Poesia / Cómo leer un poema 

9. Poesía no-metafórica

por José Luis Menéndez
Las metáforas no son materia exclusiva de la poesía, también se observan en obras de ficción, y forman parte del recurso libre de muchos narradores notables. Veamos, por ejemplo, el siguiente párrafo de “Rayuela”, la novela de Julio Cortázar: “…y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo, resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, y se despegaba como labios..”

Inversamente, aunque las metáforas son comúnmente referidas como componentes nucleares, distintivos, de la forma literaria que se llama poesía, no siempre son encontradas en ella. Pueden existir, y de hecho existen, poesías donde no hay metáforas. En tal caso, “lo poético” del texto debe buscarse en otra clase de recursos.

Observemos, por ejemplo, “Reunión de familia”, de Joaquín Giannuzzi.



Cuando nuestro hermano menor cumplió cincuenta años

mamá tuvo una horrorosa visión del tiempo:

así que dijo (…)

“estamos envejeciendo todos juntos”. Y cuando agregó

“siempre tengo frío”, descendió

a su sótano, se abrazó a sí misma

y en algún lugar de su esqueleto

palpó un hueso sin esperanza.

Los hermanos juntamos las cabezas, esperando

alguna especie de revelación. ¿Hay algo?

¿Qué significa esta acumulación incesante

de una vida? En fin, donde estamos parados

en relación a ella? Entonces susurré:

ha vivido tanto

que terminó por olvidar

las dos o tres razones que tenía para morir.



Se trata, ciertamente, de un poema. De un bello poema. Puede, efectivamente serlo, sin que hallemos en su interior una sola metáfora. (O casi). Hay, sin embargo, una metáfora implícita, abarcadora, global, que deriva del conjunto del texto, en torno a la fragilidad del ser y lo ineludible de cada destino individual. Es obvio que una reflexión de tal naturaleza se pudo realizar mediante otro género expresivo, pero la poesía no reconoce temas vedados, y el autor, si ese ha sido el modo que le pareció justo y propia de su dominio técnico, no tuvo porqué haberlo evitado.

Revisemos, más apropiadamente, de donde le viene a lo escrito su carácter poético. Le viene, ya dijimos, de “lo metafórico” global, pero además, le viene por una disposición de estilo, el modo de ir desarrollando el texto, con palabras elegidas musicalmente, que discurren con precisión, con sutiliza, como sintiéndose llamadas para una conjura que las sobrepasa, una ceremonia, un regalo que finalmente estalla y sólo deja en pie la vibración de un silencio. Eso es, en todo caso, lo que el autor busca. Pero siempre el lector debe convalidarlo. Es el lector, en definitiva, quien debe “sentirlo” o no como poesía. Otro ejemplo:



“…que el dinero sea la fuente del dinero

ése es el gran pecado.

Fernando dijo: no jodan.

La Tinita Zalazar no gana diez pesos por semana.

Murió Pijulito porque no lo admitieron

en el hospital. Y me hablan de Dios…

¡No jodan!”



Tampoco hay metáforas. Pero el texto está cargado, desbordado, de exaltación doliente, una especie de golpe que atraviesa la carne. Es el dolor de alguien que ha corrido y se detiene, jadeando, como quien se defiende de un castigo evitable, de un cansancio. De todos modos, un lector de academia podría decir que no advierte poesía. Y sería su derecho.

Hay otras poesías que también carecen de metáfora, y buscan su sustento genérico en el dibujo formal del texto, la concentración del significado, un adjetivo sorprendente, un estoque simbólico, cierta cargazón de queja o de ironía que no son propias del lenguaje corriente. Es el caso de esta “Historia Argentina”:



“El glorioso general San Martín nos dijo una vez que las mujeres entorpecían las

batallas, que daban sus ojos de candor a los hombres heridos, pero no había hombres heridos; que suministraban vendas blancas para las cabezas rotas en pedazos, pero no había cabezas; que guardaba en sus senos las cartas en los últimos instantes, pero no había instantes.

El glorioso general San Martín se afeitaba cada vez menos, para que su cara fuera olvidada, y las mujeres le acercaban su toalla, su navaja, sus palanganas de agua pero no había mujeres.”



Se observa, como vemos, un hermoso juego verbal, de extrema sugerencia. En ocasiones, sin embargo, estas formas poéticas, tan libres, tan personales, derivan hacia propuestas incomprensibles, o que solamente lo tienen para sus autores, inhibidos, por su propia elección o por ahogos de su pericia, para dotarles de claves de sentido. Leamos esto:



OJOS DE RILKE



rilke abría los ojos

todo era visible

nada era invisible



rilke cerraba los ojos

nada era visible

todo era invisible



rilke abría los ojos

nada era invisible

todo era visible



rilke cerraba los ojos

nada era visible

nada era invisible





No podemos entender por donde ha transitado, en este caso, la búsqueda del poeta. Sin embargo, esta clase de proposiciones absurdas, alcanzan muchas veces el elogio crítico y hasta premiaciones (temporalmente) consagratorias. Es cuando se inscriben en ciertas corrientes críticas y “creativas” que privilegian un hermetismo exacerbado, y una visión de secta. Entonces, ante la carencia de pautas de mediana objetividad, las palabras pueden significar cualquier cosa, y se convierten en piezas de interpretación arbitraria o que requiere el conocimiento de códigos grupales ocultos. En tales entornos, la oscuridad es recibida y propagada con entusiasmo. ¡Y vaya uno a decirles que eso no es poesía!



Naturalmente que estos engendros son independientes de que haya o no metáforas. Veamos otro, que parece tenerlas.



“Co có

la palabra de los leones herbívoros flores y mansas garras

paz y co có

en las praderas mansamente en las sílabas estiradas en el aire

co có

co có

co có

paz y cantar en las estiradas estirando en las mansas

los corazones en el aire

co có cantando

co có pastando

co có paz en la co có pradera

de paz

de paz

co có

no son el rey de la selva

reyes de la co có herbívora pradera del cocó broche manto

co có”.





Ante estas expresiones, lamentablemente muy en el uso actual, los lectores de buena fe, con todo derecho, pueden desconcertarse. Lo único recomendable es no perder la inteligencia propia, y rechazar, sin falsos prejuicios, las formas poéticas extremadamente confusas y engañosas. Naturalmente, con prudencia, viendo de quien vienen, y revisando en todo caso si las debilidades interpretativas no están en nosotros.

En los andares de la lectura, suele caminarse sobre tierra fangosa. Hay mucha amplitud en los cánones de calidad, en la densidad de las obras, en el trasfondo conceptual y político de los textos y las opiniones, y hasta cierta inevitable participación de la buena o mala fortuna crítica de cada poeta, que oscurecen o allanan el entendimiento.

Hay poetas a quienes cualquier extravío les está permitido. Y otros, por el contrario, que nunca habrán de conocerse. Esto último es inevitable, y objetivamente carece de importancia. Un bate menos no le hace daño al mundo. En cambio lo primero se puede rechazar. Que cada cual escriba sobre lo que quiera, y del modo que quiera. Eso constituye una verdadera necesidad y un riesgo de “lo creable”. Pero los lectores, por nuestra parte, vivamos el derecho de no ser tomados por tontos.

Con metáforas o sin ellas, no todo lo que reluce es oro; y otras veces, el oro, se encuentra tapado por el barro.




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Hecho poético y poesía
La ilogicidad formal
Poética del hablar diario
Estableciendo diferencias
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Poesía no metafórica
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