Poesia / Cómo leer un poema 

6. Todo está cerca de la poesía

por José Luis Menéndez
Esa elevación del lenguaje que se acaba de ver en la descripción de Río de Janeiro, esa significación mucho más rica, más emotiva, más enfática, en torno a las cosas que se dicen, ese “algo más” con que se puede descubrir o imaginar un hecho, soñarlo, sufrirlo, quererlo, denunciarlo, es sencillamente la poesía.

Si tuviéramos que definir sus atributos esenciales, es decir, aquello sin lo cual un texto podría ser cualquier cosa, incluso algo brillante y conmovedor, pero no poesía, citaríamos por lo menos dos: originalidad en la forma de utilizar las palabras, y musicalidad.



Originalidad en una doble variación posible: primero, la de decir algo que conceptualmente no haya sido dicho, o bien, la de ocuparse de temas o situaciones habituales, pero mostrándolos con una forma nueva, aunque sea una leve variante, un ligero matiz, que justifique la intención del poeta, y le aporte al lector alguna visión inesperada. Si leemos:

“escándalo de miel de los crepúsculos”

es evidente que ello encierra algo más que una figura descriptiva; de igual modo, si alguien nos escribe:

“alma mía, calzada con botas de hierro”

advertimos, obviamente, algo que trasciende a un sencillo dolor; y si otro quiere

“explicar con palabras de este mundo

que partió de mí un barco llevándome”

ha expresado mucho más que una sintaxis de vaciedad y de fuga; y si alguien le dice a una mujer:

“ inclinado en la tarde tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos”

es y no es lo mismo que decirle “te quiero”.

Y así, todo lo que se nos ocurra, puede llegar para golpearnos con un breve relámpago que nos alumbre para siempre:

“..he intentado ver que había del otro lado del muro,

convencido de que la vida tiene un significado que se nos escapa”



La originalidad tiene, por supuesto, sus riesgos. Hay formas poéticas, maneras expresivas que luego de alcanzar un lugar y establecerse entre los cánones de aceptación de una época, se fijan, se anquilosan, y obstruyen el acceso de maneras distintas. Cuando el gran poeta peruano César Vallejo publicó “Los heraldos negros”, en 1918, hubo críticos que se alarmaron por “ese mamarracho, que habla de los maderos curvados de mi beso”, y uno de ellos llegó a recomendar que su autor fuese instalado “en calidad de durmiente”, en una vía ferroviaria. Todavía en 1922, al editarse “Trilce”, otro comentarista lo juzgó, en un diario de Lima, “ libro incomprensible y estrambótico”. Nadie recuerda hoy aquellos juicios, y en cambio Vallejo es reconocido, dentro y fuera de la lengua española, como uno de los más grandes poetas del siglo 20.



De todos modos hay que ser cuidados con el término. En ocasiones, la “originalidad” nace sola, es parte natural de los nuevos conceptos. Otras veces se la busca con obsesión, pero se la concibe simplemente en el plano de la forma, y termina cumpliendo la misma función que el moño de los regalos. Renglones en blanco, disposición de los versos imitando figuras, significados oscuros, que sólo conocen los autores, son utilizados, muchas veces, como recursos para ocultar o ensombrecer lo que debiera decirse, simplemente, con las palabras.

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