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| Entrevista a Luis Villalba |
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Ariel Búmbalo |
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¿Cómo fueron tus comienzos como escritor?
- Como cualquier escritor comencé a serlo desde el placer por la lectura. Desde que aprendí a leer, los libros formaron mi vida. En mi niñez, los "Pequeños grandes libros" y cuentos como "El rey cuervo" y "Los tres pelos del diablo". Luego pasé a Verne, Salgari y las historietas. La revista "Hora Cero" que editaba Oesterheld, me fascinó con las grandes historias de hombres comunes y, sobre todo, con "El Eternauta", una de las narraciones más logradas y originales que se han escrito en la Argentina. Ya en la adolescencia, y estimulado por mi viejo, me volví un fanático de la novela policial a la que llegué de la mano de Borges y Bioy Casares, en esa colección maravillosa que fue "El séptimo círculo", con autores como James Caín (El cartero llama dos veces) o Nicholas Blake (La bestia debe morir). La ciencia ficción hizo que me interesara en la Astronomía, la Física y las ciencias en general, y mi tío Alfredo, comunista de la primera hora, me descubrió a los escritores norteamericanos de "la generación maldita": Sinclair Lewis, John Dos Passos y John Steinbeck.
A la poesía llegue tarde. Me la hicieron odiar en el colegio secundario, con "La vaquera de la Finojosa" y tonterías similares. Mis hormonas no se adecuaban a tanta galanura melosa, hasta que alguien puso en mis manos "Poeta en Nueva York" de García Lorca y "Hojas de hierba" de Whitman. La sensualidad encontró su cauce. También para esa época Olga Orozco y Enrique Molina me hicieron engolosinarme con la poesía. Pero el libro que me decidió finalmente a intentar la escritura, fue "El señor Presidente" de Miguel Ángel Asturias. El primer capítulo, con un lenguaje popular latinoamericano que yo desconocía me ayudó a entender que el arte es forma. Que el "cómo" y el "qué" están unidos dialécticamente y… me largué a escribir. Tendría dieciocho años.
Empecé con la poesía, porque me parece que se adecuaba a la lucha oscura entre una educación católica tradicional de la que me estaba desprendiendo y de las exigencias de mi cuerpo en busca de otros cuerpos, en la cama y en las luchas estudiantiles. En ese rumbo que se abrió en mí tuvo una gran influencia Víctor Hugo Cúneo, que vivía a una cuadra de mi casa, en Godoy Cruz. Una amistad que se fortaleció con los años.
- ¿Cuál fue el primer libro que publicaste?
- Mis primeras publicaciones fueron en suplementos literarios. El diario "La Tarde", en la calle España, imprimía un par de hojas dedicadas a la cultura. Salía los sábados y estaba a cargo de Julio "el Negro" Castillo que me brindó su amistad y un espacio con olor a imprenta donde vi, con una emoción única, mi primer poema publicado. El primer libro fue tecleado en una Olivetti de la escribanía de mi viejo, reproducido en varias copias artesanalmente y distribuido por amigos, viajeros y libreros generosos. Se llama "Justificación de la piedra" y comienza con una oda a Patrice Lumumba, el revolucionario africano. Allí ya están mi gusto por la experimentación formal y las tres temáticas recurrentes hasta hoy: los interrogantes por la existencia y las dos tentativas de respuesta: el amor y la política. Es un conjunto de poesías a los que se le ven las hilachas de "La náusea" de Sartre y "El extranjero" de Camus, y los versos del poeta negro norteamericano Langston Hughes. Todavía guardo un ejemplar.
- Has incursionado en la poesía, la narrativa, el cine... ¿Podrías contar algo sobre estas experiencias? ¿Cómo es la relación que tejés entre ellas? ¿Qué las une?
-Mi insaciable curiosidad y mi necesidad de aprender han hecho que mi subjetividad esté cruzada por Miguel Hernández, Galileo, Godard, Marguerite Duras, Bakunin, Marcello Mastroianni, Freud, Miranda July, Carl Sagan, Jean Moreau, Alfredo Palacios, Safo, Hugo Santiago, Lucrecia Martel, Di Benedetto y Esteban Sapir, dentro de una lista extensa y heterogénea formada por muchos que han hecho una aventura del darle formas disímiles y contradictorias a las ideas y a los sentimientos. Con todas mis limitaciones, prejuicios e intolerancias, ha prevalecido en mí aquello de que nada de lo humano me es ajeno. Creo que ahí está la diversión y el sentido. En mí, la narrativa, la poesía y el cine, junto a la ciencia y el pensamiento crítico, aparecen y desaparecen de mi horizonte inmediato, de acuerdo con pulsiones internas y circunstancias con las que tropiezo e intento ejercer la libertad.
