Narrativa / Antonio Di Benedetto 

A. DI BENEDETTO: DE 'ZAMA' A 'SOMBRAS', NADA MáS

El tema del exilio

por Ana Villalba
Los valores que brindó a la cultura mendocina, hace tiempo que traspasaron sus fronteras, muchos años antes que lo hiciera obligado por una expatriación compulsiva. A su regreso, en 1984, trae tres obras del exilio: "Absurdos", "Cuentos del exilio" y "Sombras, nada más...". Centenares de páginas logradas durante un largo y atormentado insomnio. Allí dejó las rememoraciones de lo que constituyó su pasado gentilicio: paisaje, gentes y cosas de su terrón cuyano. Pero también sus demoradas experiencias en tierras ajenas y sobre todo su intento, no logrado enteramente, de aclimatación a culturas que resonaban en su sangre por herencia. De todos modos, cuando se habla de Antonio Di Benedetto basta pensar en "Zama". Desde hace tiempo nos permitimos arriesgar sin grandes riesgos que del nudo umbilical de Zama (1956) se nutrieron casi todas sus creaciones posteriores. No hay un antes ni un después taxativo, no se obstruyeron los vasos comunicantes de la narratividad para nuestro escritor. No hay etapas, no hay desarrollos temáticos nuevos, solo exhibe la pericia que ya le conocimos en el manejo de nuevas estructuras o procedimientos retóricos que él mismo calificó de EXPERIMENTALES (El Pentágono, El abandono y la pasividad). Darío Puccini, catedrático de la Universidad de Roma, habla del DOBLE EXILIO benedettiano refiriéndose al estilo de sus cuentos de 1983, en Madrid.

En sus Palabras al Lector, Di Benedetto trata de justificar el título y corroborar las del crítico italiano sobre el doble exilio:

" 'Cuando fui arrancado de emi lugar, de mi familia, mi trabajo, los amigos y, luego, al pasar a tierras lejanas y ajenas'. Las situaciones limites que padeció su persona, no indujeron al narrador a adoptar otras máscaras y otro lenguaje. Como él mismo dice: no pueden haber sido escritos sino por un exiliado."

Pero sus lectores de antiguo, advertimos que las motivaciones esenciales, profundas, son antes y después las mismas: ese cuestionamiento del "otro", del prójimo, parte de su propio cuestionamiento: el hombre, sumergido en un sistema injusto, braceando contra la incomprensión, la soledad y la desubicación. Nada nuevo que el lector memorioso no haya detectado especialmente a través de "Zama" y "El silenciero", la inoperancia de la lucidez humana ante la enmarañada red destancias que lo entrapan.

Hemos elegido su primera y última novela y un cuento, con la intención de ofrecer tres estaciones en la trayectoria de un narrador que responde al modelo de un diseño dinámico en las creaciones de la totalidad de su obra. Nos referimos a "Zama", "Aballay" y "Sombras nada más..".

"Zama" es la gran novela latinoamericana que el boom de los años ?60 hizo relegar a un plano secundario. Pasado el gran momento de la nueva novela latinoamericana, mientras Gabriel García Márquez y Vargas Llosa, por ejemplo, se repiten, de este lado de la cordillera, al oeste, debiera recomenzar la relectura de obras como ésta, donde se revelan los principios de esa imbricación, de esa convergencia de culturas de que habla Octavio Paz, cuando se refiere al replanteo que dará nacimiento, entre nosotros, a la verdadera literatura contemporánea.

Su autor confiesa: "Con este libro había hallado la veta de un estilo que jamás pude recuperar. No creo que pueda escribir alguna vez algo semejante a Zama." (entrevista de Armando Almada Roche para "Clarín Cultura", Buenos Aires, 16 de octubre de 1986).

Y responde respecto a sus otros libros: "Son repeticiones, ejercicios en busca de un trabajo mayor. Estoy de acuerdo con eso de que se escribe un solo libro y que los que vienen luego no son más que redundancias."

La fecundidad de nuestro autor unida a la calidad excepcional de su oficio y su irrenunciable curiosidad por experimentar las más depuradas técnicas de la narrativa contemporánea, merecen un demorado estudio. Existe ya una buena bibliografía de aspectos parciales de sus libros. Haremos aquí solo otro aporte parcial refiriéndonos a esa parábola que todo lector reflexivo podrá descubrir desde "Zama" a su última novela "Sombras, nada más...". Se habla de una preocupación constante en la indagación del hombre interior. Aún en sus Cuentos de animales , donde la ternura juega junto a la ferocidad., es evidente esa preocupación.

