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Pancha Alfaro

por Armando Tejada Gómez
La Pancha Alfaro no amaneció ese día. Dicen que se quebró como la leña o tal vez a mi me gustó pensarlo así, porque desde cualquier distancia de la memoria, la recordaba seca como sarmiento seco. Leñosa y encorvada. Ya más cerca de la tierra que de cualquier pariente, como volviendo a ella, porque ni suponer que la Pancha Alfaro viniera de otra parte, con su cara sumida y ese color cascote que resaltaba más bajo su pelo blanco. Mirándola matear en su silla bajita, era un montón de arcilla modelada a intemperie. Nunca pude olvidar sus ojos allá adentro con una extraña luz de vivo brillo, como si ese sitio de su rostro se le hubiera agolpado, para siempre, la vida. Pero solo sentada se le podía ver esa luz de la sombra. Cuando andaba, ya dije que miraba la tierra. Todo su cuerpo enjuto era una gran pregunta, una interrogación del infinito. De luto. Como toda mujer del vecindario, salía por la tarde a juntar ramas secas para el fueguito suyo donde hervía una pava más golpeada que el Trufa, que era el tonto del Barrio.

- ¿ Cómo está, doña Pancha?, preguntaba la gente

- y, aquí me tiene m ´hijo, tomando unas agüitas.

- Se me va a poner verde de tanto tomar mates.

- Dios l ´oiga, m ´hijo y el diablo se haga el sonzo.

- A ver si en una de esas se le da por brotar

- ¡ Pujjj... pa ´lo que hay que ver... !





Tenía el genio joven y la edad de la piedra inmemorial, recóndita, un silencio

durable. Acaso no pensaba y eso que era inmóvil. Silenciosa por días, hablaba si le hablaban. Pero entonces, llamada por las voces del mundo, como si alguien golpeara en su yesca dormida, estallaba en mil chispas de sorprendente luz. Se dice que pasaba el día hablando sola, dialogando hacia adentro con sus propias cenizas. Por eso, si pensaba cuando se estaba inmóvil, se le juntaban todos los nombres del olvido, todo el ramaje muerto del árbol de sus días, alguna voz querida, como de niño o tórtola, el finado José, la mamá, la ausencia, el río de antiayer, algún pañuelo, palabras de doler, aquellos pájaros, el tata galopando por el tiempo, la lluvia sideral de tarde en tarde, el asombro mujer, la luna añeja, esa media canción de medianoche como dos mitades de silencio y por si más, si fuera que tuviera donde poner júbilo de entonces, la cueca le volvía remolino desde su hazaña intacta de bailar hasta el alba, con sus pollera al aire degollando los gallos y destemplando todas las guitarras del mundo.



" La luna va

bajo el cielo de la cueca

viendo crecer

la flor de la polvareda "



Porque de joven dicen que anduvo con la cueca y novió con la copla azules

madrugadas y tuvo su alegría de sangre jubilosa hasta quedar durando en memoriosos sueños. Lejos de esa apariencia de duro barro terco, la leyenda la supo con sus lujos y detalles. Y todavía andaba, ya muy alta la noche, fatigando tonadas en la boca de nadie, pues el canto la canta de la voz hacia fuera y no le junta el bulto mísero a la palabra



" Sube la luz

en el canto de los gallos

y al alba está

bailando la Pancha Alfaro "



Cuando no amaneció, que fue ese día, yo le extrañé los ojos de allá abajo, la oscura luz oscura, su obsecado relámpago. Sentí pasar su muerte por la boca de todos y creo que, por un instante, se me murió el paisaje.

Dicen que había muerto con los ojos abiertos y que no se animaban a cerrárselos.

- ¿ Qué miraría?

Dijo doña Zoila de un lloro.

- La muerte, pues, que viene en un caballo blanco.

- Solo la ve el que muere.

- No todos ven la muerte.

- El finado decía que veía a su madre.

- Tiene formas distintas.

- Depende de la vida ...

- La muerte es diferente si uno muere en pecado.

- ¡ Qué pecado, la Pancha!

- ¡ A la vejez viruela!

- Dios no sabe de olvido.

- ¡Bendito Dios!

- ¡ Ni un alma para cerrarle los jos!

- Le quedaron abiertos...

- Costó un Perú cerrarlos...

- No le quedaba nadie desde que murió el gringo

- Bendito, Dios, Jacinta ...

- Tendremos que velarla...

- Andate a lo del Turco que te fíe anisado.

- Llamame a la comadre que le rece un rosario.



"Llora el cantor

coplas a la madrugada,

limpiale, amor,

con tu pañuelo la cara"



A su rancho que nunca llegaban ni los perros, se le apegó un gentío la tarde de ese día que no amaneció. Cuando la luz, ya viuda, se apagó en el crepúsculo, vi avanzar medio sombra a todo el vecindario, algunas muchachitas con cuatro flores ralas, la cabeza cubierta de las graves mujeres.

- La muerte junta siempre a las moscas y la gente.

- ¡ Jesús, con el gracioso ...!

- Como si alguna vez no fuera a morir.

- Ni muerto, mire vea.

- Va a quedar pa´ semilla.

- Yerba mala no muere

- No hay que quedarse quieto, así la muerte nunca lo encuentra en ningún sitio.

- Con razón anda siempre como la maleta e ´loco .

- Andariego que es uno...

- ¡ Chito ...! ¡ Que están rezando!.



Y en tanto que crecían las sombras en el patio y alguien prendía fuego para

hacer un asado, desde dentro del rancho donde no entre jamás, la voz de las comadres, como mil moscardones, ronroneaban monótonas, espesas, truculentas, exacerbando el miedo que venía de lejos ? ora pro nobis - , lamiéndome la piel con un escalofrío que era como un lagarto debajo de la piel ? y bendito es el fruto de tu vientre - porque atrás de mi sombra me que daba la noche y más atrás la bruja de los cañaverales ? el señor es contigo ? y el zanjón de por medio como una sepultura para enterrar al diablo largo a largo, de espaldas ? Santa María ? y Dios, según salía de los rezos terribles, era un monstruo feroz como el sapo gigante de las noches sin luna o el dientudo que viene en un caballo blanco ? ora pro nobis ? y dicen que persigue al arriero y le come ? llena eres de gracia ? primero los ojos y luego las entrañas ? amén - .

Y allí entre el lengüeteo fantasmal de las llamas, el tiro del velorio soltaba carcajada, se ponía soez, violento, bárbaro, empinaba la sed rojinegra del vino a costas del silencio inmóvil de la Pancha.

El miedo me empujó alrededor del fuego y allí en la ronda hereje vi que nadie era nadie. Me rodeaban los rostros sabidos, repetidos, pero eran a mis ojos los rostros del espanto, el sapo Dios terrible, el caballo dientudo, la bruja de las cañas y la cola del diablo.

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