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LITERATURA

Di Benedetto: el periodista cercano, el hombre distante

por Jorge Oviedo

ANTONIO DI BENEDETTO: “El periodista cercano, el hombre distante”


-I-
El periodista


Algunos de ustedes lo conocen. Otros no. Prefiero entonces el recuerdo, o bien la novedad de lo que se revela, para que nos adentremos en el pensamiento del mismo Di Benedetto.
Es quizás el único texto autobiográfico del autor mendocino, más allá de las entrevistas, en que el escritor –en 1970- descubre toda su personalidad.
Incorporado al libro “Diálogos con América Latina”, del crítico alemán Günter Lorenz, puede ser leído tanto como una biografía como un cuento, ya que tiene la pulsión interna del hombre puesto a hablar de sí mismo, del hombre que se retrae y luego se envanece, del ser contradictorio e irónico, de quien se dirige al lector como diciendo “Este soy verdaderamente yo. De usted depende si me rechaza o me acepta”.
Ese texto es, precisamente, el que nos acercará al tema de esta conferencia y nos hará comprender algunos aspectos de las temáticas incluidas en el homenaje.
Dice Di Benedetto: “He leído y he escrito. Más leo que escribo, como es natural, leo mejor que escribo. He viajado. Preferiría que mis libros viajen más que yo. He trabajado, trabajo. Carezco de bienes materiales, excepto la vivienda que tendré. Una vez, por algo que escribí, gané un concurso, y después otro, hasta diez de literatura, uno de periodismo, y uno de argumentos de cine que escribí. Una vez tuve una beca, que me la dio el Gobierno de Francia y pude estudiar en París”.
“Un tiempo quise ser abogado y no me quedé en querer serlo, pero luego desistí porque aunque estudié mucho, nunca fue lo suficiente”.
“Después quise ser periodista. Conseguí ser periodista. Persevero”.
“Valoro mucho mi trabajo, lo tomo en serio porque es importante. Un tiempo anduve de corresponsal extranjero, fui a muchos países, fui testigo de la revolución de Bolivia, la que llevó al poder a René Barrientos”.
“Yo quería escribir para el cine. Pero en general no soy nada más que un espectador de cine, y también periodista de cine. Es una actividad excelente porque se puede viajar mucho. Una vez fui al Festival de Berlín, y otra al de Cannes, y otra a Hollywood, el de los Oscars, y otra, a otros mercados anuales de vanidad. Es muy entretenido. En el Festival de Mar del Plata una vez me pusieron en el Jurado Internacional de la Crítica”.
“Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires. Dios me guarde de tener que vivir algún día en esa ciudad. Nací el Día de los Muertos del año 22. Me gusta la música, especialmente la de Bach y la de Beethoven. Y el ‘cante jondo andaluz’. Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Auto no tengo. Prefiero la noche. Preciso el silencio. No hay más que decir sobre mí.”

Nos toca a nosotros, ahora, en este momento, hablar de él. Y en especial del Di Benedetto periodista y el Di Benedetto hombre. Del primero no hay ningún trabajo sistemático; del segundo, visiones personales de amigos y enemigos, atisbos desdibujados por la frágil memoria de estos 20 años de ausencia física.
Lo literario ha prevalecido sobre el periodista de tal modo, que la fama de “Zama”, “Los suicidas”, “El silenciero”, “El juicio de Dios” o “Caballo en el salitral” ha sepultado la escueta y repetida mención de que fue subdirector de “Los Andes” y “El Andino”. Justa fama, pero injusto olvido.
Basta releer con atención su texto autobiográfico para comprender la importancia que el periodismo tenía para Di Benedetto: “Después quise ser periodista. Conseguí ser periodista. Persevero”. Y luego sus referencias como corresponsal extranjero, como periodista de cine.

Los comienzos

A nuestro autor, el primer contacto con el periodismo le llega de una manera circunstancial, totalmente tangencial. “Cuando tenía once años –relata- poco después de la muerte de mi padre, cuando quedamos solos había mucha tristeza en la casa, una tristeza que a mí me hizo intenso mal. Me empezó a comer por dentro y me fui apagando. Un tío mío que viajaba con frecuencia, me llevó a Buenos Aires. Mi impresión fue la de un mundo adulto, de gente dinámica, de cosas que atropellan, difícil de conocer y entender. Me hizo un bien y me regó para el mal”.
Para Di Benedetto niño, el mal fue Buenos Aires. Y el bien, que se quedaba varias horas solo en el hotel, y salía a caminar, diez o quince pasos a izquierda o derecha del hotel, para no perderse. “A la derecha –recuerda- había un edificio en el que, mirando por unas ventanitas, se veían grandes máquinas cuya función desconocía. Un día las sorprendí en actividad. Era la maquinaria del diario “Crítica”, de donde brotaba una ininterrumpida sucesión de diarios. Esto me produjo un ensimismamiento que me concentraba, me perdía. Primero apresaba la imagen objetivamente. Pero luego esa cinta que parecía una sábana volando, que se va cortando, doblando y produciendo el ejemplar, circulaba por dentro de mí, me llevaba a otras regiones, quizás a las que después veía en las páginas del diario, una vez en la calle.”
Cuatro o cinco años después, cuando ya tenía 15 o 16, se produce su llegada al mundo del periodismo. “No sé qué casualidad –dice Di Benedetto- me acercó a un periódico, “La Semana”, de formato tabloid y páginas verdes. Creo que se vendía en las canchas de fútbol para que algunas personas lo compraran y pudieran sentarse encima y no directamente sobre el cemento”. Esto se lo decía el impresor, un hombre muy pobre, aunque el escritor recelaba de que fuera la verdad. De todos modos, le asignó la página de cine, que entregaba semanalmente.
Luego de esa experiencia, inicia colaboraciones en el diario lencinista “La Palabra” y tiempo después se incorpora al vespertino “La Libertad”. De esa época, década del ’40, y comenzos del ’50, son algunas colaboraciones con “La Nación”, “Mundo Argentino”, “El Hogar”, y cosa curiosa, en “Patoruzú”, -con nombre verdadero o seudónimo- hasta que el 1° de octubre de 1945 entra a la planta de Redacción de “Los Andes” en la categoría de cronista. Es una época en que se mantienen las restricciones a la importación del papel de diario fruto de la Segunda Guerra Mundial, y Di Benedetto y otros redactores son trasladados a Radio Aconcagua, emisora de este diario. “Mis tareas de radiotelefonía –nada importantes ni exigentes- me permitían escribir y estudiar mis libros de abogacía”, dirá en una entrevista. De esos tiempos periodísticos muertos son precisamente algunos de los cuentos de “Mundo Animal”.
Vuelto a “Los Andes”, se desempeña en la sección de Información General, y una compulsa de las colecciones de 1950 permite detectar las letras ADB al término de una larga nota sobre la Capilla Histórica de El Plumerillo, cercana al campamento donde San Martín formó su Ejército de Los Andes, y a la que iba el prócer a la celebración de la misa.
Sin embargo, sus inquietudes culturales y en particular su amor por el cine lo llevan naturalmente a la sección Artes y Espectáculos, de la que pronto será su jefe. En 1952, lo literario se imbrica de manera decisiva con lo periodístico, al aparecer y ser premiado su libro de cuentos “Mundo animal”. El año de 1954 nos lo presenta como delegado organizador de la SADE nacional para fundar la filial Mendoza, cuyo primer presidente es Américo Calí; en 1956 Carlos Preloker le edita “Zama” en Buenos Aires, en su sello Doble P, y encontramos a Di Benedetto como pleno periodista cultural, en una larga entrevista a Borges, flamante Dr. Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo. ¿Qué opina Borges del arte comprometido? “Antes yo estaba en contra – dice- pero he cambiado, sobre todo frente a esta época revolucionaria. Yo mismo me he comprometido, pero tampoco puedo recomendar eso a nadie”.

