Narrativa / Iverna Codina 

El Ánima del Socavón

por Iverna Codina
Dicen que en la mina vieja, a la salida del pueblo, penan ánimas. Que de noche se oyen lamentos... que hace muchos años, cuando se trabajaba la mina, una mujer trajo la desgracia porque entró al socavón, porfiado por el amor de un barretero.
- Dicen, puros decires. Y vos. ¿ creís en las ánimas ?
- Yo no creo. Pero que las hay, las hay.
Eso había comentado la otra noche en la rueda de boliche el Rosendo
Guzmán con el Feliciano Ponce, su compadre. Y él - Rosendo Guzmán ? se le había reído en la cara. Se reía ahora mientras bajaba de su rancho a matar la tarde del domingo, recordando que la Elvira ? aunque mujer del gendarme Páez ? era muy querendona y allí, justamente en el socavón en la mina vieja, él le había conocido sus ternuras y habilidades. De eso hacía varios meses, porque la Elvira no sabía ser mujer de un solo amor. Sin saber por qué, o como queriéndose arrimar un poco más al calor del recuerdo, el Rosendo rumbeó por la orilla del arroyo que pasaba frente al socavón. Distraído iba hilvanando un silbidito que le manoteaba el viento, cuando una pollera roja lo provocó desde la barranca.- ¡ Bien haiga mi suerte, si es la Elvira, y me hace señas !
Se tiro casi del caballo para seguir a la mujer que trepaba la cuesta hacia el socavón. La alcanzó justo a la entrada de la mina. Una sonrisa le jugueteaba extraña en la boca provocativa y como una luz fría le chispeaba en los ojos apizarrados. Se enfrentaron sin palabras, sin moverse, por un instante que pareció larguísimo. Por fin, el Rosendo avanzó decidido y ella se le echó en los brazos. Él la apretó ansioso arrastrándola hacia la sombra cómplice del túnel.
- ¡ No, aquí no! Vení esta noche a mi casa. A las doce, estoy sola. Es el
rancho blanqueado después del baldío.
Y se escapó de los brazos del Rosendo con una risita ahueca. Cambio tan intempestivo, puesto que ella misma ? era evidente ? lo había salido a encontrar, dejó al hombre desconcertado. La vio bajar la barranca corriendo. El viento le arrebató las polleras y por un momento sus piernas blancas, redondas, se mostraron incitantes. Por que la Elvira era blanca, rubia casi, se la había traído de la ciudad el gendarme Páez. Un último gesto de adiós con la mano al perderse en el recodo y otra vez esa risa hueca, destemplada. Un vacío helado se le metió en el cuerpo al Rosendo. De pronto se sintió parado, solo, en el centro de un vacío total. Ni un pájaro, ni un ladrido lejano que le abriera un boquetito al silencio. Si hasta el arroyo le pareció que corriera mudo y que el viento se había detenido. Sentía la boca seca. Cosas del trago a lo mejor, la fiesta había estado linda ese sábado en lo de su comadre. - Y bueno, esta noche será ? se resignó. Montó su overo y siguió camino enredado en torpes cavilaciones.
Entró en el pueblo y en lugar de arrimarse por el boliche se fue hasta lo de su compadre Ponce. Entre charla y mate acortó el rato. Y luego se despidió para consumir en el boliche de don Altavista las dos horas largas que aún lo separaban de la Elvira.
Cuando calculó la media noche se encaminó al rancho de la Elvira según las señas que ella le diera.
La noche era oscura. Mejor ? pensó ? buscando las sombras por la calle larga y terrosa. El viento que desde el anochecer comenzara a soplar con fuerza, lo golpeaba en la cara con ese olor a monte, a polen nuevo, que se le metía en los pulmones y le bullía en la sangre. Por el baldío le salieron ladrando desgaritados, unos perros. Largo ladraron los malditos como para poner en guardia a cualquiera. El rancho recién blanqueado se asomaba clarito en la sombra. Pero ni un luz se filtraba desde adentro. Se acercó cauteloso y golpeó la puerta. No hubo respuesta. Insistió. Nada. Si era una broma no le veía la gracia. Y si quería hacerse desear había elegido mal momento. Se arrimó a la ventana y golpeó fuerte. Ni la menor respuesta. Despechado, rabioso, ardiéndole la mordedura del deseo, dio un puñetazo tan violento, que la ventana cedió de golpe.
Instantáneamente supo que no había nadie adentro. Lo supo por el olor que le golpeó la cara. Olor tibio, pegajoso como el de... ¡ No! ¡ Qué diablos, si no estaba loco ni borracho!
- ¡Hija de una gran perra, hacerme pasada tan fiera! ¡ Si es como para romperle la risa a guascasos!
Los perros aullaban largo por el baldío cuando pasó de vuelta al boliche de don Altavista. Arrimado al mostrador, suavecito, como por pura curiosidad, le hizo la pregunta:
- Dígame, don Altavista, ¿ qué es de la Elvira?
El bolichero lo miró desde un asombro hecho interrogante:
- ¡ La Elvira! ¡ Que ni se anotició! ¡ Finada la pobre! La despachó el marido a balazos. El la celaba mucho y estaba bebido. ¿sabe? Y ella era... Bueno, usted la conoció ¡ tan rebuena para a fiesta!
- ¡ Cuando, cuándo fue...!
- Para una semana. Si, justo. El domingo pasado fue, en el rancho , al
lado del baldío. Ahí mismo la velaron algunas vecinas. Después de todo había que darle sepultura y no se le conocía dolientes ni parientes. La gente dice...
Pero el Rosendo ya no escuchaba. Con las manos apretadas se reforzaba la pared del pecho para que los golpes del corazón no se la rompiera.

Antonio Di Benedetto
Iverna Codina
Juan Draghi Lucero
Otros Narradores
Premios Vendimia

 

Copyright 2005 PUNTO COM S.A.  Reservados todos los derechos.