Poesia / Cómo leer un poema 

4. Poética del hablar diario

por José Luis Menéndez
Si ahora volvemos al lenguaje corriente lo veremos poblado de metáforas. Un poco tal vez como resabio de aquel primitivismo, luminoso en su disparidad, que estamos perpetuando. Maneras distintas -por contagio, por énfasis, por temor a que lo “único”, lo “nuevo”, ya esté resultando insuficiente- para re-expresar -abriendo, variando, comparando- una misma cosa. Tal vez ese juego verbal, tan repetido y aceptado, refleje parcialmente la sedimentación de tantos siglos de literatura poética. El caso es que la mayoría de la gente hace uso de la metáfora con una frecuencia que ni sospecha, aunque resigna, inexplicablemente, ese mismo ejercicio, a la hora de leer un poema.



Se trata, por otra parte, de un uso abierto, que a diario se agranda y se renueva. Una mención frecuente, surgida en el periodismo, es la de calificar a ciertos personajes como “de bajo perfil”. Eso significaría, literalmente, que siempre posa de costado, y que se agacha para posar. Lo cual, evidentemente, no constituye su verdadero significado. Todo lector acepta, naturalmente, que se habla de personas poco afectas a la figuración, que prefieren pasar desapercibidos, etc.



Otros ejemplos: si alguien, interrogado sobre donde queda tal cosa, responde “en la loma de Chachingo”, quien escucha sabe que ese lugar no existe, pero entiende muy bien que se trata de un lugar lejano. Lo mismo ocurre si oímos que alguna dama se ha quedado “para vestir santos”, que “la mentira tiene patas cortas”, que alguien vive “con el corazón en la boca”, que nuevos graduados “deben subir una pesada cuesta”, que en tal partido se produjo “una lluvia de goles”, que a fulano “se le subieron los humos a la cabeza”, que mengano es un “viejo verde”, que algún conocido se puso “el auto de sombrero”, que a otro se le hizo “un nudo en la garganta”, que tal niña tiene “cascos ligeros”, que a una señora se le “cayeron las medias”, que en verano se “alargan” los días que en invierno “se acortan”, que alguien hizo determinado esfuerzo y otro “se llevó los laureles”, que infinidad de productores viven “con el agua al cuello”, y encima les tiran un “salvavidas de plomo”, o que vivimos “en el culo del mundo” o que hay “un silencio que se puede cortar con un cuchillo”. Infinidad de expresiones con las que se podrían llenar fácilmente varias páginas, todas de uso común, universalmente comprensibles en su significado verdadero, que no es por cierto el de su lógica formal, el de A = A. Todas esas expresiones son, en realidad, metáforas, en tanto contradicen las reglas del lenguaje y no quieren decir, en absoluto, lo que literalmente dicen. Ahora bien, cuando analizamos un texto poético, observamos esas mismas esencias. Su estructura puede ser más compleja, podemos observar metáforas nuevas, tal vez más elaboradas, más cautivadoras, insertas en una trama más cuidada, encadenadas con otras, sirviendo a una proposición más vasta, más global. Pero básicamente sucede lo mismo, se trata de un lenguaje pleno de connotaciones, de sacudimientos emocionales, de sugestiva melodía, que pasa de un sentido figurado a otro, como si quien habla (o quien lee) fuese cruzando un mar, saltando de isla en isla. Hasta que en un punto superior, de originalidad, sonoridad, significación, accedemos a los grandes textos, los poemas estelares, en donde cada lector debe resolver enigmas inesperados, como si de pronto, insensiblemente, el orden natural fuese puesto de espaldas, y yaciera en el suelo. Cada caída se vincula con una señal clásica. Cuando se llegan a mostrar como reales cosas que racionalmente no lo podrían ser. Cuando sucede lo imposible y nadie lo puede discutir. Cuando nada en particular puede descreerse porque la misma totalidad nos resulta increíble.



Un académico de las letras puede, en tales casos, plantearnos su ayuda, una suma de técnicas para descomponer y “explicar” un poema de una manera cuántica. Nos contará las sílabas, nos hablará del hiato y de la sinalefa. Pero con ello no pasará de la epidermis del poema. Porque el juego es otro. Y el verdadero lector dirá “su texto me dio vuelta”, “tuve que parar porque sus tajos eran demasiado profundos”, o como Silvia Plath leyendo a Mathew Arnold: “Vi que se me ponía la carne de gallina. No sabía por qué. ¿Habría pasado un fantasma? No, era la poesía. Una chispa de Arnold se desprendió y me sacudió un escalofrío, y tuve ganas de llorar. Me sentía extraña. Había descubierto un nuevo modo de ser feliz.”

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