Años de libros y festivales

Son años de plena efervescencia para Di Benedetto: salen otros libros –“El Pentágono”, “Grot”-, sigue acumulando premios provinciales y nacionales y a su trabajo en “Los Andes” agrega la corresponsalía de “La Prensa”. Luego, en 1960, la beca del Gobierno de Francia que le permite estar ocho meses en Europa, realizando estudios de Civilización Francesa en La Sorbona y de perfeccionamiento en periodismo: audiovisual, en el “Journal Televisé”, y escrito, mediante “stages” en “Le Figaro” y “Le Figaro Litteraire”.
Comienzan a sucederse una serie de notas en que se refleja la avidez de Di Benedetto por el mundo cultural europeo: asiste en París al homenaje que la Cinemateca Francesa rinde a Leopoldo Torre Nilsson por “La casa del ángel” y “Fin de fiesta”, acto en el que están Georges Sadoul, Cavalcanti y Jacques Prevert; reproduce con prolijidad y admiración el diálogo entre Ionesco y Sartre, en La Sorbona, acerca del teatro; realiza una corta escapada a Londres y describe no sólo las costumbres británicas sino que recorre pantallas y escenarios. Vuelto a Francia, es invitado al Festival de Cannes, se fotografía con Georges Simenon, transmite la exaltación que provocan Ingmar Bergman y Luis Buñuel, y asiste a la consagración de “La Dolce Vita”, de Fellini, como mejor película.
En 1961, como crítico cinematográfico, es invitado a formar parte del jurado internacional del Tercer Festival de Cine de Mar del Plata, función que – según él- lo inhibe de escribir sobre los films presentados a la competencia. “Un día, como ni Cesare Zavattini ni yo sabíamos nadar, -relata- nos pusimos a conversar en la playa, él, yo, el documentalista mendocino Jorge Giannoni y el perodista Albrto Mathé”. Reseña, luego, una significativa mesa redonda sobre “Libertad para crear”, en la que participan Juan Antonio Bardem, Alberto Lamorisse, Karel Reisz, Zavattini, Giulio Cesare Castelo, Homero Alsina Thevenet y Jaime Potenze.

¿Quién fue el creador
del “objetivismo?

Dos años después, Di Benedetto es invitado a participar en los festivales de Berlín, San Sebastián y Santa Margarita Ligure. En un cóctel ofrecido por la Embajada de Francia en Alemania tiene la oportunidad de dialogar con el escritor Alain Robbe-Grillet, a quien se identificaba en Europa como el creador del “nouveau roman”, “objetivismo” u “objetismo” junto a otros narradores como Natalie Sarraute, Claude Simon y otros, la misma clasificación o asociación que se había hecho en la Argentina con los cuentos de Di Benedetto.
La anécdota está muy detallada en la entrevista que el periodista Joaquín Soler Serrano le hizo para Televisión Española, pero conviene recordar algunos párrafos de lo escrito por el autor mendocino. “Robbe-Grillet –-narra Di Benedetto- dijo esta cosa sabia: Ni usted ni yo somos los inventores o fundadores del objetivismo. Piense lo siguiente: usted y yo hemos escrito por reacción contra algo, y el mismo efecto pueden haberlo sentido varias personas en el mundo… Nuestro rechazo de cierta literatura nos llevó a escribir de otra manera… No es extraño que la reacción haya sido semejante en mí, que vivía en Francia, que en usted, que vivía en Argentina, y en un señor del Japón que era ascensorista. (Me aclaró, desde luego, que estaba inventando ese personaje) Ese ascensorista, con ánimo y rabia literaria, se puso a escribir, y quizás los tres en un lugar del mundo muy distantes entre sí y al mismo tiempo, escribimos lo mismo”.
“La ventaja que yo les llevé a ustedes dos –me dijo, como si estuviera escuchando el japonés- es que yo nací y vivo en Francia, y me expresé en idioma francés, que tiene una extraordinaria irradiación cultural en el mundo y una gran influencia. Y usted se quedó en Mendoza… Y piense en la situación de ese pobre ascensorista que ve que lo suyo ya se ha vuelto anticuado, y sigue de ascensorista y nunca publicó el libro”.

