Poesia / Cómo leer un poema 

3. La ilogicidad formal

por José Luis Menéndez
El hombre pre-lógico, ese que era simplemente él, y al mismo tiempo, todo lo que lo rodeaba, aquel para quien rayo-trueno-lluvia-mojazón-frío-sacudimiento-temblor-inundación-ahogo-etc. formaban una misma unidad de caos incompresible, amasaba para nosotros, sin saberlo, esa arcilla del pensamiento mágico (y poético) que se llama metáfora, donde determinados ensambles de palabra-rito-sonido lograban poderes tan intensos como propiciar una mejor cosecha o aplazar una muerte, y la palabra “tierra” podía, entonces, parecerse a una “casa redonda”, y “árbol” ser lo mismo que “padre” y “naturaleza” lo mismo que “madre” y los “sueños” una parte muy próxima, y no siempre diferenciada, de la “realidad”.



Pero nosotros de algún modo seguimos siendo primitivos o mostrando destellos de primitivismo. Hoy, por ejemplo, quienes se acercan por primera vez a un computador, no diferencian un programa básico de una operación ejecutable, ni un “hard” de un “soft” ni un e-mail de un archivo, pero sí saben -o intuyen- que detrás de ese caos que aún los sobrepasa, se agita otro universo mágico lleno de cosas para diferenciar gradualmente, y tan capaz de todas las respuestas como de ninguna. Y también de algún modo seguimos siendo criaturas inocentes, que aún navegan entre la soberbia y el temor.



Y entre lo más primitivo que guardamos, y todo lo que seguimos desconociendo, ese espacio para el poeta que heredó y perpetúa, a golpes de metáfora, la vocación o necesidad mágica del hombre en su relación con los otros y consigo mismo. Sólo que ahora los magos se suelen mostrar con nombres propios. Y se llaman Neruda o García Lorca. Se llaman Whitman o César o Pavese. Y entonces las nuevas tribus cibernéticas parecen no entender que se trata, en verdad, de los mismos juegos ancestrales, la misma metáfora que provoca, confunde, pervierte, pero obliga a re-pensarlo todo, diciendo lo mismo, lo único, de cien maneras diferentes. Hasta que una nos emociona como ninguna otra, nos da vuelta la piel, nos hace sentir que todavía seguimos naciendo y que nosotros también somos un reflejo único de las cosas creadas.

Cualquiera puede amar, puede besar. Pero solamente uno dijo, para todos: “amada, en esta noche tu te has crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso”. Y otro sostuvo, vívido: “..estabas de pie, sobre mis párpados”.

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