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El Día que en Inglaterra Murieron Dos Reyes

por Liliana Bodoc
Representación de El Rey Lear, teatro EL GLOBO. Un día del año 1599, Londres, Inglaterra.

Manchas negras navegan por el Támesis hacia la orilla sur. Algunas toman la delantera y ya se parecen más a un bote que a una mancha; más de ningún color que negra. Vienen desde el fondo en abanico pero amarran amontonadas, buscando lugar en el mismo embarcadero.

Los gritos llegan antes. De bote a bote, familias que vienen separadas eligen un lugar de reunión. De botero a botero acuerdan la tarifa de los próximos viajes.

Cuando los botes vacíos parten a buscar nueva carga, los pasajeros siguen todavía allí, desconcertados y entumecidos. Mirando la mañana. De a poco, empiezan a recordar qué asunto los trajo por el río. Se aseguran de que todo esté en orden. En las bolsas: manzanas, panes con especias y cerveza. Las monedas ajustadas, los niños a la vista... Se alisan la ropa, y con el primer paso ya están de feriado.

Muchos han llegado antes que ellos. Marineros, artesanos, trabajadores de los astilleros, todos caminan en la misma dirección.

La marcha, blanda y hacia el sur, se detiene en una riña de gallos; cruza a la taberna para tomar una cerveza sin gastar la propia; vuelve a cruzar por el amaestrador de zorros, le tira lo merecido y se va a buscar un buena sombra.

Después de almorzar, hombres y mujeres con sus niños vuelven a caminar hacia el sur. Ahora van apurados. Son las dos de la tarde y está por empezar la función. Al final de la calle, espera lo mejor del día: las puertas abiertas del teatro EL GLOBO de míster Burbage.

Esa tarde se ofrece una de las obras favoritas de la mayoría. Es la historia de un rey traicionado por sus hijas, la historia del rey Lear.

En la entrada se mezclan los pobres y los ricos; los que vinieron por el Támesis con su cerveza a cuestas y los que llegaron en carruajes. Adentro, unos se acomodan muy cerca del escenario. Otros se agolpan en las galerías altas, con su cerveza a cuestas.

El teatro atiborrado huele, por un rato más, a hojas de enebro quemadas.

En el escenario está dispuesta la sala del trono. Palacio del Rey Lear. Detrás de los lienzos de fondo, los actores aflojan músculos. Entre las exigencias de los actores y las caballerizas, un muchacho va y viene. Al lado de las caballerizas, en una cama triste, Gordobuc se muere.



Gordobuc, que ahora se muere, había sido el primer actor de la compañía Burbage e hijos cuando todavía funcionaba el edificio de la otra orilla. Con el tiempo, su salud empezó a ceder de tan poca como fue siempre. Las manos le temblaban y en la memoria se le perdía el orden de las palabras. No pudo seguir actuando, pero llegó a un acuerdo con los Burbage: teatro y comida en nombre de los buenos recuerdos y a cambio del trabajo de su hijo.

Gordobuc no es su nombre verdadero, nunca jamás así lo llamaron cuando nació. El nombre era de otro, del personaje que mejor representó. Un rey sombrío que se hizo aclamar por la orilla norte. El puso la garganta, la dulzura y la rabia, sus últimas fuerzas. Por eso, creyó justo quedarse con el nombre.

Ahora, hasta su hijo le dice Gordobuc. Es un buen muchacho, su hijo. Trabaja como un hombre. Limpieza, caballos. Y en los días de función, moverse muy rápido entre las exigencias de los actores y la cama triste donde su padre se muere.

Gordobuc escucha los clarines. El rey Lear, su séquito y sus tres hijas están entrando al escenario. A la sala del trono. La galería alta se calla sin interrupción hasta callarse, muda.

El muchacho debe estar por llegar a echarle un vistazo. No tiene ocupación cerca del escenario mientras Lear anuncia su decisión enorme de rey enorme: repartir su poder. Hija uno, hija dos, tres hijas: el reino en tres partes. Tres hijas, en tres partes sus días de viejo.

No se demoró más que el tiempo de correr el patio. Corre, piernas flacas, de Gordobuc a Lear. Viene para hacerlo sonreír, viene para hacerle olvidar que se está muriendo. Eso, unas cataplasmas y unos jarabes inútiles es todo lo que puede hacer.

Entra con gesto de actor. La galería repleta, le cuenta. Y no volaba una mosca cuando Lear preguntó a sus hijas... Elige una voz que lo haga sonreír : ¿Cuál de vosotras, decidme, me ama más? Ni mosca cuando Gonerila respondió: Os amo más que a la luz de mis ojos. ¿Es así, Gordobuc? Quiere espantar a la muerte, sigue hablando: Os amo más que al espacio y que a la libertad. Y ahí tiene toda suya su tercera parte del reino Gonerila mi Señora. Ni una mosca cuando habló Regania. Busca voz de mujer: que alcanza el cariño de Lear, que para ser feliz el cariño de Lear. Y tome también su parte por bien hablada. Se sienta en una esquina del colchón. Cuando nuestra Cordelia, más silencio. ¡Qué bien estuvo hoy, Gordobuc! ¡Qué bien estuvo! Parecía verdad que no le salían las palabras para responderle a su padre. Se levanta de un salto, busca voz de Cordelia: ¡Infeliz de mí que no puedo llevar dentro de mis labios, el corazón!

