Narrativa / Otros Narradores 

La Mujer Enancada

por Patricia Rodón


Like Swimming era la música perfecta. El bajo nos pegaba en el estómago suave y hondo como un tipo montándote, la guitarra de carrerita, cabalgata eléctrica debajo del agua, dijo Alejandra. Me encanta esta banda sonora, dijo la Ceci y pisó el acelerador como si quisiera domar a alguien. Largamos la carcajada. Estábamos hasta las manos.

Era sábado a la noche y un día antes habíamos emprendido una escapada onda Thelma & Louise mendocinas. Claro que éramos tres y desde antes, fono y arreglos de por medio, era el chiste privado. Cuando salimos de Mendoza rumbo al incierto Sur, nos cagamos de risa buscando un trío femenino interesante, pero nos topábamos con Fortunata y Jacinta, la Lilian Hellman y su amiga Julia, la inolvidable -de quien nunca recordamos el apellido-, Sandra y Celeste, Cintya Leibowizt y Laura Ramos, las Marguerite (Duras y Yourcenar). Se nos aparecían cuartetos o quintetos, onda Las ménades, las Bene Gesserit, Hanah y su hermanas, las Spice Girls, Viudas e Hijas, Amy Tang y El club de la buena estrella. Lo del Club de las divorciadas no nos pegó ni ahí. Al final nos conformamos con Aglae, Thalia y Eufrosina, que no por nada eran las Gracias, jóvenes, bellas y simpáticas y siempre estaban en bolas agitando alguna artística historia de amor, y con las Parcas, Cloto, Láquesis y Athropos, que eran malísimas pero sabias y se encargaban de cumplir las órdenes del destino. Después de todo, el Olimpo seguía teniendo su prestigio, siempre que hubiera aire acondicionado y cerveza, claro.

Lo de la escapada era literal. Alejandra le pidió gancho a su marido, a su amante y a su psicólogo. Cecilia dijo andiamo y le dejó un papelito rápido a su chico que siempre estaba de viaje, a su casa nueva y a Luis Felipe, su gato. Y yo, que estoy al re pedo y más aburrida que la Gioconda viendo pasar las mismas caras en varios idiomas desde hace 400 años, cambié el mensaje del contestador poniendo una frasecita misteriosa que después me iba a permitir delirar un poco a mi más que amigo pero menos que novio.

En realidad la idea fue de Alejandra que tenía muchas ganas de rajarse pero mejor para afuera y con paisaje. No vaya a ser que me duela. ¿Hace mucho que no vas a la casa de tu mamá?, le preguntó a Patricia, hamburguesa de 1.50, lata de Coca Cola y sol de dos de la tarde de un enero con corriente del Niño. Mi vieja está en Buenos Aires con mi hermana. Fenómeno. Nunca he ido a tu casa de San Rafael. Yo tampoco. ¿Cuándo? Mañana. Buenísimo. Nos vamos en mi auto. Cada una pone un poco de guita para la nafta. No, ustedes ponen la birra y la buscapina. Hecho. Diecisiete horas después Morphine retumbaba en el techo de la 4x4 negra y lo mismo podíamos hablar. Esa es una destreza que los hombres nunca podrán adquirir. Ni siquiera imitar. Por lo menos los tipos que nosotras conocemos, dijo la Ale.

Nuestro destino original iba a ser San Rafael que de santo no tiene nada de acuerdo a lo que la Ceci nos ha contado a lo largo de estos años, todo bien documentado con su propia biografía de turra. En realidad, entre las cosas que compartimos, el turrismo -your atention please Real Academia Española-, es la cualidad que verdaderamente nos une. Más allá de la literatura, el cine, la ley de gravedad y estar lindas, tener aventuras non sanctas con tipos diversos es lo que más nos gusta. Lo nuestro es antropológico, dije. Es como lo la de Hellen no sé cuánto que se fue a Oceanía a estudiar cómo cogían los indios, dijo la Ale que es más antropo que lógica.