En cuanto a las posibles claves de sus ficciones, él mismo sugirió: "Resuelva de una o más maneras, igual o distinto a mí, quien me lea. Que el libro no termine con la lectura de la letra, que lo mío sea un estímulo de aptitudes creadoras de los otros y, a su merced, vaya más lejos de donde yo pude llevarlo." ( Mundo animal, Buenos Aires. Cía Fabril Ed.. 1971)

En ese mismo prólogo declara su intención de: "...poner al lector en el juego de la literatura más evolucionada para incitarlo, mediante la imaginación, a una profunda reflexión sobre la perfectilidad del ser."

"Zama" es la extraordinaria historia de la dilatada y cruel espera de la que es víctima su protagonista, mientras va gestándose un lento proceso de desintegración de la persona humana. En "Zama" la heroicidad es una investidura provisoria pero necesaria, para enmascarar la convicción de que todo español abandonado a su suerte en estas tierras alejadas de los intereses cortesanos, debía inventarse una pequeña gesta heroica para sobrevivir. Y lo que es más, una oportunidad propicia para reencontrarse con quien fue y procurar su salvación como hombre.

Su protagonista es uno de los tantos aventureros con título que llegaron a América, pero no para quedarse. La novela, de estructura tradicional, más que en capítulos secuenciales, se desarrolla en tres etapas cronológicas: 1790, 1794 y 1799. Por indicios geográficos, fauna y flora, se trata de Asunción del Paraguay, pero lo importante, creemos, no es el acontecer histórico, sino la metáfora que elabora la historia. A pesar de la existencia real del personaje (don Diego de Zamalloa) este Diego de Zama es una creación suya.

En declaraciones a Gunther Lorenz (Valparaíso, Dialogo con América Latina, 1972) dice: "... prescindí del Paraguay histórico, prescindí de la historia; mi novela no es histórica, nunca quiso serlo. Me despreocupé de cualquier tacha de anacronismo, imprecisión o malversación de datos reales. Me puse a reconstruir una América medio mágica desde dentro del héroe."

Noé Jitrik ( La nueva promoción, Mendoza. Cuadernos de Versión, 1959) afirma: "Así, aunque 'Zama' de Antonio Di Benedetto transcurra en 1790 es una novela actual, perfectamente insertada en su lenguaje en las profundas marcas de nuestro tiempo. Di Benedetto ha encarnado en Diego de Zama una actitud más contemporánea que su personaje, la de los americanos que, por imaginarse en Europa, realizan mal la vida en América y desdeñan formular el proyecto americano en construcción."

Este funcionario de la gobernación colonial, lejos de su esposa e hijos, sufre su soledad sólo mitigada por la esperanza de un traslado o un ascenso. Pero la espera es interminable, la paga no llega, su deterioro físico acompaña al deterioro moral ? como sucederá al conmovedor Coronel de García Márquez ? y en el descenso aprende la soledad de los caídos. La tercera parte de la novela (1799) es una pequeña epopeya americana, en la que aparecen pueblos indígenas marginados y rebeldes a la dominación española. Es en este final donde intenta una especie de redención, por sí y de todas las culpas heredadas por la humanidad.

En Zama se advierten dos niveles temporales: uno aparentemente histórico, objetivo, el transcurso de siete años de vida del protagonista; otro subjetivo, en el que se mueve la conciencia de Zama, quien intenta, después de haber sufrido todas las caídas, redimirse trascendiendo un holocausto final. El periplo de su espera y padecimientos se sucede en las tres etapas citadas, a las cuales corresponden tres centros de interés: la sexualidad reprimida, pero no vencida, las peripecias para subsistir materialmente y la auto exigencia de una rehabilitación ante la corona española y su mujer. En el trasfondo de estas reales postergaciones, trasparecen otras más profundas: asistimos - como en otras creaciones benedittianas ? a un despegue gradual o despojamiento de lo carnal, (cosas, deseos, personas) para adentrarse en la desnudez del ser. Una renuncia ascética al mundo para posibilitar su accesis, conciencia atemporal, zona de fricción con lo trascendente. Este doble transcurrir del tiempo se manifiesta al lector por medio de un lenguaje simbólico. Se señalan los más notables por su concurrencia: El Niño Rubio, El Mono, el Pez, el Agua. El símbolo clave de la novela es el Niño Rubio: su aparición significa un llamado al despertar de la conciencia. Es reencuentro con la pureza perdida. Externamente alude también a una discriminación racial. Símbolo patético, reiterativo, que aparece en momentos de gran tensión.