El público de la galería alta olvida la cerveza a mitad de camino. ¡Habla, Cor

delia! ¡Habla que Lear confunde con desamor tu torpeza de lengua!

Ni una mosca cuando la furia de padre, piedra equivocada, cae sobre la más pequeña: Desde ahora y para siempre te consideraré extraña a mí y a mi corazón.

¡Que la herencia de Cordelia se reparta entre sus dos hermanas!

El muchacho deja a Gordobuc, y sale corriendo a tocar un tambor detrás del escenario. Van a entrar el Duque de Borgoña y el Rey de Francia, los pretendientes de Cordelia. La última soltera entre las hijas.

Rey viejo, te estás equivocando, piensa Gordobuc. Gordobuc recuerda a otro que era rey y era viejo.

Lear señala a la hija de su odio. La galería alta se encrespa. Entrego a Cordelia con la desgracia por toda riqueza. Lear dice, señala y pregunta a los que decían amarla:¿La tomáis o la dejáis?

El Duque de Borgoña la deja. ¡Cobarde, Borgoña! Gordobuc recuerda a otro rey.

El de Francia la toma. El público aúlla. Gordobuc agoniza.

El muchacho debe estar por volver. Cuando termina el primer acto, un rey descansa con la mano de su hijo sobre la frente. Otro rey sangra uñas de hija clavadas en el corazón. ¡Tus uñas, Gonerila, tan afiladas como tu lengua!

Se terminó la cerveza, y la galería alta reclama a gritos que siga la función. Reclaman para tu mal, pobre Lear. Ahora es el turno de Regania.

El muchacho volvió a marcharse para avivar el fuego donde se queman las hojas del buen olor. Gordobuc lo espera con los ojos hacia el techo. Sabe que no tiene obligaciones durante el segundo acto. El muchacho empuja la puerta de la habitación con una de sus morisquetas estudiadas. ¡Qué bien va, ni una mosca!

No vuela una mosca sobre tu dolor, pobrecito y querido rey loco. Así sueña Gordobuc, otro rey traicionado en un escenario de hace muchos años.

Hija Gonerila, Regania también, las dos te repudiaron apenas empuñaron tu riqueza. Las dos que tanto amor dijeron, te condenaron a vivir en un rincón, callado y solo. ¡Pobre loco querido!

Y tu Cordelia lejos, en los brazos de Francia. Pero alcanza el orgullo de Lear

viejo para elegirse la sentencia. El muchacho se sube a una banqueta y recita con los brazos abiertos: ¡Antes prefiero ser compañero del lobo y del búho! Eso dice Lear y se va al destierro.

¡Corre, muchacho! Corre que empieza el tercer acto y hace falta un descampado, una noche oscurísima y lluvia sobre el rey abandonado.

Lear llora. ¡No, no quiero llorar más! No llores, le exige Gordobuc, de rey a

rey.

La muerte lo lleva. Lo arrastra para siempre. Pero Gordobuc se agarra de su

cama triste. Quiere escuchar el cuarto acto.

Tu hijo está prestando atención al escenario. Hay movimiento de tropas y tiene trabajo que hacer. El rey de Francia vuelve. Cordelia, la hija del amor, vuelve para desagraviar al rey viejo, padre traicionado. Pero es tarde, el tiempo ya se fue.

Lear como sombra descalabrada. Tu rey, loco.

Loco de remate como yo estuve. Gordobuc habla sin nadie que lo escuche. ¡Pobres reyes!

El muchacho ya está detrás del escenario para alcanzarle a Lear su corona de flores. El rey entra a escena coronado de loco. Cordelia lo encuentra. ¿Me conoceis?, pregunta. Su padre responde: Sois un espíritu, lo sé.

La galería alta empieza a lagrimear. Termina el cuarto acto.

El hijo de Gordobuc entra a la habitación. La muerte entra con él, decidida a

todo.

Acto quinto. Se acaba la tragedia.

Vamos...vamos, le hacen señas al muchacho para que ayude con las trompetas de la última escena. Vamos...vamos, le hace señas la muerte a Gordobuc.

Gonerila y Regania disponen para que muera la que no supo encontrar las palabras. Todo es desolación, tinieblas y luto. Lear regresa desde la locura el tiempo apenas de ponerse a morir con la hija del amor. Y se muere con ella. La galería alta llora estas injusticias.

Tu hijo, Gordobuc, está corriendo el patio. Se burla de los versos finales, es lo único que puede hacer para aliviarte la agonía. Mientras corre dice: El anciano ha sufrido muchísimo; nosotros que somos más jóvenes...

Entra y te ve, ¡pobre Gordobuc!. Pero termina: no veremos tantas cosas ni viviremos tanto. Igual termina y se sienta en la banqueta, porque total ahora no lo espera ni escenario ni cama triste.

Antonio Di Benedetto
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