El asunto es que nunca llegamos a San Rafael porque cuando íbamos a la altura de Tunuyán nos pintó hacer pis y comprar urgentemente más cerveza. Por joder, yo le dije al apuesto chico de la estación de servicio, llename el tanque y revisame el aceite. Eran otra vez las dos de la tarde y estábamos jugando. Mientras la versión mendocina del tipo ese de la propaganda que pela un desodorante supuestamente irresistible en medio del desierto tejano hacía lo que debía y la Ale le murmuraba mirando el horizonte estás más fuerte que las piedras, la Ceci se acordó de que por ahí, bueno, en Tupungato, quedaba el hotel Samay Huasi, que era re lindo y que el dueño era un poco amigo de su ex marido. Maravilloso, dijimos a coro. Y nos mandamos.

Casi no había pasajeros lo cual siempre es una ventaja porque te atienden mejor, te dan una habitación copada por el precio de una más barata y no hay turistas molestos que hablen un castellano atravesado (generalmente, por un chicle). Tomamos una habitación triple, con alfombra color arena y cortinas verdecitas. Detrás de la cortina estaba la montaña. Yo hubiera querido que estuviera el mar, la Ceci que apareciera la ciudad de Cartagena y Alejandra, que ama los acantilados, que fuera Irlanda, pero nada es perfecto.

El cuarto se abrió como la pantalla psicodélica de El túnel del tiempo que veíamos cuando éramos chiquitas y, previa ducha, almuerzo voraz, siesta y U2 sonando en el grabador durante ese viernes a la noche no hicimos más que tomar cerveza y hablar como en las viejas épocas.

Fue lo que esperábamos. Comunicarse en un check to check mental (no sé como se dice frente a frente) con alguien (s) que escuche sin interrumpir, que opine sin juzgar, que entienda sin etiquetar. Se supone que eso es lo que hacen los amigos y una vez más, no hubo fraude. Todo bien. Que mi marido, que el Jorge, que el diario, que la facultad, que mi hijo, que mis hermanas, que con este chabón no se puede coger, que cada vez que tenemos una historia es una onda sesión espiritista, que tal mina es una forra, que aquel es el hijo de la lágrima, que te acordás de cuando con el Ariel lo hacíamos en el ascensor del Pasaje San Martín, nunca les conté lo del Guillermo, el gay, que el Juan Carlos, que don Gastón, que Peter Coyote y que los vicios del Conde, porque yo seré chusma pero no voy a estar dando los nombres.

Descubrí que las burbujas del gas carbónico pegan más o igual que un buen faso y con un pedo suave y más lúcido que ni que te hubiera tocado la Madre Teresa de Calcuta y contagiado, atenti, la energía fluía como en Emse pero sin facturas. No me acuerdo qué comimos pero algo pusimos en la pancita. Después nos pintó el aquelarre.

Yo una vez vi un ovni. Ese tema no pegó demasiado aunque me dejaron hablar, escuchando Luzbelito y hablando de las gambas de Bono que es el que más nos gusta a las tres. Inmediatamente llegaron los fantasmas. Total, estábamos como de campamento sólo que sin fogata, sin carpa y sin Te recuerdo Amanda, guitarra de por medio. Lo de Vamos a desalambrar nos había quedado re claro a todas antes de cumplir los quince. Ni qué protesta social ni revolución: vamos a desvirgar. Alejandra tiene una onda The tales from de cript literalmente infernal, y a la valquiria de la Ceci mientras más lejos del Walhala, mejor. Yo quizá padezco de sobredosis de Viaje a las estrellas, el tarot redondo y ¿Le temes a la oscuridad?, pero ellas son fanas de Stephen King, Truman Capote y Asesinos por naturaleza.

Me encanta que las cosas transcurran, que la acción se manifieste. Por eso que empezarámos a contar nuestras experiencias extrasensoriales no fue ninguna casualidad. Era casi como la consecuencia natural de estar las tres reunidas esa noche, en ese lugar, que, más tarde lo sabríamos, era la respuesta necesaria, adecuada, a una invitación que una de nosotras había tenido en sueños. Cuando los fantasmas te quieren hablar buscan cualquier excusa y no piensan en Ghost ni en sus pobres efectos especiales. Cualquiera que haya tenido encuentros, llamadas o citas con gente que no tiene sombra, temperatura corporal ni DNI, sabe que se trata de otra cosa. Los duendes del Señor de los Anillos escondiéndote objetos de uso diario, caminándote por encima de la cama o atravensando el mar en el baúl de nuestros abuelos inmigrantes son absolutamente reales fue nuestra científica conclusión.