El profesor de periodismo

Un rasgo muy poco conocido de las múltiples actividades del autor de “Zama” corresponde a su condición de profesor de periodismo. En 1961 la Dirección General de Escuelas había creado la Escuela Superior de Periodismo, con rango terciario y gran aceptación entre los estudiantes. Era el primer instituto de esas características que funcionaba en Mendoza, y el cuerpo de profesores se dividía entre periodistas en ejercicio y catedráticos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo.
Di Benedetto fue designado en 1964 titular de la materia “Práctica y Redacción Periodística”, de segundo año, y no alcanzó a completar el ciclo anual por sus múltiples actividades. El programa , que aún conservo, va desde la simple noticia a la ampliación y síntesis, del manejo de la información de las distintas secciones -espectáculos, cables, económicas- a lo que él denomina, en la bolilla 4, “La calle, el hombre, las fuentes informativas”; del comentario de temas ciudadanos al manejo de una conferencia de prensa o bien una mesa redonda.
El programa incluye en todas las bolillas especificaciones de tamaño, subtítulos y títulos, de acuerdo a la importancia de las noticias. Era el tiempo todavía en que el material informativo a colocar en el diario era ponderado de acuerdo a su trascendencia y no por la actual estética del diseño.
Los alumnos recuerdan tres aspectos de la labor docente de Di Benedetto: su gran cultura, que contrastaba con el pragmático quehacer de otros periodistas, su implacable lapicera de tinta roja que no dejaba pasar ningún error y anotaba consideraciones personales para mejorar el trabajo, y una visita a la Penitenciaría, algo totalmente novedoso para las prácticas periodísticas. “Cuando llegamos a la cárcel, recuerda un ex alumno, Hugo Gascón, Di Benedetto –que ya nos había dado instrucciones- no habló más: estaba pendiente de nuestras reacciones cuando visitamos el pabellón uno, el taller de carpintería, la panadería, y pudimos hablar con los presos y procesados. Esa era una constante de él: quería que sus alumnos fueran inquisitivos y abiertos”.

El corresponsal viajero: Chile
y Allende, Bolivia y Barrientos

El escritor premiado, el cuentista premiado, el hombre de la cultura y los festivales, de trato asiduo con intelectuales del país y el mundo, de repente se encuentra hablando y escribiendo de política internacional. “La Prensa” lo envía en agosto de 1964 a Santiago de Chile. Él por “La Prensa”, yo por “Los Andes”, viajamos juntos con la misma tarea: la cobertura de los comicios para designar al sucesor del conservador Jorge Alessandri. Reinaba una gran agitación en el país trasandino: las encuestas daban por ganador a Eduardo Frei, demócrata cristiano, pero no dejaban de advertir la excelente campaña que estaba realizando Salvador Allende, en su tercera postulación a la presidencia por el Partido Socialista.
Esta circunstancia provoca una gran afluencia de periodistas extranjeros, lo que dificulta en parte el contacto personal de los enviados con los candidatos favoritos. Para compensar la rigidez periodística de los cuestionarios por escrito, Di Benedetto maneja las llamadas “notas de color”: descripción de ambientes políticos en Santiago y Valparaíso, el valor de las encuestas, la incidencia de la palabra “miedo” en la campaña electoral chilena, las relaciones con la Argentina según sea uno u otro el resultado.
Si bien no alcanza la entrevista personal con Allende, Di Benedetto asiste a un acto de los socialistas y cuenta la siguiente anécdota: “Llama la atención el estilo ejecutivo de Allende, que bien por el tono de voz, bien por lo que manifiesta, impera en sus discursos. En el teatro Caupolicán, donde firmó convenios con gremios particulares y de empleados públicos, mediante los cuales se compromete a otorgarles determinadas mejoras si llega al cargo gubernativo, dio verbalmente la síntesis de unas publicaciones que llevaba en la mano. Algunas personas del auditorio pidieron en voz alta: “Que las lea”. Allende, evidentemente no dispuesto a alterar el plan o la extensión de su discurso, exclamó: “Calma, calma. Hay que acostumbrarse a que el camarada presidente dirija al pueblo”.
Los resultados son por todos conocidos: ganó Frei, y en 1970, en su cuarta postulación, Allende será electo presidente.
La positiva experiencia periodística chilena motiva que “La Prensa” vuelva a encargarle una misión en el extranjero, apenas a dos meses de la anterior. Ahora es Bolivia, y la revolución del general Barrientos, vicepresidente, contra el presidente, Víctor Paz Estensoro. Di Benedetto viaja a Bolivia, y el 13 de noviembre de 1964 en la primera página del diario porteño aparece una crónica titulada “¿Quién hizo la revolución contra Paz Estensoro?”, con una extensa entrevista exclusiva al general golpista.
Comienza así una serie de notas que revelan a un Di Benedetto impresionado con el país del Altiplano, sus gentes, sus actitudes. Su lectura revela deslumbramiento, un periodista en su plenitud expresiva y un escritor que se cuela con frases fulgurantes entre los intersticios de la abrumadora realidad. Visita las oficinas del tristemente célebre Departamento de Información del regimen de Paz Estensoro, que según nuestro autor “no era uno de los costados peores del palacio gubernativo y del regimen, con cajas con revólveres por todos lados, cajas de whisky, fichas, grabadoras, constancias de seguimiento. Aquí –escribe Di Benedetto- no hay huellas de sangre como en el otro edificio de control político. Aquí se propiciaba la sangre”.
Acompaña a Barrientos en su viaje a las minas de Huanani y Catavi. En el avión van otros periodistas, y él es el único extranjero. “Desde el aire –escribe- veo cómo los cadáveres se descuelgan por las laderas de los cerros”. En Oruro, las mujeres reciben a Barrientos con papel picado, y en el patio municipal se mezclan los mineros con sus cascos provistos de linternas y las mujeres con los sombreros hongos. Algunos le reclaman elecciones al general, y muchos exigen que no les quiten las armas a los trabajadores: “son para derrocar tiranos”. Tampoco quieren que se desmantelen las milicias.
Di Benedetto sigue su búsqueda de la interpretación de un fenómeno que resulta casi inaprensible. Entrevista en La Paz a políticos como Siles Suazo y Juan Lechín, pero también a la gente común: el destino pone en su camino a Zenobia Barbaroa, india, 52 años, que cultiva patatas en un cerro cercano a Tiahuanaco. La mujer tiene instrucción elemental, y el domingo lee a las mujeres vecinas el único diario que llega al poblado. Escribe Di Benedetto: “Me he detenido ante su puerta, donde las mujeres están al sol de la siesta. El recelo circula en un susurro quechua. Finalmente me aceptan: yo soy una de esas personas desconocidas que escriben en los diarios. Pregunto qué va a hacer el gobierno. Me responde: “¿Usted ha visto la pobreza en el campo?”. Zenobia no tiene zapatos, ni siquiera ojotas; sus amigas tampoco”.
Ejemplo de periodismo literario, o si se quiere literatura periodística, esa serie de notas sobre Bolivia merecerían figurar en una antología de textos que rescaten lo mejor del periodismo argentino. Las crónicas trasuntan un adentramiento tan poderoso que reflejan la honda impresión causada a Di Benedetto. Tan es así que en 1969, ya siendo subdirector, y llegada la noticia de la muerte de Barrientos, carbonizado al caer el helicóptero en que viajaba, escribe en “Los Andes” una nota titulada “El presidente que murió quemado”. Apela a sus apuntes, a su memoria, y recuerda la impresión de ese hombre que conoció tan de acerca, como así el proceso por él iniciado. El cierre de esa nota dice así, con una intensidad vasta y profunda: “Causa asombro, a veces, la profundidad de las analogías, algunas de las cuales parecen predestinadas. Hay en Bolivia una superstición curiosa, acerca de la nieve y los gobernantes. Dice que cuando en La Paz nieva en verano, el presidente se va o muere, y puede que no del modo natural. Se llama popularmente ‘Palacio Quemado, presidente colgado (le ocurrió al presidente Gualberto Villarroel). Lo que sucedió por causa de ese mal vuelo del helicóptero ha permitido esta vez, cuenta un viajero, esta tremenda asociación: Palacio Quemado, presidente quemado”.