Las palabras dicen y ocultan, nombran y simulan, develan y confunden. En ese campo se mueve la poesía y me muevo yo cuando la ejerzo. Las palabras disuelven fantasmas al nombrarlos. Las palabras nunca alcanzan a iluminar salvo cuando se atreven a la oscuridad. ¿Me siento así? Escribo poesía. A la hora de narrar prefiero irme por las ramas, construyo caminos laterales, me voy por la tangente y entonces las palabras son más obedientes. Me adelanto a los subtextos. La anécdota lucha por prevalecer sobre las formas, pero no privilegio ninguna peripecia. Lo que me gusta del cuento y la novela es desarticular los discursos obvios, trillados. Escribir en prosa es una artesanía que fortalece mi paciencia, me enseña a contar hasta diez antes de actuar, de dejarme llevar por los impulsos. El cine es el sonido y la furia. La imagen fuera de campo. Un ojo monstruoso que me mira y me obliga a mirarme. Por supuesto una mirada ajena y en guerra declarada contra la monoforma hollywoodense. Decía un autor que la pretensión norteamericana de que su cine es el lenguaje que hay que aprender para luego desarmarlo -si se quiere, para construir otros-, es tan absurdo como si los esquimales pretendieran universalizar el iglú, y desde esa forma inventar otros hábitat, como un rancho, por ejemplo.Pero los clones se diseminan y se aceptan, se naturalizan. El cine es algo mucho más rico, en él cabe la condición humana en todas sus expresiones. Luz y oscuridad, sonidos y silencios, el cine me atrae sobre todo desde el guión, un artefacto de palabras destinado a desaparecer, pero sin el cual el cine no es posible.
- Has sido también libretista y director de varias fiestas de Vendimia. ¿Podrías contar algo sobre esta experiencia? ¿Cómo la uniste a tu oficio de escritor? ¿Qué es lo que te dejó?
- La Fiesta de la Vendimia me atrae y me rechaza. Me atrae por la alegría colectiva, por la celebración de la naturaleza, por el abandono momentáneo del individualismo. Me rechaza por la falta de libertad de los artistas encorsetados por funcionarios laicos y religiosos. Un caos de los sentidos atrapado en fórmulas sacramentales. También me atrae la resonancia política, la posibilidad de emitir un discurso con llegada amplia en contra del sistema de explotación y enajenación, a través del arte. Rechazo su desarraigo del trabajo en las hileras y su travestismo en "evento turístico". Todas las veces que participé en la Fiesta de la Vendimia, barriales, departamentales, centrales, como guionista o director, revivía la contradicción. Aprendí a diferenciar el arte popular del arte para las masas. Aprendí que el artista puede ser caja de resonancia de los intereses populares que tienen muy poco espacio para expresarse. Aprendí música con Tito Francia, coreografía con Jesús Vera Arenas, escenografía con Gastón Alfaro... Aprendí que todo arte es colectivo porque sin el otro yo no existo. Y todo eso me lleva a saber que no estoy solo con las palabras cuando escribo poesía.
- Atravesaste varios momentos de la cultura mendocina.... ¿Podrías decir algo sobre cada época y hablar sobre del momento actual?
- Podría reformular la pregunta. ¿Qué distancia hay entre la década del ‘50 y la actual? No se trata sólo de comparar los tranvías, la confitería Colón y los quince cines en el Centro, con los miles de automóviles, los locales de comida chatarra e Internet. La cuestión es intentar describir la percepción que de nosotros mismos y de nuestra realidad teníamos los mendocinos y las que tenemos ahora. Y cómo las condiciones materiales ayudaron a configurar esa percepción. Yo tenía quince años en 1955. En aquel momento Mendoza estaba despegando de su condición de aldea. La Universidad Nacional de Cuyo, fundada en 1939, estaba empezando a mostrar sus frutos. Hay que recordar que hasta esa fecha Mendoza no tenía una verdadera librería. Con la UNCuyo llegó la Librería de la Universidad, de los García Santos, libreros por vocación, que permitió el acceso directo a los mejores libros de todas las épocas. Mendoza siempre fue de derecha, aún en el ámbito de los que se llamaban liberales. La vida cotidiana era férreamente controlada desde los distintos ámbitos de poder patriarcal: la familia, la escuela, la iglesia. La Universidad también tuvo esa impronta, pero no se pudo evitar el cambio que su propia presencia engendró. La censura explícita o implícita formaba parte de la vida cotidiana en todos sus aspectos. Por ejemplo, la subordinación de las mujeres estaba naturalizada y no se discutía. Aunque hubo algunos cambios en el arte, aportados desde la Universidad o desde experiencias como Film Andes. El peronismo en Mendoza presentó también su rostro conservador. Las transformaciones económicas y sociales no se reflejaron en las tradiciones culturales. Los años sesenta marcaron un cambio en el mundo y también en Mendoza. Del tango al rock, de los vestidos recatados a la