El símbolo del Pez se identifica con Zama, rechazado como él por las aguas: "Dijo que hay un pez en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono en vaivén dentro de ellas, aún de un modo más penoso, por que está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo de líquido que quiere arrojarlo a la tierra" (alusión a Zama).

Otros elementos aparecen en los sueños del protagonista, como la mujer de rosa que se esfuma al despertar o la arquitectura laberíntica de la casa de dos puertas y ventanas, sin techo como la de Asterión, el Minotauro borgeano. La casa de Ignacio Soledo, de cuartos aislados que miran a un patio que lo atrae mágicamente ("el patio llamaba, llamaba..."). El patio ? centro de este espacio donde aparece la joven de rosa ? pero también simbólicamente el centro cósmico y el punto donde para él ha comenzado el descenso ad inferos. El descenso real se manifiesta durante las dos primeras etapas, cuando concretamente: 1) vende su caballo; 2) entrega canallescamente a su hijo y a la mujer con la cual lo engendró; 3) deseo de olvidar su pasado ("El pasado era un cuadernillo de notas que se me extravió"). Este proceso de despojamiento supone a la vez su introversión, un deseo de purificación espiritual, a través del ayuno, la abstinencia sexual y la pobreza. Esta sería la interpretación profunda del texto.

En cuanto al lenguaje, Di Benedetto ha realizado un portentoso trabajo de adecuación al castellano actual. Aunque usa términos y giros de sabor arcaico, renuncia a los vocablos corrientes del siglo XVIII, sin ninguna clase de concesiones lingüísticas. Como rasgo estilístico importante señalamos el deliberado ritmo que imprime en cada etapa de discurso. La primera, extensa como una suma de las otras dos. Despliega un ritmo moroso de párrafos largos; la segunda algo menos distendida y la última (1799) va acelerándose con un ritmo entrecortado, con una distribución de las unidades sintácticas que se acercan a las unidades poemáticas.

El sol era un perro de lengua caliente y seca / que se lamía, me lamía, hasta despertarme. / Quise dolerme, no pude. / No sabía cuáles eran. No los conocía. / Los vi mal, de noche. / Consideré que tendríamos que darle sepultura. / Quedarían allí, al pie del cerro, con una cruz y piedra / encima. / El viento volaría la cruz. / Alguien después sacaría la piedra. / Tierra lisa. / Nadie. / Nada. / Me sacudí sin moverme. / No podía ser. Eso no podía ser para mí. / Era preciso regresar, no exponerse más. / Abandonar la búsqueda.

Cumple su destino de soledad el Hombre-Zama, anticipando desde el comienzo lo que presintieron acaso aquellos que se lanzaron a conquista de este continente: "Yo, en medio de toda la tierra de un Continente que para mi resultaba invisible, pero que sentía en torno como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América sino para mí, pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores."

El texto que a continuación se transcribe, contiene condensadamente los núcleos semánticos o de significación profunda a los que hemos hecho mención en esta breve interpretación de Zama.

Antes del primer tajo, me sopló al oído: "Hunde los muño- / nes en la ceniza del fogón. Si no te desangrás, si te en ? / cuentra un indio, sobrevivirás". / Alguien me dijo: / -¿Quieres vivir? / Alguien me preguntaba si deseaba vivir. / Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. / Era, también, que había llegado el indio. / Podía, pues, no morir. No morir aún. / Me desagarré la ropa. / Después sentí la intensa presión del torniquete en los brazos y / supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre. / Tal vez dormiré, tal vez no. Volvía de la nada. / Quise reconstruir el mundo. / Despegué los párpados tan pesadamente como si / elaborara el alba. /Él me contemplaba. / No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ro- / pas, todavía no mayor de doce años. / Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de / nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz recuperada, / y le dije a través de una sonrisa de padre: / -No has crecido... / A su vez con irreductible tristeza, él me dijo: / Tú tampoco.



"ABALLAY"

De "Absurdos", libro de cuentos publicados en el exilio (Barcelona, Edit. Pomaire S.A., 1978) elegimos "Aballay". Este cuento que suponemos gestado antes de su destierro, como símbolo de la autodestrucción de un hombre por la plena asunción de una culpa, ya estaba prefigurado en Zama. Un cambio de destino, un proceso que arranca en el cuento, de la interpretación literal de la parábola evangélica, y la elección de un derrotero que lo conducirá hacia allá... como él mismo dice.

