Poesia / Cómo leer un poema 

Humanismo y poesía

por José Luis Menéndez


Detrás de cada poema, hay un hombre que ha realizado un doble ejercicio de comunicación; primero con él, y luego -al menos si ha cedido al riesgo de hacerlo público-, con un lector conjetural. Cientos, miles, o UNO, es lo mismo. Denota, en cualquier caso, una búsqueda libre y esforzada, de un nuevo sonido que quiere compartirse. Sonido que, en realidad, quiere decir una gama de irrupciones probables en un espacio de quietud. Una flor, una ostra, un instante de luz, un rezo, un pensamiento. La gota de agua que cae en un estanque y se expande en círculos concéntricos, y muere por su propia debilidad, o se repite y llega a otras orillas, de vapores y rocas, como un olear de días incesantes.



El poeta, como cualquier artista, responde a un compromiso. El de no mentir, y el de no apartarse de los hombres o cerrarse al esfuerzo del conocimiento, que son también maneras de mentir. En el terreno de la literatura, aunque no sea lo prevaleciente, hay quienes hacen su trabajo pensando en las puertas doradas que pueden transponer o en el dinero que pueden ganar. Eso nunca sucede con los poetas. Habitantes forzosos de los márgenes irreductibles, donde no se vive pero tampoco se muere, donde la negrura tiene su momento de brillo, conceden al poema su vitalidad de última instancia. La voz que nunca termina de callarse.

La belleza, en el arte, siempre es una búsqueda, y hasta puede ser un resultado feliz. Pero no es, necesariamente, la materia absoluta. Se pueden recordar versos terribles, como los del Dante recorriendo el infierno. Versos trágicos, construidos con palabras feroces. O versos demenciales, que digan, por ejemplo, “Me gusta un cementerio de muertos bien relleno / manando sangre y cieno que impida el respirar / y allí un sepulturero de tétrica mirada / con mano despiadada los cráneos machacar”. Versos, en fin, donde la belleza no pasa por el lenguaje en sí, sino por la esencia de verdad que, en función de una crisis, de un estado de ánimo personal, propios tanto de un autor como de todo hombre, los inspiran.

Hay que entrar, pues, a un poema, con la misma disposición de quien escucha a un hombre y debe responderle. ¿Qué nos dirá Whitman, qué querrá decirnos Baudelaire? ¿Qué nos dirá ese cautivo, que ha soltado, desde lo umbrío de una cárcel, sus palomas de papel y de tinta? ¿Qué nos dirá un soldado, desde los miedos que le auguran, a sus versos, una lectura póstuma? ¿Qué palabras salen a morir con el soldado inmerso en un combate donde todos los hombres a la vez, los que no estuvimos y los que sí, los que sobrevivieron y los que no, seremos, por igual, derrotados? ¿Qué habrá de narrar quien ama ya sin esperanza? ¿Qué fuerza extraña, inenarrable, nos podrá dar el poeta colgando de una soga de horca, o recibiendo la última bala de la guerra?



Que nos dirá, en fin, quien conmociona, quien nos habla desde él con hechos que pudieron ser nuestros, con estrofas o versos que iluminan, por fin, lo que estábamos a punto de descubrir. Aquello que ya teníamos con nosotros sin saberlo, porque le faltaba, todavía, la última palabra.

Cada vez que un poema no llega al entendimiento de quien lo lee, no fracasa el lector, fracasa el poeta. Y ni siquiera el poeta, tantas veces cegado por su vanidad, sino la poesía, que así sigue cediendo terrenos que fueron espaciosos, con todo su verdor, toda su feracidad, a la mudez de los desiertos. Un espacio de la voz en la historia, desde los salmos de David hasta las hojas de hierba de Walt Whitman, que se agota de pronto, se disuelve, en la rima del dolorcito personal o en la ciénaga de lo incomprensible.



El poeta no es un ser sobrenatural. Sólo es un hombre que se nos parece. Aunque claro, así como el cantante que puede hacer un do de pecho que trice los cristales o el malabarista capaz de sostener, indefinidamente, diez bolos en el aire o el cirujano plástico que puede embellecer (o condenar) un rostro, el poeta también puede producir, con el simple jugueteo de ordenar las palabras de una determinada manera, golpes en la memoria, destellos en la conciencia o estocadas al corazón; como también equivocarse, y cometer algunos desatinos terribles.



El poeta modifica la física, porque puede decir: “... tu mirar es más amplio, más líquido”.

Modifica la matemática: “uno sobre el otro, tus veinticinco brazos de voltearon, todas tus bocas me besaron el alma..”



Modifica la poesía misma. Le cambia la ortografía, la sintaxis, le dibuja silencios, le quiebra las paredes del metro o de la rima, la expone como si fuera el dibujo de un rombo o de una mariposa. Y sino sabe lo que quiera decir la vuelve incomprensible.

Pero no modifica su camino. No es la realidad la que fija los sueños, sino que son los sueños quienes anticipan la realidad.

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