Tipo doce de la noche decidimos salir. Ya está bueno de espíritus, mirá que esta noche voy a soñar de nuevo y no está Luis Felipe para avisarme, dijo la Ceci. Fumamos el último cigarrillo y nos compusimos las caras y los pelos. En la recepción le preguntamos a un señor tan prolijo que parecía salido de Lo que queda del día: ¿Hay un lugar más o menos cerca donde se pueda tomar algo y escuchar música? Cuando dijo por supuesto, y no of course nos quedamos heladas. The Sun queda apenas a unos quince kilómetros. Tienen que ir por aquí hasta acá, después doblar a la derecha por el camino de tierra, tomar la ruta, seguir hasta la ciudad, atravesarla y cerca de las últimas luces, ahí está el sol del Sun. Un ratito, nomás. No pueden perderse. Justo en esa frase se le escapó una sonrisa que nos hizo dudar de su profesionalidad. No le prestamos mayor atención, porque es increíble cómo una se va poniendo poniendo paranoica con este laburo, dijo la Ale.

Como yo no manejaba no me preocupé por escuchar con mucha atención, pero la Ceci y Alejandra trataron de aprenderse el dibujito que el conserje hizo en un papel amarillo con el logo del hotel. No pude dejar de decir que, claro, The Sun y Samay Huasi, producto de la globalización, tenían mucho que ver, porque en Mendoza somos re primer mundo, ¿viste? Y para no desentonar puse el CD de Morphine que tanto me gustaba.

Conductora y navegante se pusieron las pilas para tratar de llegar al sol y, aunque parecía el nombre de un tema de los Beatles o Manal o Spinetta, se tomaron el itinerario tan en serio que cuando salimos a la noche con todas esas enormes estrellas que entraban por las ventanillas abiertas hubo primero un silencio estremecedor y después unas risitas nerviosas de esas que hacemos las mujeres y los niños cuando nos da un poco de miedo. Ajá, ahora se dan cuenta de que yo no hablo huevadas, les decía yo con una autoridad mezcla de Carl Sagan y Ludovica Squirru, miren el cielo y estremezcánse, turras, que no estamos solos. Y empezaron unos discursos de humor metafísico que si nos hubiera oído el padre Seschi nos excomulga inmediatamente, pero que si nos hubiera oído Fabio Zerpa nos contrata al toque.

Penitenciaguite, penitenciaguite, decía la Ale porque le encanta el albigense de El nombre de la rosa. Cállense, hijas de puta, no me hagan reír que me trago un piedrón de esos y nos vamos al re carajo, decía la Ceci, con su habitual corrección. Lo mejor fue la parte de la noche tupungatina, tupungatense, tupungatuna, tupungativa, tupungatosa, tupungatita, tupungatona porque a las dos les encantan los gatos y cuando descubrieron que Tupungato tiene la palabra gato adentro, se pusieron como locas en una suculenta reedición de "Formar familias de palabras", tarea que todos hemos cumplido desde primer grado hasta ahora. Como yo soy alérgica a casi todo lo que tenga cuatro patas y bigotes, me puse a mirar para afuera mientras la 4x4 avanzaba en busca de la ruta con las luces altas debilitando a la oscuridad que se abría y se cerraba a nuestro paso.

Che, allá afuera hay una mujer. Qué. Dónde. Allá adelante. No es que yo tenga vista de lince ni mucho menos, pero unos cien metros más adelante una figura femenina resplandecía al borde del camino. La Ceci levantó el pie del acelerador y fuimos acercándonos. Parecía muy joven y un vestidito floreado tipo china, de esos que se ven en el carrusel de la Fiesta de la Vendimia y en los actos del 25 de mayo de las escuelas primarias, se le agitaba con un viento que había empezado a soplar tímidamente. Tenía las manos en gesto de hacer dedo y una hermosa riñonera verde fluo, que era lo que brillaba cien metros más atrás. Qué hago, dijo la Ceci. Parate, dijo la Ale. Pero y si es un señuelo y le salen de atrás cuatro tipos y nos hacen re cagar. No seás boluda, eso pasa en las películas yanquis, dije yo.

