Memoria Gráfica / Narrativa 

Envidia el viento a los difuntos
Autor: Raúl Silanes
Editorial: -
Detalle:
Otra joya de Raúl Silanes. Un largo canto sobre la infinitud, la desmesura, lo fantástico, naciendo desde la dureza y austeridad del páramo. Cuando sobre la tierra imperan los vacíos, la soledad, la pobreza, y los pueblos se achican, y el viento castiga impiadoso todo lo que busca nacer, la verdad no es dada por los ojos ni por la razón. Las palabras son bienvenidas aunque provengan de los muertos y la culpa. Y el relato cuenta lo imaginario, lo supuesto, la hojarasca, el óxido, los ecos, con tanta exuberancia como si fueran las horas extasiadas de una tierra pródiga. Esta alquimia de transformar la sequedad en fruto, el silencio en sonido, lo despoblado en multitud, sólo puede ser resuelto por la poesía.
Es lo que hace Silanes: la novela de un poeta. Y si el autor mendocino nunca se allanó a la comodidad de ofrecer lo que las mayorías aceptan, las convenciones que evitan el riesgo y el conflicto, en esta novela lo hace todavía en un grado más alto, resolviendo con maestría una concepción atrevida y difícil, con el solo recurso de la palabra poética, descartando el facilismo de la trama lineal y el suspenso de los desenlaces inciertos.
“El viento envidia..” admite distintas formas de lectura. La primera es la clásica, de corrido, desde la página 11 hasta la 291, siguiendo, con detenimiento, una historia esencial quebrada por infinidad de citas accesorias, a veces tan intensas, que parecen desplazar el eje y dejarlo librado a la gracia del viento o el trabajo, inevitable, de la memoria. Un suceso, el asesinato de Nístor Buenaventura, a quien todos reconocen como “el cantor”, y de cuya muerte los vecinos dudan, aún habiendo visto su cadáver despellejado, su guitarra quebrada, la liturgia de su entierro público, es la esencia del juego. Pero el cantor no era un hombre, era una Idea. Y entonces volverá, como visitante de las mujeres trasnochadas, como lamento de una canción inconclusa, como simple reflejo de un milagro, cada vez que se lo quiera muerto.
Las historias contiguas no expresan las tensiones frecuentes de la narrativa moderna, como los espirales de la droga, los matrimonios enfermos, la violencia de las pandillas bárbaras o el sexo por el sexo hasta las cumbres de la pura lujuria. En este caso, los sucesos menores son inéditos, sorprendentes, y a veces, tan ostensiblemente afuera de “lo real”, que imponen un estado de asociación y de alerta entre los nervios del sentido. Inverosímiles, como un viejo de noventa y ocho años, casto, que ha formulado la promesa de llegar en ese estado hasta los cien, para lograr el fin de la sequía, y que las aguas vuelvan a llenar las lagunas. Laguneros antiguos que por huelgas en el cementerio llevan los muertos a sus casas. Casas que tienen tantas biblias como mujeres. Mujeres que al volverse calvas son tatuadas en la cabeza por una familia que vive de sus delaciones y goza con la tortura de los hombres. Hombres que sobreviven comiendo raíces de carqueja, y una saga de huérfanos suicidas, nacidos con patitas de perro pero que lloran como niños. Un niño enamorado de una futura presidenta viuda, con la que sueña dormido o despierto. Despertares de radio clandestina, operada por un locutor llamado Pajarrito. Pájaros que soportan el óxido; iguanas y basiliscos que dan su belleza al chatarral, como años atrás, cuando los reptiles dominaban la tierra. Inverosímiles, sí. Y sin embargo, transmutados, por la potencia mágica de la poesía, en pesares de la injusticia, expresiones de fe o sucesos propios del desierto, de los que nadie duda.
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Otra lectura posible son las páginas sueltas, cualquier página. En cada renglón hay un suceso, alguien que realiza una acción, en armonía con el gran duelo de las murallas y sus grietas, del secadal y el agua, de la inocencia y los castigos, de la fábrica de papel y las máquinas de tortura, de la esperanza y las derrotas. En ese caso el libro no se lee, se come de a pedazos. Se saborea cada metáfora, cada hallazgo de una pulpa mínima que contiene todo, y por eso permite suponerlo todo; entender un árbol por sus hojas o perderse en su verdor unánime. Y ser, al fin de cuentas, cada uno que lee, quien indaga en el viento su envidia natural, su ley de flores muertas y de polvo.
La envidia del viento tal vez consista en su imposible, no dejar raíz. El viento pasa; puede destruir todo, como una banda de represores armados, como los mercenarios que se recrean desde la delación y la miseria, pero pasa. La canción, aún inconclusa, guardada en el preludio de una voz más clara y armoniosa, más plural, es perpetua. No en vano los hechos se suceden en el pueblo de Resurrección. Allí todos regresan de la muerte porque las manos son de agua, los pasos son de arena, y no hay otro tiempo que la eternidad. Se yergue inalterable, en estado de vigilia perpetua, la bella esposa del cantor. Luchan, son abatidos y renacen, sus hijos, la prole inmensa de quienes pecan sin saber qué cosa es el pecado, la niña que incomoda por su olor a membrillo, la nube de moscas que asfixia y mata a los mercenarios del mal.
Ahondar en lo simbólico, esa variación lúdica que convierte a cada lector en un fabulador, un adivino o un cómplice, es otra forma posible de lectura. ¿Justina Fernández, la viuda del cantor, es Cristina Fernández? ¿Nístor, el esposo muerto, ese que cantaba canciones prohibidas, es Néstor? ¿Aníbal Cuadros es Aníbal Cuadros? O al revés: ¿Quién sería el jefe de los represores armados? ¿Quiénes prohibieron, por decreto, la palabra “despierta”?
En ningún caso, cualquiera sea la forma de lectura, se revela un final. Se trata de un libro de diversos principios, donde la forma es una parte de su contenido. La forma, a veces dura, elíptica, impiadosa, es la montaña que debe atravesarse para observar, como regalo, la inmensidad de los días y las cosas. Una vez aceptada, ya no quedan distancias inabarcables ni canciones que tiemblen hasta su extinción. Todo lo narrado puede verse y se puede sentir, revestido con la majestad de la palabra nueva, esa que se muele a sí misma para darle a cada pensamiento un rostro cotidiano, una sombra de belleza infinita.
(José Luis Menéndez)
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