El motivo del viaje como procedimiento narrativo, adopta como en las tradicionales versiones, dos itinerarios: hacia cualquier lugar o a ninguna parte y hacia adentro, hacia la interioridad del ser. Este último comienza con un proceso en ensimismamiento, de paulatino despojo de los atributos materiales, para alivianarse el ánima. Esta penitencia convierte a Aballay, gaucho pendenciero con una mancha estigmática encima, en un santón. ("Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fácil de descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a Aballay le nacen famas."). La homologación de la vida de los estilitas o ermitaños para recorrer la vía penitencial, adquiere por momentos gran condensación emotiva, alta temperatura lírica. La coherencia del relato que se despliega como "Zama" en dos planos, el físico y el ontológico, no se ve enturbiada por las ensoñaciones. Los sueños, no sólo cumplen una función estética sino dilucidadora y se alternan ofreciendo los dos estados naturales de la vida: el sueño y la vigilia. A veces entremezclando la realidad con la ensoñación, pues es evidente que Aballay sueña despierto. El aura mítica que envuelve el relato se enrarece de temporalidad al ofrecer la peripecia insospechada, pero previsible en todo destino trágico, de un final dramático. Una especie de parodia de duelo criollo, con la aparición del Vengador, hijo de la víctima, cuyo crimen , en nombre de todos los demás crímenes, espera expiar Aballay. Y aquí acude la memoria de otro texto, "El Fin", de Borges, de igual motivación. Aquí también a la distancia en otro tiempo y lugar, un escenario que el autor trata de fijar en el recuerdo, con estacadas indiciales, de su presencia en una comarca que le es familiar, con desarrollos actanciales, que rememoran usos y modos de un pasado nuestro, evitando los riesgos arqueológicos de una ficción que transcurre en otro tiempo, según palabras de J.L. Borges después de la lectura que le hiciera María Kodama años atrás en Madrid (carta de J.L. Borges).

En efecto, el tiempo no cuenta allí para la instalación cronológica de los hechos, porque el autor centra su atención más en las referencias y ensoñaciones del personaje, siempre lúcidas, que le confieren una atemporalidad o la ubican en un estar metafísico.

El significado último del cuento nos enfrenta otra vez con el tema de la culpa y expiación, culpa y penitencia, eje de la temática benedettiana. Viejo dilema en el cual se debate la criatura mortal entre el bien y el mal que palpita desde sus primeros cuentos hasta su última novela. El protagonista de "El silenciero", por ejemplo, y Besarión, son uno, Zama en cierto modo es el arranque del conflicto, Aballay su versión vernácula y Emanuel (de "Sombras, nada más...") su culminación. Personajes que aunque de distinta naturaleza encarnan búsquedas idénticas.



"SOMBRAS, NADA MÁS..."

La última novela de Antonio Di Benedetto aparece en Madrid en 1984 (Alianza Edit.) y en Buenos Aires en abril de 1985. El libro fue gestado en distintos tiempos y lugares. Comenzada en 1982 en New Hampshire, continuada en Madrid y Guatemala. Aunque elaborada en un periodo crítico de su vida, contaba de antemano con una rica reserva de recuerdos de su pasado mendocino. Para sus coterráneos, el libro contiene un gran porcentaje de materia autobiográfica con experiencias más recientes, trasliteradas con un tono irónico a veces y no pocos rasgos de la buena parodia.

"Sombras, nada más..." o "Sombras, vagamente sueños", como pudo haber sido titulada, está construida con los materiales del tiempo real o durable, y del tiempo de la ensoñación, imprevisible y sin medida. Una buena versión para confirmar la hipótesis borgeana del tiempo ilusorio de la realidad.

Su vana apariencia y la consistencia de los sueños despiertos en la imaginación creadora. Los sueños, las fugas al pasado y su incursión en la actividad psíquica del inconsciente, sin abusos y deformaciones, son recursos hábilmente manejados por nuestro narrador.

Según su propia confesión, Sombras... son los fantasmas del pasado, la figura desdibujada del padre que regresa, la de los otros familiares, la de quienes lo iniciaron en el periodismo, las del amor de su adolescencia. Pero esas sombras ? desde los sueños, sus delirios oníricos ? reactivan su conciencia vigilante y motivan otros sueños, sueños transmisibles, a veces catastróficos, soñar despierto al decir de G. Bachélard.

