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HISTORIA

Cortázar en Mendoza

por Gustavo Rearte
Sus horas en Mendoza pronto fueron deshoras. En pocos días, el lugar se tornó de apacible a asfixiante. Las puertas se cerraban una a una, obedientes a un destino de confabulaciones y rechazos. El protagonista (perseguidor de su propia historia) se rindió, agobiado, a esta encerrona… A la encerrona de la casa tomada.
El argumento de quizá el mejor cuento de Julio Cortázar (“Casa Tomada”, que forma parte de Bestiario) envuelve al lector en un clima muy similar al que penó aquel joven profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo durante su estadía en Mendoza, cuando -siete años antes de publicar su primer libro- dejó de ser maestro de secundaria en Chivilcoy para entregarse al deseo personal de dictar literatura en un claustro universitario. Como aquellos hermanos del cuento, que se sintieron desterrados de su propia casa, Cortázar sufrió una suerte de expulsión de la Universidad. Tras un año y medio en la provincia que amó y odió (al punto de partir para nunca olvidarla) se vio en la obligación de buscar otros caminos antes que someterse a las intrigas de sus rivales políticos. “En esos años (1944-1945) participé en la lucha contra el peronismo y, cuando Perón ganó las elecciones presidenciales, preferí renunciar a mis cátedras antes que verme obligado a ‘sacarme el saco’ como les pasó a tantos colegas que optaron por seguir en sus puestos”, resumiría años después. Pero Mendoza lo marcaría para siempre. Aquí, en sus tempranos treinta años, despuntó la pasión por la docencia, toreó en disímiles pujas políticas, despertó amores, sufrió un día de cárcel, y le fue revelado -no sin sobresaltos- que jamás podría dedicarse por entero a otro oficio que no fuera el de escribir.
¿Cómo influiría su experiencia local en su obra posterior? ¿Cuáles fueron las confabulaciones que lo apartaron de la Universidad Nacional de Cuyo, de la que tanto se sintió parte? ¿Cómo era su vida íntima en la Ciudad? Que las respuestas las dé su pluma certera, cruda y graciosa (con ese sentido del humor que despabila). El diario no tan íntimo, compuesto por las cartas que afiebradamente escribió a sus amigos, se complementa con testimonios de testigos mendocinos y algunas anécdotas que ya forman parte de la leyenda. Con todo, esta especie de autobiografía epistolar sugiere la incertidumbre de aquellos años, desmitifica la imagen del protagonista y pinta -a veces cruel, a veces tiernamente- el lugar que le ofreció paisajes e historias que atesoraría por el resto de sus horas. Y de sus deshoras.

