No Ficcion / Borges, 100 años 

Conocer a Borges

por Hugo Acevedo
Puede que Borges sea a lo largo de su vida discretamente desdichado, y a veces una dulce tristeza debe zarandearlo entre las letras y la soledad, que no saben andar muy distanciadas; pero ha plantado sus reales en la alegría, sabedor de que únicamente ella fecunda, y consecuentemente rehuye los osarios y los altares. Como el filósofo de Pirandello, no guarda su dolor en la cajita de un ataúd para ir de tiempo en tiempo a reabrirla y dejarla después, al retirarse, minuciosamente cerrada, ¡no vaya su contenido a escaparse detrás de uno! Es un hombre sano.

Pero no es tímido, como mal supuse. Corridos treinta años desde que lo conocí, hasta me atreva a afirmar que es un audaz; por eso en su carrera, ha llevado de auriga a la Fortuna, que no es ciega, aunque sí víctima del berretín de vendarse los ojos. Borges, de relaciones sumamente tirantes con Martínez Estrada, pide y obtienen la palabra para celebrar ante un público de alto número y de lengua bífida al autor de Radiografía de la Pampa, allí presente, como al mayor poeta argentino vivo... ¡merced a su maestría en el empleo del alejandrino! ¿No es un audaz imbuido de buen humor? Quiere hacernos creer, entre otras provocaciones, que la poesía pasa inevitablemente por las horcas caudinas de la preceptiva; si no, ¡nada!

Cuando ya había perdido parte de su preciosa vista, porfiaba por salir solo a la calle, a las calles de Buenos Aires, a las calles de su Buenos Aires; en otros términos, al ágora de su patria. ¡Y era admirable su desplazamiento un punto menos que a oscuras, sin perro, sin bastón, sin otro lazarillo que su amistad íntima con las baldosas públicas de Florida o de Charcas o de Maipú! Varias veces me lo encontré en sus paseos callejeros. Los divos y divas del cine, la televisión y hasta la radio no prestan, salvo espectaculares excepciones, su áurea silueta a la sorpresa plebeya del común; Borges, por su actitud cotidiana, es parte de ésta, y únicamente a la aciaga ceguera que se ha abatido sobre esos ojos cuya avidez suprema es o era la lectura debemos reclamar por la ausencia de su clara persona en las calles de Buenos Aires

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