La chica se acercó sonriendo a la ventana y dijo buenas noches. Ay, son todas mujeres. Qué suerte. Van la ciudad. Me pueden llevar. Tenía unos ojos más grandes y negros que el agujero que dejaba la luna nueva. Hasta dónde vas, dijo la Ceci que como manejaba se había atribuido un dudoso rol de mando. Hasta la ciudad. Voy a bailar. Bueno, subí, dijo la Ceci que la quería hacer corta no vaya a ser que salieran cuatro monos de atrás de las jarillas. Gracias, gracias. Yo le abrí la puerta trasera y se sentó al lado mío. Cómo te llamás, dije. María, dijo y respiró hondo. Si se hubiera llamado Carina, Jennifer o Erica probablemente le hubiéramos hecho de entrada un chiste pesado. Pero no. María o Teresa o Rosa iba bien con su carita redonda y lozana.

No tendría más de dieciocho años, le calculé mientras ella seguía agradeciendo y explicando que vivía en un puesto de por ahí y que, en verano, todos los viernes a la noche, cuando su padre se quedaba dormido, se ponía el vestido floreado, iba hasta el camino y esperaba a que alguien pasara para llevarla a la ciudad. A veces, como ahora, tenía suerte; a veces no. La verdad que no iba mucha gente al hotel, no sé si le hacen bien propaganda, vienen muchos rubios y gente platuda, gente de Mendoza, se nota, yo a veces voy al hotel a mirarlos, tienen linda ropa, vienen hombres solos a subir montañas, pero a veces se mueren me han contado, vienen novios de luna de miel, me encanta verlos pasear de la mano, me da risa cuando andan a caballo, no saben, pero don Lucero me ha dicho que no vuelva porque parece que asusto a los niños y que las mujeres embarazadas sueñan que van a tener un accidente, pero yo me escondo, porque yo sé esconderme y igual los miro.

Mientras María hablaba, yo la miraba despacio. Tenía unas sandalias que alguna vez fueron blancas, con tiritas, una especie de moño de mostacillas y tacos cuadrados con el plástico un poco mordido y gris. Tenía el pelo más lacio que el dibujo de La Cautiva de la edición Billiken y una trabita que era una flor, hecha con la misma tela del vestido. Tenía una cadenita dorada con un dije que no alcanzaba a distinguir y un anillo muy brillante en el dedo anular. Me pareció que tenía las manos un poco grandes y pensé que sus dedos fuertes y largos debían ser hábiles para ordeñar cabras y matar gallinas.

Se había sentado bien apoyada en el respaldo del asiento y apenas hacía gestos al hablar. Su voz tenía un timbre misterioso, áspero, como antiguo. La Ceci y Alejandra le preguntaban qué cuántos años tenés, que no te da miedo caminar sola por aquí, que qué hacés, fuiste a la escuela, tenés hermanos. María contestó que veintiuno, que estaba acostumbrada, que cuidar el puesto, que sí y que no. Tenía la piel suave y almendrada, un perfume como de aire del campo y una seguridad avasalladora que desentonaba francamente con su aspecto juvenil.

Siguiendo sus indicaciones, habíamos llegado joya a la ruta, a la ciudad y al Sun, porque ella también iba al único sol que, en la noche de Tupungato, daba albergue y algo de diversión a los parroquianos, paracaidistas y viajantes. La conversación había ido cambiando lentamente. De hecho, María estaba con nosotras y tampoco era cuestión de excluirla. Nos caía bien, o al menos eso parecía, porque los comentarios mordaces se replegaron. Sobre todo a la Ceci le había salido una especie de hada madrina trucha que la invitaba a tomar cerveza con nosotras apenas nos bajamos de la camioneta.

The Sun no estaba mal. Había una barra de buena madera con un enorme repertorio de botellas. Como toda barra que se precie de inglesa en cualquier parte del mundo, ginebra, tequila, ron, cognac, fernet, wisky, cointreau y toda su compañía, obtenían un doble inmediato en el enorme espejo que enmarcaba el espacio donde un barman con camisa celeste y moñito azul picaba hielo a conciencia. El logo, que era una especie de moon con ataque de hígado, estaba en todas partes. En las mesas de los rincones había algunas parejitas que parecían pasarla bien. Era la una de la mañana y sonaba el inefable piano de Charly en Pubis angelical. Nada mal. Nos sentamos en una mesa del centro del bar. También era de madera y en el mantel, un poco arrugado y de hilo amarillo, había un corazón dibujado con birome que decía María sua Rubén. Che, esta no serás vos, dijo Alejandra. No, no, por favor, dijo María ruborizándose un poquito. Marías hay muchas. Qué esperanza.