Mendoza, 29 de julio de 1944. Carta a Mercedes Arias, amiga de Bolívar (Pcia. de Buenos Aires)
Los vientos de la fama quizá le hayan llevado a Bolívar la noticia de mi venida a Mendoza. (…) Mis últimas semanas en Chivilcoy fueron harto penosas. Los grupos nacionalistas locales me lanzaron una bruloteada salvaje, y cierta vez que volvía yo inocentemente como de costumbre a hacerme cargo de mis cursos, amigos fieles me avisaron que me acusaban (“vox populi”) de los siguientes graves delitos: a) escaso fervor gubernista; b) comunismo; c) ateísmo. ¿Fundamentos? De a): que mis clases alusivas a la revolución (tuve que dictar tres) habían sido altamente frías, llenas de reticencias y de reservas; de b): quien incurre en a) entonces es b); de c): en ocasión de la visita del obispo de Mercedes a la Escuela Normal, yo había sido el único profesor -sobre 25 más o menos- que no besé el anillo de Monseñor (¡prueba irrefutable!). Juntando ahora los términos a), b), c), John Dillinger resultaba un ángel al lado mío.
Y ocurrió lo inesperado e inesperable: mi amigo (Guido Parpagnoli), encargado del reajuste de la Universidad de Cuyo, me llamaba para ofrecerme el interinato de tres cátedras en Filosofía y Letras, aquí en Mendoza. Dos de Literatura Francesa, y una de Europa Septentrional. (...) Apenas lo pensé; dije inmediatamente que sí, seis días más tarde gestionaba mi licencia y me venía a Mendoza donde estoy desde el 8 de julio. No sé lo que ocurrirá; hacia octubre deberé presentarme a concurso si intento ganar las cátedras. ¿Serán concursos legítimos, o mediará un compromiso de colaboración política? (...) De esta nueva vida apenas puedo decirle algunas cosas. He pasado el mes buscando solucionar el problema de la vivienda, que no es fácil por cierto; pero desde hace dos días habito en casa de una excelente familia, el pintor Abraham Vigo, su esposa y sus hijos. Es gente culta y tienen una casita en un barrio de Mendoza que se llama Godoy Cruz, donde hay un silencio admirable, grandes árboles, y yo tengo una habitación llena de luz y comodidad. (…) Creo que estaré bien. Las clases las principié el miércoles pasado, y puede figurarse la diferencia que significa dictar seis horas por semana (dos por cada cátedra) y no dieciséis. Lo mismo en cuanto al número de alumnos; en tercer año me encontré con una multitud compuesta por dos señoritas. Luego, el trabajo universitario es hermoso ¡por fin puedo yo enseñar lo que me gusta!(…)
Mendoza -creo que usted conoce- es una bella ciudad, rumorosa de acequias y de altos árboles, con la montaña a tan poca distancia que uno puede ir a estudiar a los cerros; yo lo haré apenas haya organizado algo más mi vida y mi trabajo. No le negaré que siento -casi físicamente- los 1000 kilómetros que me separan de Buenos Aires; pero de algo ha de servirme ahora mi prolijo, minucioso entrenamiento para la soledad.
PD: ¡Los mendocinos me han sorprendido! La Facultad tiene un club universitario hermosamente decorado, que ocupa varias habitaciones de un subsuelo. Hay allí bar, discoteca con abundante “boggie-woogie”, banderines de todas las universidades de América, y tanto profesores como alumnos van allá a charlar, seguir una clase inconclusa, beber e incluso bailar. ¿Cree usted posible eso en Mendoza? A mí me pareció, cuando me llevaron que entraba en Harvard, o Cornell; todo menos aquí. Y sin embargo es realidad; alegrémonos de ello.

Un tal Julio
“Aquel hombre alto, más bien enorme, subía a la tarima y con parsimonia se sacaba el reloj. Esperaba tres minutos y dictaba su clase. Nosotros escuchábamos alucinados”, con cada recuerdo sobre Julio Cortázar, la profesora y escritora Dolly Lucero, su alumna y luego su amiga, no puede evitar que sus ojos pardos se humedezcan. Té de por medio, en su agradable departamento de pleno centro, Dolly está dispuesta a hablar de aquellos años de juventud, a pesar de la incomodidad de la nostalgia (sentimiento agridulce si los hay). “Con una compañera, Norma Solanes, íbamos a todas sus clases, incluso a la que no correspondían a segundo, el año que cursábamos. ¡Nos colábamos por la puerta de atrás!”, ríe y contagia. Le es imposible, aclara, olvidar el día que lo vio aparecer por aquel patio embaldosado de la Facultad de Filosofía y Letras, entonces en Calle Rivadavia 125. “Estábamos expectantes… Claro, queríamos curiosear quiénes serían nuestros profesores de segundo año. Entonces aparece un grupo de docentes, todos ellos muy jóvenes (era muy interesante ver todo eso) -ríe y contagia, de nuevo- en donde estaba aquel personaje muy alto, flaco, nada feo. Era Cortázar. Recuerdo que en la clase de Literatura Francesa, él dio la novela romántica. Nos hablaba de la vida en Francia, y habló apasionado de Quasimodo y Esmeralda… ¡No estábamos en una clase, estábamos en una sala de espectáculo!”. Las alumnas se sorprendieron de que el largo catedrático fuera tan asiduamente a la facultad. Lo podían ver en el patio, en la biblioteca o en el pasillo que se comunicaba con Bellas Artes. “Sin querer, el alumno va notando y anotando cosas. Recuerdo una tarde que leíamos en silencio en aquella biblioteca amplia, ensimismadas, y de repente sentimos una carcajada a todo pulmón. Era Cortázar que se doblaba de risa leyendo. Él estaba en otro mundo, y en eso, ofrecía actitudes que no eran comunes en profesores de la época”.

Mendoza, 16 de agosto de 1944. Carta a Lucienne de Duprat, amiga personal.
Llevo aquí un mes y profundamente satisfecho. Aunque deba volverme luego al hastío de la enseñanza secundaria, estos meses de universidad quedarán como un sueño agradable en la memoria. Piense usted ¡es la primera vez que enseño las materias que prefiero! Es la primera vez que puedo entrar a un curso superior y pronunciar el nombre de Baudelaire, citar una frase de John Keats, ofrecer una traducción de Rilke. Esto se traduce en felicidad, en una indescriptible felicidad a la que se agrega la visión de las montañas, el clima magnífico, la paz de la casa donde vivo. (Y qué difícil -imposible- va a ser reacondicionarme a Chivilcoy, si me toca volver allá…).

