Poesia / Cómo leer un poema 

7. Musicalidad

por José Luis Menéndez


Ya habíamos mencionado la condición de la “musicalidad”. Es una medida para la expresión, y bastante fácil de entender. Sólo exige no cerrar los oídos. En la poesía métrica y rimada, casi no haría falta demostración. Sirve, sin embargo, para un ejercicio elemental.



Mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos

no osó mirarle la cara.



Cada renglón, se sabe, constituye un verso. Cada verso en este caso tiene ocho sílabas. Ma-ta-ron-a-fe-de-ri-co y los demás igual. Bastaría cambiar una palabra por otra más larga o más corta, y ya el conjunto no tendría la misma melodía. Quizás, hasta dejase de ser un poema.

En los versos libres, es decir, sin métrica ni rima, el oído debe estar más atento. Debe seguir un ritmo. Hay señales, dadas por el corte del verso, las comas, los puntos, los vacíos. Pero no siempre son claras y es mejor leer el poema siguiendo una entonación personal. Primero despacio, hasta encontrar la consonancia entre los tiempos del autor y de quien lo interpreta. Ya eso establece un primer principio de afinidad entre uno y otro, y es válido decir, me adecuo bien al ritmo de Tal poeta, o no, de veras, no puedo acompañarlo.



Seguramente ayuda escuchar poesía, como un ejercicio paralelo al de leerla, en especial, si se lo puede hacer desde la boca de su propio autor. (Muchas veces los recitadores matan los poemas por exceso de afectación, por exceso de “almíbar”, por exceso de marcaciones o susurros, es decir, por carencia de equilibrio sensible.) Fuera de eso, no creemos, francamente, que puedan darse por escrito claves prácticas y que admitan objetivarse.

Intentaremos de todos modos un ejemplo, que puede ser tan certero o erróneo como cualquier otro. Una parte de un poema de César Vallejo; está escrita así:



Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas,

y crece

con la res de Rousseau, con nuestras barbas;

crece el mal por razones que ignoramos

y es una inundación con propios líquidos.

con propio barro y propia nube sólida!

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

en que el sentimiento acuoso es vertical

al pavimento,

el ojo es visto y esta oreja oída,

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

del rayo, y nueve carcajadas

a la hora del trigo, y nueve sones hembras

a la hora del llanto, y nueve cánticos

a la hora del hambre y nueve truenos

y nueve látigos, menos un grito.



Ahora, marcando las pausas con el signo (barra invertida), nosotros lo leeríamos con este ritmo:

Crece la desdicha hermanos hombres más pronto que la máquina a diez máquinas y crece con la res de Rousseau con nuestras barbas crece el mal por razones que ignoramos y es una inundación con propios líquidos con barro propio y propia nube sólida invierte el sufrimiento posiciones da función en que el sentimiento acuoso es vertical al pavimento el ojo es visto y esta oreja oída y esta oreja da nueve campanadas a la hora del rayo y nueve carcajadas a la hora del trigo y nueve sones hembras a la hora del llanto y nueve cánticos a la hora del hambre y nueve truenos y nueve látigos menos un grito.



Fuera de la riqueza textual, que podría motivar otra clase de análisis, observemos, simplemente, la sensación que nos deja el conjunto…no importa para un lectura suficiente si “la res de Rousseau” tiene algún significado especial, o si lo tiene el número nueve, o bien, porqué se asocian mujer con llanto, ni porque una oreja da (¿o recibe?) tantas cosas menos un grito. No importa el desmenuzamiento de las partes, aunque puede hacerse en una segunda, tercera, o vigésima lectura, porque todo “el bloque” es un significante en sí mismo. Hay una expresión muy honda de dolor por la desdicha humana, una impotencia manifiesta frente a las causas, tanta que produce una inversión de las funciones orgánicas (el ojo “es visto”, la oreja “es oída”) y una rebeldía final intensa, hablada por los truenos y el látigo.

Eso es lo fundamental de la lectura. Se podrían cambiar palabras sin que dicho significado se alterase. Nueve campanadas “a la luz del rayo”, “vertical a los caminos”, y lo esencial no cambiaría. Pero un cambio de “metro” cambiaría todo, aunque los conceptos resultasen idénticos.

Habría que probar una lectura que suprimiera la palabra marcada “propia” o cambiara el “nueve” marcado por un seis o por cualquier número que no fuera bisilábico, o dijese “el sufrimiento invierte posiciones”, para que la música del poema se quebrara. Ya no sería el mismo poema.

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