No Ficcion / Borges, 100 años 

El hilo de la trama encantada

por José Luis Menéndez
Antes de ofrecernos el mundo inagotable de su literatura, BORGES ejerció sobre nosotros el arte de la provocación. Para eso manejó como nadie el juego de su propio desdoblamiento. Una cosa era el personaje carnal, huidizo, solitario, y otra cosa el creador que casi inadvertidamente trabajaba para la perduración, los enfrentamientos, la multitud devoradora. De manera que los resultados, de acuerdo con la postura de cada observador, siempre podían ser fallas o virtudes del "otro". Uno de los cuales sostendría, sin inconsecuencias, como una llave también indescifrable, y previsora, que si algo resultaba cumplidamente literario, era falso.

De la infinidad de temas, en los que, como un consumado prestidigitador, nos mostraba una cara llamada a disolverse con presteza, y a situarse, en muchos casos, en la cara contraria, rescatamos la referente a la naturaleza, lógica o azarosa, del hecho creativo. ¿Hay, sobre todo, instinto, o prevalece, en cambio, la planificación? ¿Existe una potencia creadora que puede dar sus frutos sin esfuerzo y sin plan? POE desarrolló ese tema en su "FILOSOFÍA DE LA COMPOSICIÓN", y a propósito de su célebre poema "EL CUERVO" llegó a efectuar sobre su técnica constructiva una descripción tan minuciosa como exasperante, que linda casi con el agotamiento de su misterio, pero que vale, sin dudas, como demostración de una doctrina que ondeaba sobre un convencimiento verdaderamente feroz. "Mi objetivo ?decía POE- es demostrar que ningún punto de la composición puede ser atribuido a la casualidad o a la intuición, y que la obra ha procedido, paso a paso, hacia su propia solución, con la precisión y la lógica rigurosa de un problema matemático".

En el mismo sentido, escribía BAUDELAIRE: "Muchos escritores, en particular los poetas, prefieren dejar decir que componen gracias a una especie de frenesí sutil o de intuición extática, y posiblemente se estremecerían si debiesen autorizar al público a observar tras la escena y contemplar los trabajosos e imprecisos embriones de pensamiento, la verdadera decisión tomada a último momento, la idea a menudo entrevista como un relámpago y que rehúsa durante mucho tiempo dejarse ver a plena luz, el pensamiento plenamente maduro y arrojado por desesperación como si fuese de un natural intratable, etc., las plumas de gallo, el carmín, las moscas y el maquillaje completo que en el noventa y nueve por ciento de los casos constituyen el adorno y lo natural de la historia literaria".

Pues bien, en lo concreto de su obra, BORGES, actúa de acuerdo con la preceptiva de estos maestros. No obstante, y como siempre, hay "otro" BORGES, que dice lo contrario. "Yo no creo ?sostiene-, contrariamente a la teoría de EDGAR ALLAN POE, que el arte, la operación de escribir sea una operación intelectual. Yo creo que lo mejor es que el escritor intervenga lo menos posible en su obra". Y luego cita en su defensa la iniciación de "LA ILÍADA", donde lo primero que hace HOMERO es ausentarse: "Canta, Musa, la cólera de Aquiles"...

Sin embargo, cada vez que habló del génesis de sus obras, se olvidó de las musas. En cierta ocasión, refiriéndose a su cuento "EL ZAHIR", dijo: "Mi punto de partida fue una sola palabra; pensé en la palabra inolvidable, unforgeable en inglés... Qué raro sería si hubiera, en lo que llamamos realidad, una cosa, un objeto que fuera realmente inolvidable". A partir de esa única palabra, de una consideración que él mismo califica como "bastante pobre", BORGES habría de construir, mediante un esforzado trabajo intelectual, su cuento, donde secuencialmente suceden, por lo menos, las siguientes cosas: a) que busca y halla en una moneda de metal el objeto que habría de ser inolvidable; b) que resuelve, por asociación con el recuerdo de una mujer que muere y de la que alguien está enamorado, el motivo por el cual aquél objeto tendría que ser inolvidable; c) que elige, para el relato de las incidencias propiciadoras del hecho sustancial, la realización del velorio de la mujer en una iglesia que no fuese "demasiado famosa ni demasiado patética"; d) que determina las circunstancias especiales en las que el amante supérstite recibe la moneda inolvidable, su entorno, su singularidad (que no fuese confundible ni con el San Jorge y el dragón de una libra esterlina observada con lupa), y su destino (ser perdida para dar luego curso a un cuadro de obsesión progresiva, donde la locura apareciese como camino de salvación); y n) que piensa un cierre capaz de darle sentido y consistencia a lo que resultaría, de lo contrario, una narración incomprensible: "si uno ve una sola cosa, esa cosa única es absoluta".