Un mozo petiso, mezcla del Chango Nieto y Danny de Vito, se acercó. Qué cerveza tiene. Andes y Budguaiser, dijo. Budguaiser. Y una picadita, no sé, unos quesitos, un jamoncito, unas papitas, un pancito, dijo la Ceci que cuando se pone a comer le da como una ternura gastronómica insoportable. La picada de la casa completa trae y empezó el detalle. Eso. Diez minutos más tarde estábamos brindando por María, y Talia, Aglae y Eufrosina, claro.

Y ustedes. Nosotras qué. No sé. Qué hacen. La tentación de contestar cualquier gilada fue muy grande. Yo cuido a mi gato y a mi marido, dijo Cecilia. Yo cuido a mi hijo y a mi psicólogo, dijo Alejandra. Yo me cuido a mí misma, sobre todo la parte del hígado, dije yo. La risita esa como de tiza sobre un pizarrón que tiene la Ceci hizo que más de un parroquiano se diera vuelta a mirarnos. María se rió con nosotras como si supiera de qué estábamos hablando. Bueno, no. En realidad. Y con cierta cautela periférica, cada una empezó a contar algo. María nos escuchaba muy atentamente. No pude dejar de sentir una cosa rara. Celebraba los chistes, y aunque no había ninguna malidicencia en ella, tampoco había ninguna ingenuidad. Sus tremendos ojos reparaban en una y otra y un brillito como de retoque de escáner le iluminaba la mirada cuando una de nosotras hablaba de algún hombre. Me llamó especialmente la atención que le hiciera tantas preguntas a la Ceci cuando contó en detalle y sin ninguna necesidad lo de su divorcio. Parece que de golpe te pegó la Budguaiser, le dije cuando empezó a putear a la turra de la Sole que le había birlado su primer marido.

A esa altura, el Sun estaba lleno y claro, si en ningún lugar cuatro mujeres solas pasan desapercibidas, mucho menos en esos lugares. No es que se trate de subestimar a nadie, pero es que realmente, una morocha con minifalda de cuero, una castaña con remerita escotada, una rubia con enterito de leopardo y una trigueña con vestido de china, juntas, tomando cerveza y fumando un cigarrillo detrás de otro, llamarían la atención en cualquier parte menos en Nueva York. Y Tupungato no se parecía mucho.

Ahora dudo de que no tuviera nada que ver, pero justo cuando un Bésame, bésame mucho cantado por Rosamel Araya o alguien así estaba deslizándose entre el humo del bar, sentí un escalofrío incómodo. Como si se hubiera abierto de golpe una puerta y fuera invierno. Vi que Alejandra se sacudía un poquito y cómo la Ceci se ponía en alerta. No era mi primera vez de esa sensación y no era sugestión por lo que habíamos estado hablando en el hotel. Pero justo en la parte del "como si fuera esta noche la última vez" me acordé de una leyenda que me había contado Sergio cuando me estaba haciendo el filo. Era la de una mina fantasma que se le montaba en el anca del caballo a los criollos solitarios que atravesaban de noche la montaña y que al otro día aparecían o locos o muertos o ciegos. Lo sexista del cuento era que ningún hombre le había visto el rostro. Me alarmé en serio y no por acordarme de Sergio y de sus historias, sino porque realmente parecía que la temperatura del bar se había alterado.

La que no se había alterado lo más mínimo era María, que seguía charlando. Sí, yo tuve un novio, íbamos a casarnos y bueno, ustedes saben, era tan lindo, era alto, un machazo, se llamaba Lucio y era famoso acá en el pueblo porque peliaba muy bien y dejó sin aliento a más de uno, tenía una voz que cuando me llamaba o me decía que me quería, tenía una escopeta traída de Buenos Aires y trabajaba para don Rosas, el del campo grande, por donde pasa el río y no hay tanta piedra y los animales crecen sanos y fuertes, lo conocí en el bautismo de la niña Leonor, la hija chiquita del patrón, y apenas lo vi me subieron los calores que mi abuela me había contado que subían desde la panza cuando una ya era mujercita y te encontrabas con un gaucho bien armado, la capilla estaba llena de gente pero él me vio a mí nomás, se acercó despacito y me habló con esa voz, tenía un sombrero negro y un pañuelo en el cuello y cuando la niña Leonor se puso a llorar por los chorritos de agua bendita que le había largado el padre José él fue el único que dijo algo, dijo se nota que es una chinita de ley, mirá cómo anda llorando y todos lo festejaron, hasta don Rosas le dijo chancleta tenía que ser y él me miró cuando el padre José le dijo y bueno, usted para cuándo y él le dijo pronto, padre, pronto y se tocaba el bigote finito que tenía y me miraba.