Mendoza, 24 de septiembre de 1944. A Mercedes Arias
Mis dos alumnas de Literatura Francesa II (que usted me recomienda cuidar) han cumplido, metafóricamente se entiende, el consejo divino: “Creced y multiplicaos”. Son ahora cinco que acuden regularmente a clase, de modo que trabajo menos solitario. Tengo tanta tarea -tres cursos simultáneos es demasiado para quien no tuvo tiempo de organizarlos previamente- que no salgo, no paseo, no miro siquiera las montañas, tan cercanas sin embargo…
Me insinúa usted su “estado de mente” a cuenta de la guerra y la política; si yo le trazara un cuadro del ambiente que rodea esta alta casa de estudios, alcanzaría a comprender el mío:
A veces me siento como un huérfano…
Esa es la idea. Pero Chivilcoy es peor, harto peor. No sé que va a ser de mí pues no se habla de concursos ni confirmaciones. ¿Volveré a la llanura?

Final de sueño
Luego de su primer coqueteo con la ciudad de “las acequias rumorosas”, comenzarían los desencantos de Cortázar con las autoridades académicas. En días de la presidencia de Edelmiro J. Farrell y el ascenso de Juan Perón, aquel profesor que aún no se definía más que como moderado, tenía las de perder en una facultad políticamente obsecuente al poder. A su llegada, el 8 de julio de 1944, se radicó en una pensión de la calle Necochea 747, para luego mudarse a la casa del artista Abraham Vigo, en Las Heras 282 de Godoy Cruz. Meses después encontró residencia en Martínez de Rosas 955, a pasos de lo de su amigo Sergio Sergi (seudónimo del grabador y pintor Sergio Hocevar). Allí corregía sus primeros cuentos y soñaba con la publicación de una novela de más de 600 páginas en la que trabajaba sin respiro. De aquella obra ya no hay rastros; terminó ardiendo en las llamas del rigor de Cortázar. Mejor suerte sufrió su primer libro de cuentos La otra orilla (tipeado por Gladis Adams, esposa de Sergio Sergi), textos que el escritor finalizó en Mendoza pero de los que luego renegaría; de hecho, fueron publicados post-mortem. El único relato que se conocía entonces era “La estación de la mano”, publicado por la revista mendocina Egloga, dirigida por Américo Calí.
Se especula que el joven Julio tramó aquí algunos de los cuentos fantásticos -en el amplio sentido del término- que años después integrarían Bestiario. Se sabe que con el profesor Irineo Fernando Cruz inventaron el calificativo de “mancuspia” para todo aquello que fuera desmesurado y altisonante. En un guiño al propio Cruz, Cortázar retomaría el término en el cuento “Cefalea” -dedicado a su amigo-, en esa oportunidad para nombrar unos sagaces y malévolos animalitos.
Largázar, tal el mote con el que algunos amigos se burlaban de lo espigado de su figura, se tomó muy en serio las dos caras de la vida universitaria: la académica y la social. Aquí publicó “La urna griega en la poesía de John Keats” (en la Revista de Estudios Clásicos) y dictó una conferencia sobre Paul Verlaine. También, en calurosos sábados del Hogar y Club Universitario charló con los suyos sobre jazz, política y, cómo no, literatura. En eso, despertó amores que no correspondería debidamente. Así lo recordó en Diario Los Andes su amigo, el doctor Francisco Amengual: “Era un hombre de mucho encanto y gran atractivo intelectual con las mujeres. Tuvo en Mendoza novias que no nombraremos. Tenía una vida social discreta”. El artista plástico Marcelo Santángelo, egresado de la universidad, relata sonriente: “Recuerdo una fiesta en la calle Rivadavia. Cortázar se paró en el centro del patio, y de inmediato lo rodearon todas las mujeres de Filosofía y Letras. ¡Lo envidiábamos tanto!”. A pesar de lo que siempre se rumoreó, Dolly Lucero desconfía de la creencia de que el escritor se haya enamorado en Mendoza. “Era un joven interesante y naturalmente, las mujeres nos acercamos a las personas interesantes… Pero eso de que tenía muchas novias aquí, creo yo, fue un invento de los hombres. Él era solitario, lo que pasa es que tenía mucho don de gentes, uno se acercaba a él sin temor y sin pensar en otras cosas. Era, más bien, alguien a quien idealizábamos. Supongo que las alumnas se enamoraban de Cortázar, puede haber sucedido, pero fue muy corto el tiempo para establecer grandes amistades”.
Las voces de los testigos coinciden: era por sobre todo, un hombre solo y ocupado. Estaba detrás de un proyecto, estaba detrás de la novela de su propia vida.

