Narrativa / Premios Vendimia 

Los Recuerdos

por Alicia Dúo
El ejercicio de la libertad diaria puso al león inadvertido. El error fue pisar confiado un suelo que parecía igual al de siempre. Cayó en la oscuridad, quiso alzarse en el túnel que desparramaba tierra suelta, rugió inútilmente y comprobó que estaba en una trampa. Después lo encerraron en una jaula. Desgastó sus fuerzas en pasos obstinados. Tropezaba con los límites de un habitáculo corto y maloliente. Gruñó de cansancio y de ira, sudoroso de rabia al encontrarse con sus propios excrementos y su orina que demarcaban un territorio tan pequeño.
Se asqueó de la comida. Todos los días le daban el corazón de algún otro animal cazado: de un uru, de una cebra, de una gacela y hasta de cachorros de león. Querían desensibilizarlo al sentimiento y lo estaban alimentando con el origen de sus simientes.
A distintas horas, el carcelero, desde lejos, le golpeaba el lomo con un hierro y con un palo puntiagudo lo pinchaba. Enloquecido de dolor él mismo presentaba sus partes más débiles porque elevaba las patas al aire, tratando de derribar un techo inalcanzable. Sacaba las garras por los barrotes, pero el torturador se alejaba precavidamente. Su objetivo era aleccionarlo para la venganza. Deseaba transformarlo en pura furia y fuerza turbadora.
El viaje fue largo, perdió la orientación. Las noches de tormentos le borraron las constancias de los caminos y le variaron los puntos referentes.
Un día vio el lago rojo. Era el final de un trayecto de sometimientos. Le abrieron la jaula. Tuvo que caminar sobre el agua carmesí que teñían las arenas y llegar al origen del manantial que cubría el desierto: un corazón que manaba y latía. No era un pedazo de carne muerta como las que masticara en el odiable cubículo que soportó a la fuerza.
Disgustado, desconcertó al verdugo que le había arruinado los días y las noches. Ahora los hechos le decían que su esclavizador le había dado el principio de la moraleja: si lograba tragar los corazones, incluidos los propios, estaría libre de golpes y de encierros.
No se comió la entraña. No la devoró y fue consciente de ello, porque al
tenerla cerca olfateó el mismo olor de su primera hembra joven, una leona que cazaba para él entre las sombras. Recordó sus revuelcos en los matorrales verdes y los paseos seguros, serenos, mimetizados entre árboles y helechos altos de la selva. Se dejó llevar por el sol caliente que le aliviaba los huesos reprimidos de esclavitud enjaulada. Lamió el corazón vivo, y acunado en el latido ajeno que era propio en la memoria se durmió con un sueño, al final, fácil.
No contó las jornadas. De uno o dos hombres que lo vigilaban pasaron a ser algunos más y luego una multitud que esperaba certificar una voracidad que deseaban. Él soportó la custodia pacientemente. El tiempo corría a su favor.
Acariciaba el corazón con la piel de los labios, lo limpiaba de la arena que el agua roja cardiolar arrastraba en su corriente. La quietud de las horas igualadas en circunstancias le dieron la razón. La espera cansó al pueblo.
El ahorcamiento de unos asesinos distrajo al populacho enfervecido. Un nativo valiente que no era medroso le puso al cuello una soga. Le explicó que lo llevaría hasta el límite de su país natal y que allí lo dejaría. Si era capaz encontraría solo el camino de vuelta.
En el trayecto el león tuvo que contestar la pregunta que esperaba y renegó por sacar a luz su escondido secreto. No había devorado el corazón porque él sabía que esa terrible carne humana, que no dejaba de llorar sangre, era la de una mujer enamorada. La que alguien nominó Madavirh. Sin desgarrar las venas ni las arterias había logrado hablar con ella y en honor de un recuerdo su hambre se había aquietado. La pretensión de su torturador originario era un presupuesto absurdo con un rebote lógico: nadie que estuviera ahíto seguiría comiendo.
El nativo coincidió con él, pero no comprendía los hechos. Le preguntó con humildad para qué amar si el fin llegaba igual, qué diferencia había entre recluir la voluntad y vivir aún a disgusto y querer domeñar el destino con un amor de muerte obstinada.
­ Es necesario tener un buen recuerdo para comprender la historia ajena­ dijo el león.
Se despidieron en las montañas, después de sentir el temblor de la tierra y comprobar en el horizonte el dibujo nítido de una pirámide negra. No se volvió a escuchar el corazón que por orden del más poderoso estaba escondido
y sepultado. El hombre se encaminó sendero abajo y el león traspasó previsibles, inquietantes peligros para volver al lugar donde su rugido era temido y respetado.
Una noche un pequeño cachorro de su camada, que se consideraba más audaz que el resto, deseó investigar el secreto del animal viejo. Quiso saber si era cierto que había descubierto un lago rojo nacido de un corazón enamorado,
por qué no había destrozado entre sus dientes esa entraña y si era posible que tal fuerza de voluntad, que ninguno de ellos se animaba a juramentar, se repitiera entre la especie.
Él cerró los ojos. Volvió a recorrer los pastos con su primera leona, la que cazaba para él bajo la luna. Protegió su solitaria intimidad y deseó que cada uno descubriera su pasión a tiempo.
­ No sé­ dijo el león­. Puede ser. Ya no me acuerdo.


Antonio Di Benedetto
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