Y qué pasó, te casaste, le dijimos las tres casi al mismo tiempo. María había contado todo eso de un tirón, arrugando la servilleta de papel con una mano y juntando todas las migas de pan casero esparcidas por el mantel, justo en el centro del corazón que decía María sua Rubén, más exactamente arriba del sua. La habíamos escuchado con atención porque su relato era rápido y sencillo. Con su voz antigua iba tirando las escenas como distraída, como quien reparte las cartas para jugar un truco. La sobredosis de campo me la curan con Tranquinal y rayos láser, le dije a la Ceci despacito. Callate, boluda, me dijo en su estilo lady Di mendocino. Mientras María hablaba su anillo, que parecía de oro, brillaba con intensidad. Tanto que Alejandra, por instinto, se miró las manos y su propio anillo de bodas parecía opaco, viejo, de torta de casamiento al lado del anillo de María.

No pudo contestarnos porque en el Sun entraron cuatro tipos. Camperas de cuero, jeans, botas de caña alta. Obviamente, las cuatro hicimos un parate y los miramos un momento. Los chabones se sentaron en la única de las casi veinte mesas que estaba vacía y se estiraron como si fueran a crecer. Con una cierta alternancia, aporayon un codo en el mantel, abrieron la carta, sacaron un cigarrillo y miraron a su alrededor. Eran treintones con pinta de venir por lo menos de tan lejos como nosotras, de haber dispuesto de ese fin de semana tan a su capricho como nosotras y de estar regularmente aburridos como nosotras. Tenían su pinta y las camperas hablaban de disponer de una buena tarjeta de crédito. Cuando nos vieron hicimos lo tradicional, ignorarlos con una encantadora sonrisa. Yo el rubio, dijo la Ceci. Yo el flaco, dijo la Ale. Yo el alto, dije yo. No quedaba otra, para María, el de bigote.

No, no me casé, dijo María. Por qué. Y el anillo, preguntamos. Me lo dio él. Noviamos un tiempo y me dio el anillo y la plata para hacerme el vestido de novia, que me iba a hacer mi abuela que cosía muy bien. Yo estaba preciosa.Todos me decían, buena prenda se va a llevar el Lucio. Hasta me salieron unos enamorados que yo no me iba a imaginar. Es por el casamiento, decía mi papá, ahora que vas a ser una mujer casada todos quieren probar el gustito. Ay, papá, salí, no seás bruto, le decía yo. El día del casorio era domingo, en noviembre. El vestido era muy blanco y me habían hecho un tocado de tul largo. Yo estaba muy nerviosa y cuando llegué a la capilla y me di cuenta de que el Lucio no había llegado, me puse peor. Estaban todos, don Rosas, la señora con la niña Leonor haciendo bulla, el comisario, los peones, mi abuela, mi padre, los enamorados y el padre José. La fiesta iba a ser al mediodía en el campo de los Rosas, pero empezó a pasar el tiempo y él no aparecía con su sombrero negro y su pañuelo al cuello. Nunca apareció. Dicen que se escapó a Mendoza con una ahijada de la señora. Pero nunca supe bien. Mi abuela se murió de la vergüenza y mi papá de la rabia me llevó al puesto más perdido que había, para que no me volviera a pasar lo mismo, me dijo. Yo me dejé hacer. No podía dejar de llorar.

Con toda la cerveza que habíamos tomado y con esa historia tan triste, nosotras casi tampoco. Bueno, ya está. Sos joven y seguro que vas a encontrar a alguien mejor que el Lucio, le dije. María me miró como si me fusilara. No soy tan joven, dijo. No seás tonta, sos una pendeja, dijo la Alejandra. No soy tan joven. Ahora la voz le sonaba realmente antigua. Ese tipo es un cabrón, un hijo de puta que no vale la pena ni llorar por él, dijo la Ceci. Ahora ponete las pilas que esos cuatro de allá nos están mirando y no vamos a dejarlos con las ganas, dije yo.