El periodista que cambió un diario

El año de 1965 lo encuentra viajando por Estados Unidos, invitado por el Departamento de Estado en carácter de “leader group”. Visita el Actors Studio, describe Nueva York, asiste a la entrega de los Oscars, entrevista y se fotografía con Claudia Cardinale y Lila Kedrova, ganadora del Oscar por “Zorba, el griego”, pero los oropeles cinematográficos dejan paso a otras responsabilidades: el 1 de octubre de 1965 es nombrado secretario de Redacción de “Los Andes”, con retención de su cargo de jefe de las secciones artísticas, literarias y de espectáculos.
A la muerte en 1964 del director de “Los Andes”, Felipe Calle, último hijo del fundador, le sigue la jubilación del subdirector, Patricio Vacas, y la designación de Edmundo Moretti, proveniente de la sección Cables, como subdirector. Con la aceptación de este, y del Directorio, Di Benedetto inicia un profundo proceso de transformación del casi centenario matutino, inspirado sin dudas en sus “stages” franceses” y en la frecuentación de diarios de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.
Se van incorporando así a las páginas del diario, distribuidas en la semana, una sección llamada “Lo que sucede en otras partes del país”, recopilación de diarios del interior; “Mundo Joven”, toda una renovación para el carácter del diario, así como un horóscopo; la sección Tribunales, con fallos y comentarios de la actividad judicial; una original página titulada “Folklore de ayer y de hoy”, a cargo de Alberto Rodríguez y su Instituto de Investigaciones Folklóricas, con especial énfasis en el folklore cuyano; un nuevo abordaje de los temas vitivinícolas y profusión de estadísticas en la sección Economía; una página de “Ruedas y Motores”, que con la publicidad llega a dos; “Caza y pesca”, “Ciencia y Técnica”, los horarios de misas dominicales, y “Calabó y Bambú”, la página de los niños. Dijo al respecto: “En todo Cuyo no hay una página para ellos, ni un teatro. Los chicos no tienen tribuna”
Crea también el suplemento dominical de Espectáculos, Letras y Variedades, con una considerable ampliación de los temas femeninos, y abre las páginas a los escritores mendocinos, con publicación de cuentos y poesías ilustrados por plásticos de renombre o jóvenes. La primera narración es de Juan Draghi Lucero, “El antojo de Tía Isidoro”, ilustrada por José Bermúdez, y el primer poema, una obra inédita de Jorge Enrique Ramponi. Entre las Variedades figuran comentarios de discos; notas de los jóvenes, jazz, fotografía y ajedrez, así como una sección dedicada a la radio y a la televisión, incluyendo por primera vez el listado de la programación de ambos medios.
La lista puede ser tediosa, pero da una idea de la apertura hacia todos los sectores de la comunidad que propulsaba Di Benedetto. Y hay más: comienza a salir una serie llamada “Encuestas populares” sobre temas de directo interés público, con un resumen de diez puntos en recuadro para facilitar la lectura; se da un vuelco completo a la sección “Política y políticos”, con comentarios y trascendidos del ambiente, y aparece una sección de “Jubilaciones y pensiones”, en que los lectores podían consultar gratuitamente los mecanismos para acceder a ese beneficio. Vendrán después la “Página del Campo” y “Temas de la Educación”, destinada a los docentes, una página de Jardinería y otra de Salud, las “Notas Idiomáticas”, de Hilda Basulto.
Contrata a Enrique Pugliese como corresponsal en Buenos Aires, a Celia Zaragoza como corresponsal en España, a Paolo Senite en Italia, Alberto Carbone en Francia y Herman Gorjeen en Alemania Federal e incorpora la página de “Vivienda y construcción”
Un aporte significativo es la aparición los lunes del Suplemento Deportivo, primero en la historia del diario y novedoso por la diagramación. Esa apertura periodística se completa con, por ejemplo, la rapidez de reflejos ante determinadas circunstancias, como una edición vespertina para difundir los detalles de la Guerra de los Seis Días que acababa de estallar en Medio Oriente en 1967.


