Otros Poetas / Graciela Maturo 

Poesía de alto vuelo en "El Rostro"

por Antonio Requeni
Cuando leí "El rostro" en uno de los cuadernos que editaba en Montevideo el poeta Juvenal Ortiz Saralegui, no podía imaginar que cuarenta años después iba a presentar la reedición de este volumen -poco voluminoso- que en aquella oportunidad me descubrió a una notable poeta; una poeta que atesoraba en su obra algunos de los rasgos característicos de la generación a la que pertenecía o de la que era brillante continuadora: la Generación del ’40. Casada con uno de sus más calificados representantes, el poeta Alfonso Sola González, Graciela de Sola (así se llamaba entonces) exhibía una deslumbrante imaginería, una rara capacidad de invención verbal, unida a un sentimiento que la emparentaba con aquellos compañeros de generación: el sentimiento de fugacidad, de pérdida, de finitud humana.


No puede ser que todo se pierda para siempre,
que no tenga su número de amor
ni la música oscura que fluye entre mis dedos
ni el agua, ni la arena
ni la movida llama
ni el enorme silencio de los ojos del perro
ni el sueño de la tarde que bellamente muere.

O estos versos aún más dramáticos:

Oh, destrucción, imperceptible muerte
que devoras los días y los sueños.
Hasta que sólo quede de unos cuerpos que amaron
este yerto tesoro, la ceniza.

El tono elegíaco, suerte de denominador común de la mayoría de los poetas cuarentistas, parecía fundirse en el corazón de Graciela con la presencia vital del amor, otro tema recurrente de su poesía.

Un obstinado amor, una ternura
larga y tenaz penetra lentamente las cosas
desde mi corazón, cautiva fuente.

Ese amor "che muove il sole e l`altre stelle", como dijo Dante Alighieri en un verso indeleble, aparecía enaltecido por imágenes y metáforas sabiamente engarzadas en el pródigo esplendor de su vocabulario. Porque Graciela poseía el don del lenguaje poético, la rara aptitud de convocar y crear, mediante la palabra, emoción y belleza.

Pero advierto que estoy hablando en pasado, como si Graciela fuese solamente la de hace cuatro décadas, cuando se publicaron por primera vez los poemas de "El rostro". Afortunadamente, la Graciela de hoy sigue siendo la admirada y admirable poeta que mantiene intactas aquellas facultades poéticas y el fervor de un espíritu hondo e intensamente humanista.

Paralelamente a su actividad creadora, nuestra querida Graciela desplegó una intensa labor como docente universitaria, directora de la Biblioteca de Maestros, directora de revistas literarias como "Azor" y "Megafón", e investigadora en el campo de las letras y de la antropología filosófica, pero ella es fundamentalmente, al menos para mí, poeta; una poeta que como los aprendices de su poema "Solo el amor",


busca a tientas
una espiga de fuego
para este ramo incierto de espuma y desvarío.
¡Qué manera más bella y estremecedora de definir la vida:
"este ramo incierto de espuma y desvarío".


Tenía razón Carlos Mastronardi cuando al prologar el libro, dijo que "la condición perecedera y ficticia de todo lo inmediato le dicta versos ciertamente dignos del recuerdo", y que su obra lírica es una especie de larga ternura". Ha hecho bien la Graciela Maturo actual en reeditar este puñado de poemas de la Graciela Sola de hace cuarenta años. En ellos se concentra el núcleo de toda su producción y su calidad no es inferior a la de las poesías que escribió posteriormente.

Al volver a leer los versos de "El rostro" recordé aquella definición de la poesía del norteamericano Wallace Stevens: "La poesía es la felicidad del lenguaje". Aunque su contenido no sea feliz, el lenguaje poético lo es pues dice más de lo que nombra, porque va más allá del significado corriente de las palabras y nos descubre nuevas facetas de la realidad. El poeta cumple una función social incuestionable. ¿Quién dijo que la poesía no es utilitaria? La poesía no sólo revela cosas esenciales; sirve además para espiritualizar, para sensibilizar, para hacer al hombre más humano. La poesía, y esto lo sabe bien Graciela Maturo, posee una dimensión humanista que no puede ser desdeñada al analizar estas oposiciones que apuestan a la belleza y a los sentimientos unánimes, sin permitirse nunca la expresión grandilocuente o malsonante, sin incurrir en las vulgaridades coloquiales que siembran en sus versos algunos versicultores del abigarrado y confuso panorama de la actual poesía argentina.

En los poemas de Graciela hay emoción y música; son el fruto de una sensibilidad que ahonda en los temas eternos de la poesía: el milagro de existir, el revelador misterio del amor, la melancólica intuición de lo que pasa y muere. Su verso claro es fiel trasunto de la claridad de su alma. Graciela Maturo siente con hondura, piensa con lucidez y se dirige con sus palabras, rectamente, adonde quiere llegar. Este es un aspecto no muy frecuente entre quienes cultivan el difícil arte de la poesía y que yo destaco en el libro que estamos presentando: una inteligente voluntad creadora, la seguridad de una vocación cumplida y acorde con sus íntimas convicciones estéticas. Estos poemas anuncian el itinerario lírico de una mujer que siempre ha hablado por su corazón al corazón de los demás y que, al margen de su tarea docente e investigadora, reservó en su vida un espacio para esa forma sublimada del arte -la poesía- que nos eleva por encima de nuestra rutina biológica.

Llegado a este punto y después de haber aludido a sus méritos expresivos, a su capacidad para inventar imágenes originales, llenas de color y frescura, quiero señalar en Graciela otra virtud que era para Flaubert la primera condición de la estética: la honestidad. Ella sabe que el acto de escribir implica responsabilidad antes que vanidad, y por ellos ha preferido ser fiel a sí misma antes que a las modas de su época.

"El rostro" no representa únicamente un libro emblemático (como ahora se dice) de la Generación del ’40, generación de la que tanto Graciela como yo, algo menores los dos que la mayoría de sus representantes, somos una suerte de apéndice (yo, más bien, una apendicitis). "El rostro" constituye también una muestra del talento y la original personalidad creadora de esta poeta que acierta a decir en los últimos versos del penúltimo poema del libro:

“Navego aún, mecida por el aire engañoso
entre ruinas que brillan.”

Al cabo de su larga experiencia, Graciela Maturo podría repartir aquellos maravillosos versos de Fernández Moreno:

“Se yergue entre las ruinas el poeta.
No hay desventura contra su ventura.”

Jorge Ramponi
A. Tejada Gómez
Fernando Lorenzo
J. L. Escudero
A. Solá González
Ocho Clásicos
Otros Poetas
Graciela Maturo
Nora Bruccoleri
Luis R. Casnatti
Julio González
Jorge Sosa
Patricia Rodón
Raúl Silanes
Rubén Valle
Luis Villalba
Poemas de Amor
Sala Bilingüe
Sala del Vino
Cómo leer un poema
Poemas de Lectores

 

Copyright 2005 PUNTO COM S.A.  Reservados todos los derechos.