Pero los pibes tenían menos onda que un pintor de obra y cuando empezaron a comer el segundo lomito y a tomar cerveza como un holligan, con eructos y todo, qué asquete, dijo la Ceci, se parecen al osito de la fundación vida silvestre, dijo la Ale, no way josé resumí yo. María no dijo nada y siguió relampagueándolo con los ojos al de bigote que era el que más le gustaba. Cuando el Chango Danny nos trajo el café grande y cargado, ya estábamos aburridas, con sueño y con un montón de ideas sin hilvanar, que seguramente merecían una conversación, pero mañana.

María estaba resplandeciente y mientras la cerveza había hecho efecto en nosotras y en un par de encuentros más o menos premeditados en el baño habíamos alcanzado a decir qué mina rara esta, sabés que me da un poco de miedo, no seás boluda, pero es que yo soñé el martes y sé que era el martes porque fue el día en que me enojé muchísimo porque el Negro Miranda me quiso levantar y yo andaba con una calentura bárbara, soñé el martes con una mina que andaba a caballo con un vestido blanco y un tulcito que le colgaba, como lady godiva, no, tarada, es en serio, la mina no tenía cara y yo le veía el caballo, el tul y las manos, y en las manos el anillo,un anillo muy brillante, dijo la Ale de un tirón mientras hacía pis con la puerta medio abierta, la Ceci fumaba como si estuviera a punto de subirse a un avión y yo me pintaba los labios. Entonces, clic, enganché. Ustedes sintieron el frío. Sí. Ustedes sintieron esa sombra que pasaba. Sí. Y si la tipa esta tiene que ver con lo de la mujer enancada, dije. Está bien, yo las quiero mucho, pero están re en pedo, se tomaron toda la budguaiser y como yo me he cuidado porque tengo que llevarlas de vuelta al hotel, están re en otra y los fantasmas no existen, bueno, sólo existen en San Rafael, dijo la Ceci y nos largamos a reír con menos conciencia que Valeria Mazza. Ché, pará boluda, es mucha casualidad, dijo la Ale, a quien le encantan los encuentros fortuitos.Yo, que soy la más científica de las tres, dije que la casualidad no existe. Existe la causalidad, porque la ley del caos. Nena, callate, dijeron al unísono y sin ensayar la Ceci y la Ale.

Volvimos a la mesa con un intervalo de cincuenta segundos como si eso disimulara algo ante María. Pero María ya no estaba. Se había sentado en la mesa de los boy scouts creciditos, hablaba animadamente y parecía encantada. Me parece que esta chica es la más turra del barrio, dije. Viste cuando se levantaba la punta el vestido y jugaba con la medallita como si fuera una Bety Boop criolla, dijo la Ceci. Viste cuando el gil de bigote le tiraba un besito y ella hizo rodar la piedra del encendedor, dijo Alejandra. Mirá, mirá cómo lo enrosca al de bigote. Me cortó la frase en el comienzo porque María se había levantado y venía hacia nosotras. Se podría decir que casi no pisaba el suelo pero cualquiera lo tomaría como una exageración. Chau, chicas, gracias. No hubo baile, pero bueno, la pasé muy bien con ustedes. Te vas, le preguntó Cecilia que a esa altura le quedaba de hada madrina lo que a Adriana Salgueiro de cerebro. Sí, dijo entre tres risitas, me voy con el de bigote. Me va a llevar al puesto. Nos dio dos besos a cada una y dejó que el de bigote la tomara de la cintura cuando cruzaban el umbral del The Sun.

Sin darnos cuenta del todo, casi que los acompañamos hasta la puerta. La Zuzuki los esperaba afuera y las estrellas brillaban como en los Expedientes Secretos X. Cuando vimos que se subía a la moto del chabón con un modito como de montarse, el Sun brilló en nuestras cabezas. El novio, dijo la Ceci. El condenado, dijo la Ale. El muerto, dije yo

Antonio Di Benedetto
Iverna Codina
Juan Draghi Lucero
Otros Narradores
Premios Vendimia

 

Copyright 2005 PUNTO COM S.A.  Reservados todos los derechos.