Los tres desafíos: “El Andino”,
“Mendoza” y Timerman

Tal despliegue renovador, visto en perspectiva y en conjunto, constituyó un aporte significativo para el periodismo mendocino, pero también reflejaba previsoras inquietudes ante un proceso en el que se avizoraban cambios y nuevas competencias.
El 23 de marzo de 1968, siendo Di Benedetto secretario de Redacción, se produce el cierre de “El Tiempo de Cuyo”, por quiebra de la Editorial Horcones, que lo editaba. Inicialmente matutino, derivó luego a vespertino, y había alcanzado gran tiraje y predicamento en la sociedad mendocina. Fue fundado el 22 de abril de 1956 por los abogados Salvador Montalto y Raimundo Fares, y desde su comienzo tuvo una personalidad destacada en cuanto a su línea editorial y los procesos informativos. De orientación nacionalista y católica, “El Tiempo de Cuyo” alcanzó difusión nacional por su fuerte oposición a la política en materia de petróleo que sustentaba el presidente Frondizi, que llevó a la interpelación pública a sus principales responsables en el Congreso de la Nación. Se destacó también por su apoyo a la huelga del Sindicato Unido Petroleros del Estado (SUPE), fuertemente reprimida por el gobierno nacional.
La desaparición de “El Tiempo de Cuyo” dejaba nuevamente solo a “Los Andes”, lo que abría interrogantes por el futuro periodístico. La empresa editora del tradicional matutino acometió entonces la edición de un vespertino, lo que representó un fuerte impacto interno, con reacomodamiento y ampliación de la redacción, utilización de la diagramación de todas las páginas, un nuevo criterio periodístico –más gráfico, sin editoriales, con fuerte apoyatura en policiales, deportes, espectáculos y femeninas-, doble utilización de los talleres gráficos, circuitos de distribución, etc. De alguna manera, “Los Andes” estaba dando origen a una especie de competencia interna.
“El Andino” salió a la calle un domingo, el 21 de julio de 1968, y ganó el mercado vespertino que estaba vacante, con fuerte predominio de ventas en San Juan. Era, en síntesis, un éxito del que cabía enorgullecerse a Di Benedetto, que tiene su recompensa el 8 de octubre de1968, cuando es nombrado subdirector de ambos diarios.
Diario “Mendoza”. Lo que se esperaba en el ambiente periodístico ocurrió el 19 de marzo de 1969, con la salida del diario “Mendoza”, matutino propiedad de los dueños del “Diario de Cuyo”, de San Juan, la familia Montes. La gran novedad era el sistema de impresión, offsset, que permitía entregar un diario más blanco, con fotos y tipografías claras y legibles, que contrastaba con el tradicional sistema de plomo que utilizaba “Los Andes”.
La dirección era ejercida por el doctor Francisco Montes y los secretarios de Redacción Luis Mas y Luis Montaldi, quienes proponían una diagramación ágil y particular énfasis en los contenidos informativos de policiales y deportes. Por estas innovaciones periodísticas y gráficas, -pronto se hizo uso del color en sus páginas-, el diario “Mendoza” se aseguró casi de inmediato un significativo caudal de lectores.
“El Diario”, Kolton y Timerman. Apenas seis meses después, el 19 de agosto de 1969, un nuevo diario matutino se distribuía en las calles de Mendoza: “El Diario”, un emprendimiento en el que figuraba como director el empresario de la construcción Alberto Kolton. Quien no figuró en sus páginas fue el mentor periodístico de este nuevo producto, Jacobo Timerman, ya famoso por su creación de las míticas revistas “Primera Plana” y “Confirmado”.
Timerman armó una redacción apelando en parte a periodistas locales: el emblemático Fabián Calle, Aldo Montes de Oca, y un grupo de redactores emigrados de “Los Andes”, entre quienes se contaban Rodolfo Braceli (a cargo de Deportes), Carlos Quirós (comentarios políticos), Raúl Fain Binda (en Vida Moderna), Rubén Herrero (Economía) y Andrés Cáceres (Cultura). Como asesor del suplemento Cultura se desempeñaría el profesor Rodolfo Borello, catedrático de Literatura Argentina y director de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Cuyo. En la parte de humor, Quino y Flax.
Para la estructura jerárquica, Timerman trajo de Buenos Aires a Oscar García Rey y Luis González O’Donnell, secretarios de Redacción, y a Osvaldo Ciezar, ex France Press y “Confirmado”.
Lo más llamativo era la estructura de la corresponsalía montada especialmente en Buenos Aires para “El Diario”. Estaba a cargo de Pablo Rodríguez de la Torre; en segundo lugar aparecía Horacio Verbistky, y entre los colaboradores Francisco “Paco” Urondo, Carlos Ulanovsky, Ulises Barrera, Fioravanti, José Eliaschev, etc. En total, 18 personas.
Basado en una encuesta de IPSA que enfatizaba la disconformidad de los mendocinos con los diarios en circulación, y el propósito de seis de cada diez encuestados de adquirir un nuevo diario, Kolton y Timerman emprendieron esta singular experiencia. Para el exitoso constructor, era una experiencia también única en Mendoza la de haber reunido a un grupo de empresarios destacados como soporte financiero del diario. La lectura del directorio de Minerva Editores SA muestra a Ernesto Pérez Cuesta, del rubro supermercados; Mario Goldstein, (concesionarias de autos) y Quinto Pulenta; también lo integraban Francisco Columna, Samuel Kolton y Carlos Celestino Pérez; síndico sería una prestigiosa figura como Walter Octavio Moretti.
Con el soporte de la encuesta –“ya no satisface el antiguo enfoque periodístico provinciano”- y la convicción en que “creemos que el buen periódico ha de estar siempre muy cerca del público, pero un paso adelante; es decir, cumplir la función del primero de la cuerda, el andinista que trepa inicialmente y, desde arriba, ayuda a subir los demás”, Jacobo Timerman estructuró un diario interpretativo, analítico. Su mirada estaba orientada a los cambios que experimentaba la sociedad, al comentario político en profundidad, a lo que pasaba en Buenos Aires y el mundo, a las novedades del mundo cultural. En este sentido, su sección Cultural presentaba mesas redondas que se extendían por cuatro páginas sábana, sin avisos, o este mismo esquema se aplicaba a los trabajos de un equipo de investigación periodística. Completaba el esquema la aparición de un suplemento semanal “Archivos Gráficos del Siglo XX” y una singular sección deportiva.
Timerman lanzó el diario dos semanas después de lo que prometían los afiches promocionales y regresó a Buenos Aires, desde donde viajaría a Mendoza cada quince días para seguir los pasos del recién aparecido periódico. “El Diario”, según la biógrafa de Timerman, Graciela Mochkofsky, arrancó con 80.000 ejemplares. Muy bien escrito, con notas de gran calidad periodística, tuvo considerable éxito en los primeros días de aparición, pero semanas después había bajado a 5.000. Para Mochkofsky, uno de los principales problemas fue que “reflejaba muy poco lo que ocurría en Mendoza”. Timerman, sin embargo, atribuyó la baja a problemas en el cierre de las ediciones y envió a Verbistky para solucionarlos, pero los arreglos no resultaron efectivos, y ya no volvió. Kolton, frente a las pérdidas, redujo la sobredimensionada corresponsalía, quitó páginas y realizó sorteos de dinero, pero nada de esto fue suficiente. Siete meses después de aparecido, el 28 de marzo de 1970, “El Diario” dejaba de salir.
En su nota de despedida, tras referir que el proyecto databa de comienzos de 1968, menciona la aparición no prevista de un vespertino (“El Andino”), no obstante lo cual “se estimó que pese a ello había buenas posibilidades”. La salida de otro diario (Mendoza) con un excelente sistema de impresión, fue reduciendo los márgenes del mercado, y ya no era posible la simultaneidad de cuatro periódicos.

