me gusta otro tipo de tangos, "El choclo", "El poyito", "El apache argentino", "Noche garufa"...Bueno, mientras escuchaba y pensaba que todo eso era una miseria, de igual manera que el "Martín Fierro", los lagrimones me rodaban por la cara...es decir que había algo en mí que gustaba de todo eso, mientras mi mera inteligencia estaba condenándolo. Es un misterio y dejémoslo así.

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