Sala del Vino / Antología 

Danza del borracho frente al espejo

por Abelardo Vázquez

Es sólo una pelea entre borrachos.
Este bebe porque bebió Anacreonte,
aquel tiene en Omar su favorito.
No fue en una taberna de Granada,
ni en Borgoña, la vieja, fue en su pecho
un día al regresar de soledades
cansado y viejo con la muerte cerca.
Es sólo una herida entre dos vinos,
este se ahora con Vallejo adentro
y aquel se cree el rey de los ladrones.
No fue en una taberna del Pireo
ni en Mendoza la joven, fue en su espejo
al pie de la escalera de los sueños
casi vencido ya, después de muerto.
Diverso entre contrarios Garcilaso
con la espada del vino enamoraba
reyes, doncellas, santos y caballos
al murmurar del bosque y de las fuentes
como un pastor en guerra con el alba.

Retrocedió el espejo en llamaradas
y el diálogo rompió las ciegas copas
al humo y el hedor de la taberna.
Que duro es el infierno, qué apretado
de gente y agua, de viejos tan formales
abstemios y casados y cubiertos
con toneles vacíos y gusanos.
Se puso a conversar consigo mismo
como si el diablo lo inventara entonces,
habló de Marx, de Hitler, de Cleopatra
y una dulce muchacha color uvas
madurada de amor por comisarios.
Peleó tras sí, con largas cuchilladas,
la sombra se le vino como un poncho,
quebró botellas, espejos, siete rosas
y a algún difunto perdonó la vida.
No fue en una taberna de Marsella.
Se despertó de pronto entre dos ríos
en tinto y blanco enamorado y frío.

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