Dos iniciativas: la Escuela de
Cine y el Museo del Periodismo

Antonio Di Benedetto era también autor y propulsor de calificadas propuestas. La realización de la Semana de Literatura y Cine Argentinos en Mendoza, en 1970, organizada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNC contó con presencias destacadas: Beatriz Guido habló acerca de “La agonía del escritor frente al cine”; Leopoldo Torre Nilsson tocó el tema de “La industria del cine”; Mario Sóffici, de origen italiano, criado en Mendoza, expuso su experiencia como director de cine, y otros expositores fueron Salvador Samaritano, Emilio Villalba Welsh y Ulises Petit de Murat.
En la mesa que debían integrar Di Benedetto, Nicolás Sarquis y Augusto Roa Bastos (este, encargado de la adaptación cinematográfica de “Zama”, finalmente no pudo asistir), organizada bajo el título de “Nuestra experiencia frente al cine y la literatura”, el autor mendocino habló de las relaciones entre ambos géneros, las posibilidades de filmación de su novela, lo que fue el proyecto de Film Andes –una especie de Hollywood en Mendoza, con 12 películas - y expresó sus inquietudes: “Yo desearía que como fruto de esta reunión prendiera en alguna mente un poco de iniciativa, porque también falta eso de parte de la generalidad de la juventud: pelear por la existencia de una Escuela de Cine, y tratar de que ya sea un ente oficial o de los particulares la creen, acá y en Salta, en Tucumán y por todas partes, para que exista realmente un cine argentino, que dé oportunidades a todos y exprese a todos”.
Y agregaba Di Benedetto: “Fíjense ustedes que las artes más apoyadas son las sublimadas –así las llamo yo-, sobre todo la música, y se dejan de lado otras, las de expresión de ideas. Para dar un ejemplo, que no es agresión sino ubicación de la realidad, fíjense en Mendoza: hay unas Orquesta Sinfónica de la Universidad –numerosísima y desde hace muchos años, no una creación reciente-, la Banda Sinfónica provincial –también numerosa-; coros -de la Universidad y otros coros- oficiales y rentados-.Pero todavía no se consigue crear la Comedia Provincial, es decir, no hay un elenco de teatro oficial, y sólo sobreviven los privados con mucho sacrificio. Reitero, que quede bien claro, que los apoyos hacia el arte se dirigen más específicamente a los que no son de ideas”.

En octubre de 1972, en ocasión de celebrar “Los Andes” sus 90 años, organiza un acto especial en el Museo Municipal de Arte Moderno, en el que se exhiben los trabajos ganadores del concurso fotográfico organizado por el diario y obras de la sección Fotografía. También inaugura una muestra de “Periodismo antiguo y moderno de la provincia”, con colecciones facilitadas por la Biblioteca Pública General San Martín.
Di Benedetto recuerda en su discurso que “en el principio fue el Verbo, y el Verbo es la creación. También el periodismo en sus principios fue el Verbo, especialmente la palabra oral. Y en otro día de la creación el periodismo habló por escrito, a través de la imprenta”. Agrega el escritor: “A poco andar, el periodismo no sólo dijo: mostró, y quedó establecida la era del periodismo gráfico, que en un breve manojo de décadas gravitaría para que, con el libro, la televisión, el cine, los posters, se haya instaurado la cultura gráfica, el conocimiento y el entendimiento de la imagen.”
Cuenta como anécdota un viaje a Europa, en que encontró un museo de periódicos del mundo en la ciudad de Aschen, también llamada Aix-le-Chapelle. Y en él, entre otros, ejemplares de “Los Andes” de 1885 cuando comenzaron a circular los tranvías a caballo: de 1886, con la epidemia de cólera; de 1890, con el suicidio de Alem, y de 1929, con el asesinato del político mendocino Carlos Washington Lencinas.
Se lamenta luego que no haya museos de periodismo. “Sin embargo –dice- la memoria escrita de los pueblos pide ser conservada. Los hombres que transitan por su letra impresa han confundido su aparente transitoriedad (se supone que un diario envejece de un día para otro) y sólo le han concedido un destino frágil. Lo más que le otorgan son las hemerotecas, esas colecciones de diarios encuadernadas y ordenadas con fines de consulta inmediata, y sujetas a las depredaciones de una gilete”.
“Los diarios –sostiene Di Benedetto- no están allí por haberse ganado un clemente destino de quietud, no están allí para convertirse en polvo. Han quedado a la espera, a la espera de los investigadores, de los estudiosos, de la gente que quiere saber, conocer y explicarse nuestros fundamentos, para los que saben escuchar el susurro de las voces que contienen: las del estadista y el poeta, del guerrero y el labrador, del débil y el poderoso, y de los más poderosos: el pensamiento y el pueblo. De ese almacén de voces hemos traído algunos de los envases que los contienen, para que tomen carne ante los ojos de los jóvenes y de toda la gente que en la cabeza tiene preguntas.”
“En el mundo –finaliza- casi no hay museos de periodismo, en la Argentina menos; tampoco, creo, en América Latina. Digo entonces, y propongo, que en Mendoza lo haya. Por tanto, asumo la responsabilidad de declarar inaugurado, aunque sólo sea en grado de tentativa, o sueño, el Museo del Periodismo Cuyano”.
La Escuela de Cine recién se concretó varios lustros después. El Museo sigue siendo un sueño.

