Ocho Clásicos / Hugo Acevedo 

Río caudaloso

por Hugo Acevedo
stuviste a punto de beberte toda la naturaleza.
Por noble no lo hiciste: estábamos nosotros.
Te alzaste con la cúpula de los nogales como un ser agreste
de ceño empedernido.
La amistad del buey y el puma de suavizó la mano,
Como el vuelo y el canto de los pájaros te ensancharon el
pecho como un arco.
Naciste libre y lo supiste con la primera acequia y el
primer asno,
betlemita,
montañés y alfarero,
viñatero, sembrador y domador,
vigía de las aguas a la luz de los luceros,
camarada de pala, machete, arado, lezna y hacha,
poeta entre dos siembras,
chacarero de corazón y ojos rasgados,
aherrojados por tu rosa humana
en la cárcel de injurias que fraguaron judas mínimos.
Fuiste tú quien le enseñó a leer a la montaña.
Tu patria fue un racimo indómito de surcos y galopes
tendidos en la inmensidad de la Argentina,
donde se besan la lluvia y la pradera
y mueren de inocencia las constelaciones.
Te forjaste a tí mismo entre caballos clásicos,
suprimiste de tu plinto de tierra un nombre porque eras
enemigo del derroche.

Sólo aceptaste el reto de cuatro lanzas onomásticas
en homenaje a la pobreza
o como un gesto de resignación al llamamiento de las águilas.
Y fuiste Luis.
Luis Franco.
No podías nacer en casa histórica:
habría sido una ofensa a los cerros y a la pampa que
te amaba por destino
y a la familiaridad de hombres señalados por la fragante
severidad de los terrones:
Serapio Vázquez, Pascual Vuotto, Pantaleón Medina,
Delicio Robles, Argentino Baigorria, Hugo Acevedo,
Pucho Damert, Andrés Soto, Pedro Hernández
y al telar de esa mujer oscura que quiso ser tu madre
dulcemente bravía para ponerte en pie
y santiguarse con agua de cactos y de piedras.
Las herramientas del labriego, escritas en el aire,
y el yunque musical de voz profética
en realidad fueron tus manos,
esa dura adolescencia que discurría a lo largo de un
litoral marmóreo
fraternalmente con el sí y el no de Homero, Montesquieu,
Dante,
la Biblia, Poe, Alonso Quijano el justiciero
y los viejos poetas que no han podido aún concluir de armar
el mundo.
Porque ignoraste los garitos, los templos, los salones
y los escritorios herederos de burdeles
con la recia elegancia de un torero de dragones,
pudiste conocer a Dios en el aire mismo de su ámbito,
y qué suave, cono la piel de un durazno efebo,
fue tu plática con él, ambos caballeros sin espuelas
y llevando de tiro leones y palomas.
Con que aprendiste todo lo demás,
lo extraño a legañosos y barberos,
un revulsivo de sotanas.
Quien agrega alegría, agrega amor,
y aquel que ofrenda su alma al oro prepara los barrotes
de su jaula.
Pero tú quisiste inundar de alegría a tu país,
le diste a conocer su fuente y su horizonte,
trazaste el linde entre la espada y el despojo;
de tus manos, todavía húmedas de rubias sementeras,
las letras patrias vertieron la sabiduría y la belleza,
una dulce guitarra acunada por el mar helénico.
No quedó un cáliz sin esa pasión tuya,
sin esa ciencia de aceptar la muerte no más que como un
invierno pasajero.
Tu río de pasión fue una avenida de zorzales y cardones
mansos.
Pasión fue tu vida, no costumbre.
Elevaste la verdad del ser hasta el último copón de vino,
y las mujeres que te amaron fueron tu lecho de pámpanos
y espigas.
Embajador de Mamá Naturaleza y del mañana ante todas las
cámaras del polen,
América se llenó de tí
y acaso esta salvada.
No hay piedras tumbal que pueda soterrar tu vuelo.
El monumento de la vida es tu homenaje.
El cielo, el rayo, la tierra desgarrada,
el bosque arisco que asciende a la remota cumbre del volcán
y baja convertido en ignición del llanto,
sabueso de las nubes,
vértebra del verano,
hermano Luis,
todo el paisaje te contiene,
íntegro el porvenir te lleva,
todo el canto te resguarda.
Contigo anda la libertad, ya habituada a ser tú mismo
porque rompiste en los otros tu cadena,
porque enseñaste que los mapas ya han sudado demasiada
sangre y llanto
y pudiste ver que el hombre lleva en sí el esbozo de su
futura imagen,
tu que de larva de hombre,
único entre miríadas de melifluas larvas,
te atreviste a ser hombre
y a tomar el oxígeno azul por tu prenda infinita.

(En "Antología", de E.C.M.)

Jorge Ramponi
A. Tejada Gómez
Fernando Lorenzo
J. L. Escudero
A. Solá González
Ocho Clásicos
Antonio E. Agüero
Alfredo Bufano
Américo Calí
Víctor Hugo Cúneo
Juan G. Godoy
Hugo Acevedo
César Rosales
Abelardo Vázquez
Otros Poetas
Poemas de Amor
Sala Bilingüe
Sala del Vino
Cómo leer un poema
Poemas de Lectores

 

Copyright 2005 PUNTO COM S.A.  Reservados todos los derechos.