Esa conciencia torturada se instala en Maldoror, aunque solo sea otra versión del doble, Maldoror se nos antoja de un modo de ser del OTRO, aquél que decide por los dos en la cruel encrucijada del ACÁ y Él MÁS ALLÁ. Maldoror pone un tono exacerbado en la voz del narrador. No es casual que su nombre remita al violento personaje de los "Cantos" del conde de Lautréamont. Su creación así como la de Leoncio Leonardo dentro de la novela, se diferencia de los otros personajes que se mueven alrededor de Emanuel. Este protagonista encarna a un periodista escritor. En su despiadada biografía podemos reconocer al héroe lastrado del culpas propias y ajenas, viciado de una moral decadente, de una ética acomodaticia, agónico pero no vencido, versión épico?lírica de nuestra contemporaneidad.

El autor nos lo muestra existiendo y viéndose vivir. Por su condición de sobreviviente ante los escollos que le ofrece la vida, es que rechazamos el rótulo de anti ? héroe, de las caracterizaciones tradicionales, al igual que Zama. Así creemos que concibe Di Benedetto a Maldoror?Emanuel y al Leoncio Leonardo?Emanuel, tal como lo hiciera con Besarión en "El Silenciero", su novela más lograda después de "Zama". Este tipo de personajes le permiten reflexionar sobre el proceso de sus novelas. Incluso lo hace explícitamente cuando apela al lector, ya para implicarlo en la veracidad de su historia, ya para revelarle los resortes de su quehacer literario.

Así, al evocar su iniciación sentimental al periodismo dirá: "... en la comarca profunda donde, en el transcurso de esta historia que le estoy contando, señor, vivió y sucumbió mi familia, donde tuve y perdí posición, bienes materiales y casi me quitaron la vida...", alusión inequívoca al despojo de su libertad y su cautiverio antes y después del exilio. Y más adelante, siempre dirigiéndose al lector: "...señor, yo no querría enredarlo en estas situaciones de mi historia; sí, pase con el libro, ya que lo tiene en sus manos, no con mis fantasmas... "

El vaivén temporal (presente?pasado próximo y lejano, presente puntual) rompe la rigidez lineal de la narración, adopta la reversibilidad del tiempo en la memoria, revela su dimensión interior en los personajes, al ser concebido sobre la dimensión cronológica como tiempo interior y dramático.

Estos juegos con el tiempo son recurso del arte cinematográfico que tanto lo apasionaba. Ese montaje de los fragmentos narrativos le permite las evocaciones súbitas, sin solución de continuidad en la secuencia narrativa.

No sólo tal como ocurre en los sueños, sino en la vida de todo soñador despierto. Ni falta de coherencia, ni fragmentarismo inconexo con respecto a su estructura. La apoyatura que su legibilidad sin trabas le dan: 1) el saber o recordar con qué materiales trabaja su autor; 2) el lenguaje en un nivel nuestro de la lengua expresiva logrado con felicidad; 3) su probado oficio de narrador.

Cuando el lector al abrir el libro se enfrenta con frases como: Claves, Cronología y método y Dudas confesables, puede pensar que se aventura a transitar por un andamiaje mandálico a semejanza de la seriamente lúdica novela de Cortázar. Nada de esto. Desde el título hasta el final que no supone epílogo, ya que se trata de una obra abierta, el autor ovilla la madeja de los días de un hombre, se encarga de enredar y desenreda los hilos de una trama, en anverso y reverso, y nos envuelve en la fascinación de un fluido narrar, sin alardes tecnicistas, ni sobrecargas simbólicas o metafísicas. Quizás la tensión que sostiene su lectura resida justamente en esta declaración suya: "El pensamiento que guía esta nueva obra es la inexistencia de un programa previo. Su argumento ? si es que lo tiene ? es que me volví muy soñador. "

Los sueños ? nos dijo en cierta ocasión ? me permitieron sobrevivir y continuar mi vocación de escritor, levantando con ellos un muro de contención frente a la dura realidad que me embestía durante el destierro.

Hoy lo evocamos transitando nuestras calles con el andar pausado, refugiado su mirar tras los gruesos lentes, ensimismado, ensayando ya el ejercicio de ese soñar despierto. Desde su jefatura en el periódico local, en el severo juicio de sus reportajes, en la seriedad de su cátedra en el Escuela Superior de Periodismo, donde se forjó nuestra amistad, en el encuentro de aquella tarde fría en Madrid, en las lágrimas incontrolables ante ese correo de su tierra natal, y el abrazo de la bienvenida en 1984, diciendo, sorprendido, que al menos los árboles siguen todavía de pie.

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