Primer roce con militares

Unos pocos meses antes, en abril de 1972, la provincia estallaba con el “Mendozazo”. La tradicional calma mendocina venía siendo alterada por una serie de manifestaciones, tanto de los docentes provinciales en huelga como por un desmesurado aumento de tarifas eléctricas. Pero reducir el estado de cosas a estas dos circunstancias no era del todo completo: los sucesos conocidos como el “Cordobazo” y el “Rosariazo” habían dejado su impronta, y crecía la efervescencia política ante el agotamiento del modelo de la llamada “Revolución Argentina”, la agitación estudiantil, los reclamos gremiales, el accionar de los grupos subversivos y la incertidumbre por el regreso de Juan Domingo Perón.
La caldera mendocina revienta el 4 de abril, con una movilización nunca vista, y el intento de copamiento de la Casa de Gobierno. En la noche previa, el ingeniero Francisco Gabrielli –designado por el presidente Levingston- renuncia a su cargo de gobernador cuando se le comunica que la Policía había quedado subordinada el Ejército. Asume entonces el comandante de la 8ª. Brigada, el general Luis Gómez Centurión, que dispone la represión. El saldo es lamentable: un muerto, dos heridos de bala, y centenares de heridos y contusos. Fueron incendiados 146 automóviles y 7 trolebuses, los comercios del centro de la ciudad resultaron con daños considerables y las pérdidas en general sumaron varios miles de millones de pesos.
Aunque con algunas restricciones, la labor periodística pudo desarrollarse sin trabas, y así los diarios ofrecieron amplias coberturas de los violentos episodios. Se implantó el toque de queda, no obstante lo cual se registraron episodios de violencia en zonas del Gran Mendoza, y dos días después, el 6 de abril, ocurrió un hecho que no ha tenido casi o ninguna difusión en las historias provinciales. Alrededor de las 17 horas, efectivos de la Policía, aduciendo órdenes militares, ocuparon las instalaciones de “Los Andes”, tanto por avenida San Martín como por Primitivo de la Reta, cuando ya se habían impreso unos 10.000 ejemplares del vespertino “El Andino”, la mayoría de los cuales había partido a San Juan, y prohibieron a los canillitas la venta de diarios que podrían haber salido de la casa editora
Poco tiempo después llegan tropas de Ejército que se incautan de la edición y ordenan a los gráficos que detengan la edición. Di Benedetto sale al encuentro del coronel a cargo del operativo, lo increpa, y el militar se limita a contestar: “El diario no sale a la calle y no se sigue imprimiendo”.

Años duros y nuevos roces

En mayo de 1973, en Mendoza asumen los candidatos del justicialismo, Alberto Martínez Baca (farmacéutico) y el gremialista Carlos Arturo Mendoza. En junio de 1974, el gobernador es destituido por la Legislatura y asume el vicegobernador Mendoza, que ejerce hasta que en agosto asume el interventor Antonio Cafiero, reemplazado a su vez en mayo de 1975 por el interventor federal Luis María Rodríguez. Este ejerce hasta noviembre de 1975, en que es reemplazado por el general ® Pedro León Lucero, militar que el 24 de marzo de 1976 es reemplazado como interventor, ahora del Proceso, por el coronel Tamer Yapur, responsable de las primeras medidas del gobierno militar en la provincia hasta abril de 1976, en que se hace cargo del gobierno como interventor el brigadier ® Jorge Sixto Fernández.
En menos de tres años, siete mandatarios. Un claro ejemplo de lo que pasaba también en el país, en que las facciones en pugna del peronismo ponían en peligro la estabilidad institucional y la coyuntura era aprovechada por la guerrilla. La aparición de fuerzas paramilitares y parapoliciales acentuaba el dramatismo de esos años.
Años duros para el periodismo, que comenzaba a ser visto con recelo por las fuerzas armadas. Un episodio de noviembre de 1975 es clave para entender lo que después vendría, aunque en ese momento pareció un hecho aislado: la detención del periodista de “Los Andes” Jorge Bonardel, dispuesta por el tristemente célebre comodoro Julio Santuccione, jefe de la Policía Provincial. Bonardel, poseedor de una gran cultura y ejemplo de bonhomía, perteneciente a la sección Información General y frecuente colaborador de la sección Cultural, es detenido en calle San Martín cuando estaba por ingresar al diario. De nada valen los reclamos de Di Benedetto y de las autoridades de “Los Andes”; hay marchas de los colegas de Bonnardell de todos los medios pidiendo su libertad, y sólo reciben por respuesta una acción psicológica policial tratando de vincularlo con grupos extremistas.
Un episodio posterior, en los caóticos días previos a la caída de María Estela Martínez de Perón, parece acentuar la mala relación de Di Benedetto con los militares. El general Santiago, comandante de la Octava Brigada de Infantería de Montaña, realiza una comida con los principales periodistas de Mendoza y aprovecha para conoce sus opiniones acerca de qué era lo más conveniente de realizar en esas difíciles circunstancias. El episodio es registrado por el prestigioso periodista Dante Di Lorenzo con estas palabras: “Todos, y especialmente Di Benedetto, insistieron en la necesidad de respetar al gobierno, permitiendo que Isabel Perón terminara su mandato, una forma de sutil castigo para que el pueblo pagara sus culpas por no haber sabido elegir mejor. Incluso el anfitrión coincidió con esta posición tan compartida, pero cuando habló Di Benedetto la cosa se puso al rojo vivo, ya que con su cortante y filosa definición dejó a todos los circunstantes más que sorprendidos con un agregado de aproximadamente este tenor: ‘los militares son tan brutos que es difícil comprendan esta situación”.

La caída

Vísperas nocturnas del 24 de marzo de 1976. Di Benedetto dispone que se retire del diario el personal periodístico femenino. Casi toda la Redacción inicia una larga vigilia aguardando el golpe militar que “La Razón” se había encargado de anticipar hace 100 días. En la madrugada se sienten unas explosiones: tropas del Ejército, con bazookas, derriban la puerta del Sindicato de Prensa y se apoderan de él.
A media mañana, los militares llegan a “Los Andes” con la orden de detención para Di Benedetto. Este se descompone cuando se entera, y empieza una larga tratativa entre los miembros del Directorio y los oficiales. Di Benedetto no quiere salir a la puerta del diario detenido, que lo vea en esas condiciones la gente que se agolpa ante el diario para leer las pizarras noticiosas instaladas en la avenida San Martín, su calle.
En la negociación, se llega a un acuerdo. Di Benedetto saldrá del diario con el miembro del Directorio Juan Carlos Schiappa de Azevedo y el abogado de la empresa, Osvaldo Lima, quienes en un auto del diario lo acompañan hasta el lugar de detención establecido: el Liceo Militar “General Gerónimo Espejo”, seguidos por la patrulla militar.
Unos días después es trasladado detenido a la Penitenciaría, aquel sitio que visitó con los alumnos de la Escuela de Periodismo. Como Diego de Zama, será víctima de la espera, y comenzarán juntos –en lo literario y en la cruda realidad de la tortura - lo que alguien definió como una “epopeya de lo agónico”.