Disparen a Cortázar
Mendoza, 24 de septiembre de 1944. A Lucienne de Duprat
Esta Universidad es muy grande, tiene un montón de institutos con nombres complicados, da la impresión de algo solemne, sorbonesco. Pero es provinciana hasta la médula, el nivel estudiantil deja que desear (...).

Mendoza, 16 de diciembre de 1945. A Lucienne de Duprat.
En Mendoza he visto hombres que se insultaban en los diarios -en los días de la contienda electoral universitaria- y que una semana más tarde se encontraban en la sala de profesores y se saludaban con una frescura asombrosa. He visto traiciones cumplidas en menos de 24 horas de un juramento: podría citarle hechos concretos, sino valiera más olvidarlos. A mí me tocó de todo; al principio, por haber defendido lo que creí justo y de mayor calidad universitaria, me llamaron nazi (¡a mí, nazi!) y merecí artículos especiales en los pasquines mendocinos, donde se me decía “instrumento electoral”, “agente de propaganda”, “nacionalista”, “fascista”, y se concluía afirmando que no tenía título habilitante. Me vi precisado enviar una violenta carta abierta a un caballero de aquí, a figurar en sesiones del Consejo Directivo de la Facultad… que preferiría no recordar. En fin, un pequeño infierno, sin la grandeza del que imaginó Dante; infierno a medias y por eso doblemente cruel y mezquino.

El idilio con la facultad de Filosofía y Letras (“mi facultad” a su decir) había terminado. Las disputas con militantes del Partido Demócrata y su rechazo al peronismo tamizaron su visión sobre la vida académica mendocina. Se sabe que el joven Cortázar no era un rebelde incendiario, ni mucho menos, pero sí alguien dispuesto a no hacer concesiones. Como a tantos otros, esa noble porfía le trajo más de un problema. “Después de abandonar Chivilcoy bajo vehementes sospechas de comunismo, anarquismo y trotskismo, he tenido el honor de que en Mendoza me califiquen de fascista, nazi, sepichista, rosista y falangista. Ambas cosas (la de Chivilcoy y de Mendoza) con tanto fundamento como podría ser llamarme sauce llorón, consola Chippendale o Wee Willie Winkie”, desdramatizaba Cortázar. A través de una serie de pasquines, sus rivales de la política universitaria lo atacaron por su flanco débil, el hecho de no tener título de licenciado. Cortázar le escribió a su amiga Mercedes Arias: “He sabido lo que es pasar veinticuatro horas en continuo cabildeo, barajando argucias, destruyendo ataques, redactando solicitadas, organizando manifestaciones periodísticas y devolviendo cuanto proyectil honorable tenía a mano. ¿Puede uno lavarse de algo semejante? No sé, viera usted cómo corta el jabón el agua de Mendoza…” El profesor interino ansiaba que se llamara a concurso, no sólo para establecerse en Mendoza, sino para desterrar toda sospecha sobre su idoneidad. Claro, para lograr su objetivo debía medir los pasos de sus nuevos enemigos. “Evidentemente la situación de la universidad está controlada por nuestro grupo antagonista, elegantemente disfrazado de ‘demócrata’ (¡viera usted la historia de cada uno de ellos!). Si los concursos son ‘dirigidos’, como es de temer… mis chances son la nada en persona. Volver entonces a Chivilcoy… ¡Br…!”, concluía con amargura. Entonces, no sabía que lo peor estaba por llegar. El desencanto sería mayor tiempo después, con la traición, el abandono y el encierro.