minifalda, de Hollywood a la Nouvelle Vague, de la poesía obediente y retórica de los ‘50 al lenguaje cotidiano en un solo salto. Seguía habiendo censura pero había resistencia. El crecimiento industrial aggiornó el arte en sus distintas expresiones. Apareció la televisión que transmitía obras del mejor teatro en vivo. Detrás de las cámaras estaba la sabiduría que extrañaremos del "Papi" Stocco. Los militares iban y venían y los ciudadanos miraban el desfile. ¿Y la acción oficial en materia cultural? Como siempre, como antes, como ahora, no había ni hay una política coherente. Todo depende de las habilidades y debilidades de los funcionarios de turno. Mendoza cree que la cultura es un florero. La casa se ve más linda cuando está, pero no es esencial para vivir. Esencial es el orden, la economía burguesa, las veredas relucientes, el respeto por las instituciones… Se ha construido un mito con los famosos años sesenta. Hubo algunos cambios que luego, con otros vientos, se perdieron. Y siempre las dictaduras cívico-militares y las políticas económicas liberales y los espasmos a favor de la cultura, o en su contra. Las persecuciones a los artistas e intelectuales en la década del ‘70 dejaron un vacío que ha quedado sin llenar. La destrucción de todos los lazos sociales que empezó con la última dictadura y culminó con el peronismo y sus cómplices de variada laya en la década del ‘90, empobreció de tal manera a nuestra cultura que a veces no se la reconoce. ¿Hoy? Hoy la cultura y sus obras forman parte del mercado. Entre los negociados, las traiciones y el desinterés público, no queda otra que seguir remando. Y a pensar a largo plazo.
- ¿Es lícito hablar de una "literatura mendocina"?
- Es una pregunta difícil de contestar, porque todo depende del significado que se le dé al término "literatura mendocina". Pienso que se suele decir que la "literatura argentina" se inicia con el Facundo, afirmación que surge de una serie de postulados al menos discutibles. Desde mi punto de vista no especializado en estudios literarios, es una cuestión a la que no le encuentro una utilidad especial a la hora de favorecer la escritura de buenas obras literarias escritas en Mendoza. Me suena como a discutir, desde mi ignorancia posiblemente, sobre el sexo de los ángeles. Ahora recuerdo que Angélica Gorodischer reniega cuando la catalogan como "escritora rosarina" por el hecho de vivir hace 40 años en Rosario, pero que le da una connotación regionalista que no se encuentra en la literatura de la autora. En Mendoza hubo y hay buenos y malos escritores. El punto de discusión sería si esos escritores son talentos aislados o han permitido la creación de escuelas o estilos representativos de las distintas épocas. Y, desde una óptica marxista, si esa literatura tiene una conexión con las relaciones de trabajo existentes en Mendoza. Se podría afirmar que la obra de Draghi Lucero, es literatura mendocina. Pero, entonces, ¿adónde metemos a "Zama" de Di Benedetto?
- ¿Cómo es de difícil ser escritor en Mendoza?
- Cuando a veces confieso, casi avergonzado, que mi profesión es la de escritor, suelen preguntarme: "Pero, ¿y de qué trabaja?" Salvo esa herida narcicística, y dejando de lado las épocas de dictaduras cuando simplemente era difícil vivir, pocas veces he sentido que esas miradas peyorativas me hayan ocasionado algún perjuicio. Tal vez, porque a la hora de escribir, yo imagino un lector más allá del Arco del Desaguadero, que no excluye al lector mendocino, pero lo pone en perspectiva. Como escritor, yo quiero que mi obra sea leída, aunque no necesariamente por mis vecinos. Hay otras cuestiones que tienen que ver no directamente con el hecho de escribir, sino con el de publicar. Ahí aparece claramente la ausencia de editoriales en nuestro ámbito, si por tal cosa se entiende un fondo editorial, un estilo en las colecciones, el financiamiento de la impresión y la distribución posterior, al menos en las principales ciudades del país y capitales de provincias. Suelo conversar con escritores jóvenes que concurren a mi taller, o leo a veces sus manifestaciones en los diarios, donde constituyen grupos cuya principal preocupación parece ser la imposibilidad de publicar. Para mí esta es una preocupación infiltrada desde la ideología del mercado. Escribir literatura ¿qué es? ¿Una necesidad anclada en el sinsentido de la vida y que se levanta como una barrera ontológica para hacer más soportable la vida? ¿O es una forma de autosatisfacción que se complace con facilidad cuando toma forma de libro? Seguramente, las preguntas pueden mezclarse y hacerse otras de variada índole, pero de lo que estoy seguro es que lo primero es concentrarse en la escritura de un buen libro que merezca lectores. El resto, ya se verá. Pero si alguien deja de escribir, por no saber si será publicado, es bueno que deje de escribir. |
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