-II-
El hombre

Conocí a Antonio Di Benedetto a fines de octubre de 1959, cuando ingresé a “Los Andes” apenas salido del servicio militar. La Redacción estaba en el primer piso de ese viejo edificio, terminado en 1924, que era el primero construido por el sistema antisísmico en pleno centro de la ciudad y cuyo fin primigenio era de servir de casa de familia. En la sección Cables, un operador del Correo desgrababa las informaciones nacionales e internacionales, pasadas por teléfono, y las volcaba a un disco de cera. En las distintas oficinas, que daban a una espaciosa rotonda, se distribuían periodistas ya mayores y muy pocos jóvenes, escribiendo en viejas Remington.
Di Benedetto ocupaba una sala muy reducida, que compartía con Alfredo Dono, director de coros, el otro miembro de esa exigua sección de Artes y Espectáculos. Lo veía siempre muy serio, distante, hasta que el trabajo nos empezó a comunicar. Surgieron así sus primeros pedidos de comentarios de libros, y luego de los estrenos cinematográficos. Bastante más adelante, publicó cuentos míos y colaboraciones, como así de otros jóvenes periodistas que se habían ido incorporando, y tuvo otras actitudes muy generosas, aunque los gestos siempre siguieron siendo adustos.
Ya que mencioné el tema jóvenes, creo que aunque estaban en las antípodas en lo personal, Di Benedetto y Timerman tenían dos puntos de coincidencia: eran una suerte de ogros en las redacciones, pero también fomentaban los talentos juveniles. En el caso particular de Di Benedetto, cuando organizó los concursos de cuento, poesía, ensayo y fotografía para celebrar los 90 años de “Los Andes los restringió a menores de 30 años.

En el terreno de las anécdotas, a todos les llamaba la atención, y por cierto era motivo de jocosos comentarios, verlo salir del baño con las manos mojadas en alto, como un cirujano que estuviese a punto de entrar al quirófano, y secárselas en su oficina con las cuartillas que se utilizaban para escribir a máquina. La costumbre se mantuvo hasta que fue designado subdirector, y como el baño quedaba lejos, tenía en su despacho una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes iban a verlo. Algún periodista le preguntó por esas actitudes y Di Benedetto respondió: “Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ella. Y… aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea, por la mirada y por las manos”.
Y agrega: -La mano es la corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto. Lo común es que el hombre clave las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permita. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente”.
El periodista insiste: -¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?
-En cierto modo, sí –contesta Di Benedetto- Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depósito de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan a lo mejor lo siente en las manos.

¿Maniático? Por supuesto, como todos. Pero esa manía era una especie de rechazo al contacto con la gente. “Di Benedetto, cuenta quien fue su alumna y secretaria, María Susana Calise, le tenía terror a la gente, yo trataba de hacerle ver un aspecto más positivo, pero era muy difícil hacerlo cambiar de opinión”.
Hablan ahora sus amigos Emilio Fluixá, José Federico Monfort y Joaquín Calomarde, ante la pregunta periodística: -“Di Benedetto tenía fama de un hombre rígido parco y hasta soberbio. ¿Era realmente así?
- Su profesión –responden- que era nada más que dirigir un diario, exige una gran tensión. El ser descortés no era natural en él, creo que lo hacía como un sistema de autodefensa. Si él no hubiera actuado con esa careta de malo, la gente hubiera llegado fácilmente a su sensibilidad.
Él mismo reconoció en alguna oportunidad que su mal carácter podría haberle no gustado a mucha gente, pero la disculpa no empalidece el recuerdo de un hombre manso, contrario a la violencia, fríamente generoso, introvertido, talentoso, con un fino y punzante sentido del humor, que se revelaba en especial durante una ocasional reunión social.
Sobrellevaba su fama con una actitud recatada, reticente ante el ditirambo, como lo demuestra esta desconocida anécdota. Allá por 1969, Alberto Patiño Correa, director de la afamada galería de arte mendocina que llevaba su apellido y se había convertido en un destacado cultural, establece la premiación del “Hombre del mes”. Convoca a un jurado de relevantes características en el medio intelectual, integrado por Enrique Zuleta Alvarez, catedrático de la Universidad Nacional de Cuyo; el arquitecto y poeta Luis Ricardo Casnati, el pintor Hernán Abal y el preclaro escritor Ricardo Tudela, quienes declaran como merecedor de esa distinción a Di Benedetto.
Enterado del premio, el autor de “Zama” le envía una nota a Patiño Correa concebida en estos términos: “Como lo acredita el tiempo, ser elegido la figura del mes comporta un acceso a la notoriedad (fiestas de recepción y otras circunstancias y trascendencias. Para algunos, la notoriedad puede darse con incidencias felices, y supongo que tal fue la suerte de los consagrados anteriormente. Por mi parte, elaboro visiones menos dichosas de lo que para mí podría representar tal proyección desde mi reservada vida”.
Y agrega Di Benedetto: “El voto del jurado es, por sí solo, una honra generosa y se me ha dado. Permítanme, los distinguidos miembros de ese cuerpo y el creador del premio, que no vayamos más allá. Ruego, en tanto declino ser la “Figura del mes”, una objetiva tasación de mi actitud. Si se repara lo sucedido en Mendoza en los últimos años, se observará de mi parte una retracción de intervenciones personales en el plano público: si se evoca un par de actos –presentaciones de mis libros “Zama” y “Los suicidas”- gestados y cumplidos por gente que me aprecia y aprecio, se comprobará que no estuve en ellos”.

“¿Alguien lo conoció cómo era?”, se preguntó su ‘casi amigo’ José Baidal, escritor y compañero en la redacción del diario, cuando Di Benedetto ya había fallecido. Y se responde con estos conceptos: “Fue enigmático como hombre y extrovertido como intelectual. Y aún esa extroversión estuvo disimulada en un deslizarse por el mundillo de las letras, quizás esquivando su presencia. Quería, sí, triunfo y fama para su nombre, no para él. Eso lo define”.
Hablar hoy, en estas circunstancias, de Di Benedetto como hombre, sería volver a abrir el cofre de los adjetivos, del que cada uno puede extraer según su recuerdo, según sus lecturas, según las brumas y certezas, la palabra determinante, precisa, para una definición que lo pueda contener en toda su amplitud.
Y en ese abrir, en la recorrida por el Di Benedetto periodista y hombre que me ha obsedido por varios meses, llego en este momento a la conclusión de que debo cambiar, no sólo en lo personal, sino el título de esta conferencia.
Debo hablar, ahora, del periodista distante, y debo comenzar a hablar, ahora sí, aquí, frente a todos ustedes y ante mí mismo, del hombre realmente cercano que se me ha acercado y al que he abrazado.

(20) “Antonio Di Benedetto – Casi una biografía”, de Nelly Cattarossi Arana, tomo II, Ediciones Culturales de Mendoza, 1991








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