Facultad tomada
Mendoza, 16 de diciembre de 1945. A Lucienne de Duprat
No seré muy explícito por carta, porque el Correo se ha ensañado particularmente con mi correspondencia y la verdad es que parece altamente interesado en conocer mis opiniones. Pero usted que me conoce, puede figurarse cuál es mi posición en estos tiempos que vivimos. Cuando llegó octubre, fui de los que se encerraron en la Universidad a semejanza de lo que hacían todos los institutos del país. Con cincuenta alumnos y cinco colegas, vivimos cinco días completamente sitiados, recibiendo las consabidas bombas de gases, amenazas, etc. Por fin nos allanaron, estuvimos presos y una simple circunstancia afortunada -el brusco vuelco del 11 de octubre- hizo que la cosa no pasara a mayores. Este simple resumen, que alguna vez le ampliaré con anécdotas bastante divertidas, le mostrará la clase de existencia que nos toca a los universitarios argentinos.

La provincia estaba convulsionada en la primera semana de octubre de 1945. Estudiantes y profesores, entre ellos Cortázar, tomaron la Universidad de Cuyo en un acto de alcance nacional contra la figura en ascenso del Coronel Perón. En el fondo, se trataba de la defensa de la autarquía universitaria. Con más de un tumulto, por las calles 9 de Julio y Rivadavia se sucedían las manifestaciones del resto del estudiantado, que apoyaba a los sitiados. “Los chicos habían aprendido que para enfrentarse a la Montada había que arrojarle bolitas a los caballos, para que se cayeran. ¡Vieras el desparramo que hacían!”, recuerda sonriente un protagonista de aquella toma, Marcelo Santángelo. Mientras puertas afuera de la casa de estudios se presentaba un verdadero pandemonium, Julio Cortázar plegaba su extenso cuerpo frente al piano para darle música al himno de los “encerrados”. Santángelo, en la serenidad de su departamento de la calle Pellegrini, ofrece una infidencia: “Me dijo una vez quien fuera mi compañero de la facultad, el poeta Fernando Lorenzo: ‘¿Sabés que nosotros rechazamos una obra de Cortázar?’. Yo no me acordaba pero por aquellos días de encierro se concursó para saber quién lograba escribir una canción sobre la universidad amotinada. La letra de Julio salió segunda, descalificada por un jurado que integrábamos con Fernando”. Se sabe que Cortázar sí compuso ahí mismo, frente al piano, la música de aquel himno que decía: “Pueblo altivo de Mendoza / de San Luis y de San Juan, / sostengamos la cultura, / ¡Viva la Universidad!”.
Los sitiados contaron con grupos de apoyo que los proveían con víveres durante las horas de protesta. “Eran nuestros amigos, compañeros y familiares que nos traían comida. Porque no teníamos nada allí adentro… ¡Pero lo más grave era que no teníamos vino!”, se divierte Santángelo. La convivencia entre profesores y alumnos hizo más llevadero el sitio; se sucedían las reuniones, y los estudiantes de Artes Plásticas, Ciencias Económicas, Filosofía y Letras, entre otros, coincidían en una causa. “La idea de que la universidad no fuera tomada por el poder político -completa el maestro-. Estaba todo estipulado: teníamos la consigna de que si venían a sacarnos, debíamos reunirnos en la biblioteca. Los primeros que llegaron fueron los bomberos. Así que fuimos todos a esa larga sala, y cantamos el himno en fila mientras ellos, para que nos calláramos, nos pasaban sus sables muy cerca de nuestras narices”. Después del desalojo, gases mediante, terminaron todos en la comisaría. El pintor surrealista recuerda que, cuando se los llevaron de la universidad, un agente le preguntó a Julio Cortázar: “¿Vos qué estudiás?”, a lo que él le aclaró que no era alumno sino profesor. “¡Mirá pendejo, no te hagás el vivo conmigo!”, se alteró el policía incrédulo ante aquel hombre con cara de niño.
El desgaste que significó la UNC sitiada y el nuevo panorama en la casa de estudios, hicieron tambalear los planes originales de Cortázar. Entonces, el peronismo arrasó en las urnas, acallando el proyecto de la Unión Democrática (alianza de radicales, socialistas y conservadores) con el que simpatizaba el escritor. Pero la decisión de la partida estaba tomada desde antes. Así lo reveló en una carta a Sergio Sergi: “Mi situación fue siempre paradójica en Mendoza, y por eso insisto en que he hecho harto bien en tomarme el portante. Si hubiese ganado la U.D. (por la cual tanto peleé) yo sabía de antemano que estaba frito en Mendoza. ¿Cree usted que por el mero hecho de quedarme cinco días en la Facultad sitiada me iban a perdonar mi intransigencia ante sus mediocridades? (...) No, mi buen Sergio; el triunfo de la U.D. era mi pasaporte. Exactamente lo mismo que lo era el triunfo de Perón, pero aquí por razones muy distintas. Porque yo no tengo estómago para aguantar la vuelta de Jesucristo a la Facultad, los Sepich y los Soaje entronizados. De modo que en el primer caso ‘me iban’ y en el segundo ‘me iba yo por mi cuenta’. Le gané de manos a ambas cosas y me alegro intensamente”.
Cortázar nunca confió en la equidad de los jurados de los concursos y se recluyó en Buenos Aires, lejos de los entreveros de Mendoza, y lejos de la docencia. Desde entonces fue traductor y gerente de la Cámara del Libro. El Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, por su parte, había elevado una nota a las autoridades universitarias reclamando por la vuelta del profesor. Esto le contestó Cortázar a los alumnos, a través de una carta con aires de despedida: “(…) un hombre debe a veces romper amarras de afecto y olvidar posibles ventajas materiales, si su vocación auténtica reclama otra calidad de vida, otro horizonte de acción. (…) Ojalá logren -y tengo fe en ello- lo que unos pocos colegas y yo quisimos siempre; que las salas de Filosofía y Letras sean -sin excepción- el recinto a cuya cátedra se asciende por mérito genuino, para enseñar la verdad a estudiantes que lo merecen.”
La relación del ex catedrático con algunos de sus alumnos mendocinos, no obstante, se extendió luego de la partida. Es el caso de Dolly Lucero; ella, junto a su amiga Norma Solanes, le escribió a Buenos Aires con la intención de pedirle consejos para el examen de la materia que Cortázar había dictado durante ese año lectivo. “Lo hicimos de puro inconcientes que éramos, porque no teníamos gran amistad con él. Unos días después llegó a mi casa una gran encomienda: ¡eran los libros de Cortázar para rendir la materia!”, cuenta Dolly, con el mismo entusiasmo que habría demostrado entonces. En una visita a Buenos Aires, la estudiante le preguntó por qué no volvía a retomar sus cátedras. Su respuesta no pudo ser más tajante: “¡Porque yo quiero ser escritor, no profesor!”.