En su explicación sobre otras creaciones sucede lo mismo. Las historias inagotables sobre mitos y escrituras sagradas, la imaginería total de los infiernos y las transmigraciones, el asentamiento de cada pieza de un relato en el camino de las cosmogonías, la Enciclopedia Británica, los duelos a cuchillo en el suburbio de las traiciones, ocupan el sitio de las musas. Y el hombre que traza sus propios laberintos mientras bebe y devora sus paredes de hexámetros y piedras, de impenetrable bosque, de mareas homéricas, el hombre que congela su respiración, y la tritura y la deja de huella en la guarida de los tigres, acaba por cumplir, aunque sea sangrante y mutilado, lo que WALLACE STEVENS dejó como sospecha: todo lo escrito es circular, como si fuera una lectura demasiado intensa.

Así la obra de BORGES resulta inabarcable. No por su espesor físico, y mucho menos, ciertamente, porque falten apoyos de la critica teórica. Tampoco por esa desmesura genética, que construye un cuento a partir de una sola palabra, o un poema cíclico, sin fin ni comienzo, a partir de una simple mirada taciturna. Lo insoluble viene de su enmascaramiento perpetuo. Recubrir lo esencial con tanta circunstancia que lo haga susceptible de ser perdido. Nombrar lo que no tiene frecuencia para que pueda repetirse. Orientar las palabras con las permutaciones y la igualdad última del álgebra. No ser excesivo pero excederse. Apelar a lo sobrenatural cada vez que cesa lo posible. Proponer enigmas donde verdaderamente no importe que se descifren o no, es decir, hacerlo por el enigma mismo. Reclutar mercenarios, aún sabiendo que van a desertar antes que nadie, como rehusando, entonces, conseguir lo que dice buscarse. No ser excesivo pero excederse. Llegar a concebirse como un sueño ajeno. Desesperarse por la sed pero también, ya saciado, por el miedo de volver a tenerla. Jurar un olvido, para caer en la blasfemia de prometerse un ejercicio irrealizable, o conseguirlo, y sentir que su propia memoria ha sido traicionada. Mirar las palabras que se borran o se modifican cuando todavía la frase que formaban no ha tenido develación. Y enceguerse, cada vez más obstinadamente, hasta ver lo invisible, y burlarse de las aniquilaciones del tiempo. O por el contrario, sentirse tan mísero y tan grande como quien llega a la ciudad de los hombres inmortales a llevarles la muerte.

Aquel delirio inhabitable de STEPHAN MALLARMÉ, su errante pretensión de traducirlo todo con un poema mínimo, despojado casi de palabras, lo consuma, finalmente, BORGES, invirtiendo sus términos. No decir nada, usando para ello la narración más profusa y perfecta. Y cuando se llega a ese milagro, cuando la forma y el fondo son una misma cosa, cuando el otro soy yo, y cada uno la primer inocencia, entonces la nada se vuelve un espejo de la totalidad, un aire, la modelación de un relieve vacío, donde cada existencia irá poniendo su fervor y su carne. Y donde puedan aflorar, por ejemplo, las multiesencias de CORNELIO AGRIPPA: "soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, soy mundo, lo cual es una manera de una fatigosa manera de decir que no soy". O bien, expuesto de una manera inversa: Mi ser es pura incertidumbre. Y abarca por ello el arco pleno de las conjeturas. Cada uno puede serlo todo. Un rey, un poeta, un asesino, un óvulo fecundado o un animal que desconoce la muerte. O ser el simple testigo de una lluvia y que eso parezca la felicidad.

Lo visto, en suma, adentro del "aleph", esa pequeña esfera tornasolada donde se guarda el universo que, precisamente por "inconcebible", permanece virgen y dispuesto para todas las concepciones, todos los hallazgos, todas las enervaciones del caos. El sitio que acepta una mentira si se la dice de una manera bella y convincente. Pero no las verdades dipuestas a retroceder. Un sitio donde las patrias y la fama carecen de sentido. Donde las pirámides, los crepúsculos desamorados, la vejez, los sacudones de la tierra, y el peronismo, el fútbol, el Riachuelo, son apenas una náusea efímera.

Lo magno de BORGES es haber situado la literatura en el mismo terreno donde pasa la vida, su continua doblez, sus enfrentamientos incesantes. Porque cada hombre es, por lo menos, dos hombres diferentes. El que busca todos los días lo que ayuda a vivir, y el otro, el que sabe que se está muriendo. El hombre que miente y el hombre que dice la verdad. El que forma parte de la cultura negadora de los mitos y el que no puede vivir sin ellos. El que se oye adulado por todas las cosas que merece y el que piensa que nadie merece lo que no sabe conseguir. El hombre que es un puro juguete del desorden ajeno, y el otro hombre, ese que vuelve a las raíces poéticas de la vida para constituirse a sí mismo. El hombre, en fin, que existe porque come, duerme, se viste y paga sus impuestos, y el otro, el que debe amar, luchar, sufrir, el que debe soñar un mundo del que carece para saber que vive. Y que cualquier día, gracias a BORGES, puede recordar que los otros son uno, pero sabiamente diferentes. Que los ríos de la tierra no están vedados ni son infinitos: se pueden surcar. Que cada laberinto tiene su salida, aunque para hallarla se tenga que beber, como los teucros de Zelea, "el agua negra del Esepo".

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