Poesia / Fernando Lorenzo 

SEGUNDO DILUVIO (1954)

Lamentación

por Fernando Lorenzo

Una sangre, un llanto, toda vez que infortunio.
Nombre que se repite cuando la lluvia,
bajo los edredones, en medio del navío del lecho,
a bordo de la sábana con ancla
donde no proyectamos ni una sombra
porque la luz consume sus criaturas
y desposamos una soledad
con un beso o anillo que ha enmohecido el llanto,
donde morimos repitiendo el día
como un escriba cuyo oficio es llorar.
Allí un plumaje hoy, otro mañana,
hasta llegar al siempre, deponemos,
el plumaje de la cofradía de los lóbregos,
humanidad calentada al sol, libada, henchida,
transferida s u barro,
restaurada mil veces por la criatura nueva:
ese cuerpo de flor, de la flor humana
donde el milagro brazo fue repetido,
y el milagro dedo más aún, muchas veces,
y el milagro latido dado con abundancia.
Sólo el dolor nos da una mano para tañer el pecho
hasta dormirle. Allí
toda medida:
los ríos desbocados paralelos al viento,
las yemas de las manos desbocadas también
hacia el cuerpo que amamos y perdimos,
el árbol demasiado alto ya para poder gemir,
el arquitrabe,
el beso pulverizado de la muerte en la boca, el tilo,
el astrolabio, la costumbre solar,
nos pertenece.

Triste es el pan, el día, la ronda de los sueños,
la hormiga que desteje lo que los astros hilan
y el viento estremeciendo la escritura en la piedra,
y este fémur es triste,
triste, Señor,
como si las palomas estuvieran herradas
y el polen,
agujereado por la lluvia es triste,
y el desfile celeste de la nieve en un lugar del sur
americano:
cruzada para todos los sepulcros,
corona blanca para todos los maxilares debajo de la
tierra,
y esta vida tan tregua,
tan solamente tregua de la muerte,
que cuando baja al cuerpo lo excede,
quedan contornos negros sin oficio:
delgada muerte que no alcanza a matar pero produce
llanto.
Entonces, esto que lloro aquí,
esto que mata sólo diez o quince latidos cada día,
¿fue para otro el declive esencial, la uva del destierro
entre los maxilares?
¿Una gota de Dios en la saliva?

Batallas no ganadas, armaduras
al pie de los sepulcros.
Estamos solos. Estamos solos
socorriendo los cuerpos, las heridas, el aire,
poniendo un pan en cada llaga abierta,
socorriendo la pólvora,
distribuyendo a cada uno dos muertes.

Nos envían alientos, besos cerrados las mujeres,
mensajes en papeles calientes,
martillos para romper la noche,
alcancías con flores,
flores gastadas que el féretro succiona por la noche.

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