Por la vuelta
El resto es historia conocida. Por la vida del inventor de cronopios pasarían los honores de Bestiario, el boom de Rayuela, su etapa de franco compromiso político… El largo período de distancia valió para que el ya célebre Cortázar reconsiderara la pálida imagen que se había llevado de Mendoza. Se lo había confesado desde París, en 1964, a su amiga Graciela de Solá, profesora de la Universidad Católica de Buenos Aires: “Tal vez llegue el día en que necesite volver para mirar de nuevo unos álamos de Uspallata que no he olvidado, un carril fragante de Mendoza. Pero ahora soy un argentino que anda lejos.”
En 1973, finalmente, sintió el apuro de la nostalgia, y se dejó llevar, o traer, hacia aquellos recuerdos de juventud. Luego de visitar a Salvador Allende en Chile, cruzó los Andes. La visita sirvió para jugar en columpios de Potrerillos, revivir postales de la cordillera, abrazar los viejos rostros de sus jóvenes amigos. Lo esperaban Sergio Sergi y su familia, Dolly Lucero, Antonio Di Benedetto... Antes de partir, Julio Cortázar regalaría una carta al diario Los Andes, que en realidad era una carta abierta a los mendocinos. Fueron las palabras más sentidas que dedicara a la provincia: “Como otras veces, hubiera podido entrar en la Argentina por vías cómodas y rápidas. En cambio, tomé el Trasandino para acercarme despacio, saboreando el paisaje, como quien se demora en comer un durazno. Y te busqué, Mendoza, porque te quiero desde muy lejanos tiempos, desde una juventud que se niega a morir en vos y en mí ahora que nos encontramos otra vez, como si veintiocho años no hubieran pasado por tus calles o mi cara. Y sos la de siempre, me das otra vez el rumor del agua en la noche, el perfume de tus plazas profundas. Para un viajero del mundo que siempre llevó consigo a su Argentina y trató de decírselo con libros, qué recompensa me das hoy, Mendoza, puerta de mi casa, amiga fiel que me sonríe”. Fue su despedida.


Fuentes
-Las cartas pertenecen al volumen “Julio Cortázar, 1937-1963”, Edición a Cargo de Aurora Bernárdez. Alfaguara, 1ra. edición, abril del 2000.

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